Nietzsche, Temu, scroll infinito y ansiolíticos
El nihilismo no es, como suele repetirse con demasiada ligereza, la negación de todo valor. Es algo más hondo y más perturbador: la lenta erosión de aquello que, sin darnos cuenta, nos sostenía.
El nihilismo no es, como suele repetirse con demasiada ligereza, la negación de todo valor. Es algo más hondo y más perturbador: la lenta erosión de aquello que, sin darnos cuenta, nos sostenía.
Nos dicen que somos afortunados, que no debemos quejarnos, que debemos ser resilientes. Pero ¿y si la ansiedad no es un fallo individual, sino una señal de que algo en el entorno no funciona?
Tras la resaca del individualismo, resurge el ansia de comunidad; tras la saturación del deseo, el anhelo de sentido. No es una vuelta al dogma, sino al asombro. Los mismos jóvenes que crecieron confinados entre pantallas y algoritmos descubren, con desconcierto para sus padres, que el alma existe.
Hay una forma muy rápida de explicar el mundo que quiere Trump: uno sin árbitro. Y en este tablero sin árbitro no estamos “volviendo” al imperialismo: estamos dejando de disimular.
Nos obsesiona el planeta que dejaremos a nuestros hijos, pero quizás sea más preocupante los hijos que dejaremos al planeta. Hemos construido una sociedad donde el éxito parece depender del mérito, del esfuerzo y del talento. Pero en un mundo donde los algoritmos filtran oportunidades,¿qué tan cierta es esa promesa?
“Perforaremos, baby, perforaremos” arengaba Donald Trump en su toma de posesión entre aplausos de la élite económica. Las políticas extractivistas como epicentro de un terremoto donde los desafíos ambientales chocan con las prioridades políticas y económicas en una red de interdependencias globales.
Luces intermitentes, animaciones, notificaciones en rojo para apelar a la urgencia. El Scroll vertical es el nuevo mito de Sísifo que nos atrapa en una rutina repetitiva buscando breves chutes de dopamina.