Sanders, Trump y la IA como bien común

Bernie Sanders y Donald Trump no coinciden en casi nada. Sin embargo, ahora convergen en una idea impensable hace unos años: que la propiedad de la inteligencia artificial no sea solo privada. Puede ser marketing electoral o el inicio de un cambio de paradigma, pero el tabú ya ha caído. ¿Debería lo público poseer parte de la IA?

De momento no hay ninguna decisión, solo un comentario de pasada. Trump deslizó ante unos periodistas que estudia que el Estado entre en el capital de las grandes empresas de IA, para que el público comparta sus ganancias, y que las recibirá pronto en la Casa Blanca. No hay nada más: ningún mecanismo, ningún porcentaje, ningún calendario y los detalles aún por concretar. Tratarlo como una política ya decidida sería precipitarse, pero descartarlo como ruido también sale caro, porque debajo del gesto ya se ha movido algo difícil de revertir.

El motivo es electoral, y casi sin disimulo

Todas las señales apuntan al mismo sitio. Dentro del propio movimiento MAGA crece el malestar con la IA. Vienen elecciones de medio mandato, el empleo y la IA estarán en el centro, y el desgaste económico amenaza el control republicano del Congreso. La chispa la encendió Sanders con una tribuna que reavivó el debate justo antes de que Trump hablara. Su propuesta: un impuesto único del 50% sobre las acciones de los laboratorios para dotar un fondo soberano. El presidente admitió que la idea había calado entre sus votantes. La explicación más sencilla es también la más plausible: la izquierda le estaba quitando un tema a su base y él respondió ocupándolo.

El tono lo confirma. Trump presentó la idea como una forma de convertir a los ciudadanos en socios de la revolución de la IA, y la describió en términos más cercanos a un mitin que a una política industrial. Quien de verdad va a cambiar de manos un sector estratégico no lo anuncia con adjetivos, sino con un mecanismo, y aquí no lo hay: solo una intuición envuelta para el ciclo electoral, la idea de que el contribuyente debería llevarse parte de lo que la IA va a generar.

La conclusión más fácil sería descartarlo como marketing, pero por debajo hay algo que esa lectura pasa por alto.

El efecto es estructural y persiste aunque esta idea no prospere

¿Qué es eso difícil de revertir? Tres cambios ya en marcha, y ninguno depende de que este acuerdo salga adelante.

Primero, no es un gesto aislado: hay una maquinaria detrás. El Estado ya entra en el capital de las empresas que considera estratégicas. Tomó un 10% de Intel convirtiendo en acciones los fondos del CHIPS Act, y ha hecho lo mismo con IBM y con nueve empresas de computación cuántica, cerca de una decena de operaciones. Existe además una orden ejecutiva que pide crear un fondo soberano de riqueza nacional. La maquinaria para que el Estado sea accionista ya está montada, y la IA sería solo el siguiente.

Segundo, las empresas no son objetos pasivos. Fue la propia OpenAI quien diseñó la figura del public wealth fund, presentado como una vía para que los ciudadanos tengan una participación en el crecimiento económico impulsado por la IA. Sam Altman lleva tiempo vendiéndola en Washington, a los dos partidos, desde Mike Johnson, presidente republicano de la Cámara, hasta Sanders en el Capitolio. Y ya no es solo OpenAI. Anthropic ha publicado su marco: cuentas de capital para cada estadounidense recién nacido, al estilo de las Trump Accounts, financiadas con acciones de empresas de IA y extendidas a quienes entran al mercado laboral y a los trabajadores desplazables. Las dos mayores tienen ya su versión del reparto, aunque ninguna pone cifras. Cuando el supuesto regulado propone su propia regulación, la pregunta deja de ser si habrá intervención y pasa a ser quién la diseña, y a beneficio de quién.

Tercero, el calendario de las OPV juega en contra. Toda regla que se fije ahora queda pegada a la salida a bolsa, y esto ya no es una hipótesis. SpaceX debutó a 135 dólares por acción, una valoración de 1,75 billones en la colocación. La mayor operación de la historia. Y convirtió a Elon Musk en el primer billonario del mundo. Salió limpia, sin ninguna condición de propiedad pública. Anthropic y OpenAI han presentado ya su documentación, ambas en torno al billón, y Altman ha enfriado las expectativas sobre cuándo se estrenará. La ventana está abierta y la primera en cruzarla lo ha hecho sin coste. Eso reordena el riesgo: cualquier regla de propiedad que se normalice a partir de ahora no caerá sobre quien ya cotiza, sino sobre los laboratorios de IA que vienen detrás. Una idea que hoy es retórica puede acabar incrustada en su folleto de salida.

Y por encima de los tres, hay algo que casi nadie está midiendo: los extremos se han acercado. Cuando un senador independiente que se declara socialista y un presidente republicano coinciden en que lo público debería poseer parte de la IA, lo que era tabú se vuelve terreno común. El propio Trump ha reconocido que en algunas cuestiones económicas las distancias entre ambos campos son menores de lo que parece. No hace falta que la propuesta prospere para que el cambio sea real.

La misma palabra para dos ideas opuestas

Bajo la idea de que el público participe en la IA caben propuestas muy distintas:

  • La versión de Sanders plantea una participación amplia del Estado, con capacidad de influencia y control sobre las empresas.
  • La versión de Trump y OpenAI propone una participación minoritaria, canalizada a través de un fondo soberano y sin capacidad de decisión.

La distancia entre ambas se mide en quién manda: una busca control, la otra solo reparto. La misma etiqueta sirve para vender las dos. Para el votante, suena a poner coto a las grandes tecnológicas. Para los laboratorios, a ganar un socio interesado en su éxito.

Y, sin embargo, incluso la versión más moderada cambia las reglas del juego: el regulador pasa a ser accionista. El mismo Estado que supervisa la seguridad, la competencia y el empleo en la IA ganaría con el éxito de las empresas que regula. David Sacks ha advertido del riesgo de estrechar demasiado la relación entre el Estado y las tecnológicas, de acercarse a modelos de más intervención estatal. El conflicto de interés existe tanto con una participación pequeña como con una grande; varía la escala, pero no la naturaleza del problema.

Y hay una pregunta que se vuelve más difícil de responder: ¿quién diseña el mecanismo? Ese equipo se renueva al mismo tiempo que se debate esta posibilidad. La administración ha suavizado algunas obligaciones para compartir modelos con el Gobierno, mientras cambian los responsables de la política de IA. El regulador no solo estudia convertirse en accionista; también está redefiniendo su papel. Y de quién escriba las reglas dependerá quién se beneficie de ellas.

Qué vigilar a partir de ahora

Aún no se puede decidir si esto es marketing o un cambio de fondo, pero hay señales que lo irán aclarando con el tiempo.

Será una señal de ruido electoral si las reuniones anunciadas por Trump quedan en declaraciones sin mecanismo concreto, si la idea no cristaliza en ninguna orden ejecutiva o proyecto legislativo, o si el debate pierde fuerza tras las elecciones.

Por el contrario, será una señal de cambio estructural si aparece un mecanismo real (una ley, una orden ejecutiva o condiciones ligadas a contratos públicos o computación subvencionada), si el Estado obtiene capacidad de decisión o si alguna forma de propiedad pública aparece en las futuras salidas a bolsa de los laboratorios de IA. También si la iniciativa sobrevive a las elecciones.

Este segundo escenario sí obliga a mover ficha. Cambia quién compite en igualdad de condiciones, qué empresas quedan dentro o fuera del paraguas del Estado y cómo se valora un sector cuyo principal cliente y regulador podría ser también su accionista.

La tentación es preguntarse si esta propuesta saldrá adelante. Es la pregunta equivocada. La iniciativa concreta puede morir en la negociación, en los tribunales o en el desinterés posterior a las urnas. Lo que ya ha ocurrido es que la propiedad pública de la IA ha pasado de idea marginal a debate central, justo cuando estos activos empiezan a cotizar. SpaceX está en el parqué. Los laboratorios de IA esperan turno. Está claro quién ya se ha beneficiado, y de qué lado del Atlántico.

En Europa la pregunta es la misma, la herramienta no

La pregunta nos llega cambiada de forma. Europa se hace la misma pregunta que Washington, quién controla el valor y el poder que crea la IA, y la responde al revés. Estados Unidos debate sobre propiedad. Bruselas ha optado por regular, comprar con condiciones y exigir soberanía tecnológica. Un modelo entra en el capital. El otro fija requisitos.

El problema asoma cuando se juntan las dos cosas. Si el Estado norteamericano es además accionista de sus campeones de IA, el acceso a la frontera deja de ser solo un producto y se convierte en una palanca. Imaginemos que Washington decide que las últimas versiones no se vendan fuera de Estados Unidos. O que solo un círculo de empresas americanas llegue a ellas, como ya pasa con Mythos, un modelo restringido a un grupo reducido y fuera del mercado abierto. O que ese acceso entre en la mesa como baza de una negociación comercial. Ninguna de las tres es ciencia ficción, y la primera ya ha ocurrido. El Gobierno invocó el control de exportaciones, el instrumento de los chips y los satélites, para suspender el acceso a los modelos más avanzados de Anthropic a cualquier extranjero, esté donde esté. Modelos equivalentes siguieron en el mercado. La frontera ya no vive con la puerta entornada. Para quien no es estadounidense, se ha cerrado.

Y ahí Europa queda vulnerable. Si regula con dureza, se arriesga a represalias: que le retrasen el acceso, que le cierren la puerta, que la dejen un peldaño por detrás. Si no regula, profundiza su dependencia de una tecnología que no posee ni fabrica. Poner condiciones sobre lo ajeno es una forma de poder, pero también una manera de quedar expuesto. ¿Cuál de las dos pesa más, y qué puede hacer Europa para no tener que elegir? Esa es ya una conversación urgente.