Hackers,`Realpolitik´y ciberguerra para un nuevo orden mundial.

El siglo XXI ha traído a nuestra cotidianidad la posibilidad de que los atentados, que antes se perpetraban con altas dosis de explosivos y un grupo bien organizado, sean ahora tareas realizables por un quinteto de tardo-adolescentes encerrados en una habitación. Que internet se caiga no es una quimera. Ya habiendo sucedido en Estados no-occidentales, lejos está de ser descabellado que pueda suceder en los nuestros.

Nuestra dependencia hacia el universo ciber nos exige prestarle una atención privilegiada. De nada valen ya los neo-ludismos si el presente, y la paulatina infección de la tecnología en cada aspecto de nuestra vida, nos supera. Negar la importancia de la ciberseguridad es negar la realidad; que sin internet el mundo caería en una larga noche; se arrastraría a un inevitable cataclismo social. Puede parecer una idea golosa, la de volver a empezar, la de un viaje a lo analógico, pero me temo que las promesas de renacimiento pasarían por lustros de martirio.

La civilización tiene dos caminos, o progresar o perecer. Sólo en los vagones de un progreso meditado, interrogativo, consciente de sí mismo y alejado del narcisismo ciego, se puede llegar a las estaciones del decrecimiento y la mesura. Censurar, cancelar a tajos sordos en nuestra mente el hecho de que nos mantenemos en constante equilibrio sobre una red, LA RED, sería como ser negro, estar delante de un miembro armado del KKK, y confiar en su raciocinio y clemencia. Nada recomendable excepto para el enemigo. Y no son pocos los adversarios que, aun llevando tiempo enfrentándonos, han relajado ahora sus caretas frente a la opinión pública y se revelan resplandecientes de belicismo. 

No se debe olvidar, por tanto, que la mejor defensa es un buen ataque, siempre que ese ataque no llegue tarde. La vieja Europa todavía padece los dolores del lacerante pasado teñido en sangre que la asola. Como un viejo presidiario, asesino y mercenario sin escrúpulos, que encuentra a Dios y la redención en la paz, Europa ha pasado los últimos setenta años refugiada en su defensa del Estado del Bienestar, la diplomacia conciliadora y el anti-belicismo -menos cuando a la OTAN le dio por meterse en los Balcanes o al ménage à troi de las Azores le dio por salvar el mundo-. Pero así como los héroes de la guerra en tiempos de paz son un polvorín de malas decisiones, los hippies flower power, amodorrados zánganos de clase media, tampoco valen de mucho frente a la tormenta de bombas y la codicia de los hombres malos. Si todos aquellos que participaron en la Segunda Guerra Mundial contra las potencias del Eje hubiesen sido como Desmo T. Doss, quien se negó a empuñar un sólo fusil durante todo su servicio militar, Hitler, Musolini y Tōjō se habrían puesto las botas y ahora, más que la barba hipster con pantalones rotos, estaría de moda un bigotito dictatorial sobre el surco nasolabial. 

2022, será el año en que viviremos peligrosamente

Manuel Monereo

¡La gran transformación geopolítica! Así define Manuel Monereo el escenario que se nos presenta a partir de ahora. Complementa, además, el término con una sentencia: «2022, será el año en que viviremos peligrosamente». Porque otra pandemia se avecina y, si otro virus no se nos echa encima, esta se verá menos orquestada por la biología y más por la ciberseguridad y la crisis energética. 

Han hecho falta explosiones a las puertas de Polonia, que no se veían desde que las esvásticas estaban de moda, para que salten las alarmas de lo que es el escenario internacional. En términos de realismo político, como dice Jesús Pérez Triana, «no debemos ser infantiles respecto al imaginario cultural de otros países, los cuales tienen baremos éticos muy distintos de los de los Estados del Bienestar». Porque no se puede ser inocente, que a un europeo no se le pase por la cabeza detonar armamento nuclear, no significa que un militar ruso no tenga ilusiones ópticas respecto a setas atómicas brotando de las calles del viejo continente. Tampoco que toda la red eléctrica se venga abajo, o que se caiga definitivamente internet, con todo lo que ello implica. 

Deepak Daswani, autor de La amenaza hacker, y uno de los que más ha reivindicado la desmitificación peyorativa de ese término, destaca que, a pesar del boom de presión producido en ciberseguridad desde el estallido de la invasión rusa de Ucrania, lo que se denominan las «infraestructuras críticas» (energía, internet, etc.) llevan tiempo siendo el objetivo, tanto de ataques, como de inversiones en su protección. «Hemos visto muchos ejemplos desde hace años. El ataque de Estados-Unidos e Israel a la central nuclear de Irán en 2009 o la agresión a Sony en 2014, que Obama se tomó a lo personal y respondió con un ataque de supresión de servicios a Corea del Norte. Sin duda, este es el mayor temor en ciberseguridad y los Estados han hecho mucho por protegerse. En España, por ejemplo, tenemos la ley de protección de infraestructuras críticas de la OCC. Se le otorga mucha relevancia a esto porque se sabe que puede ser muy destructivo». 

El siglo XXI ha traído a nuestra cotidianidad la posibilidad de que los atentados, que antes se perpetraban con altas dosis de explosivos y un grupo bien organizado, sean ahora tareas realizables por un quinteto de tardo-adolescentes encerrados en una habitación. Que internet se caiga no es una quimera. Ya habiendo sucedido en Estados no-occidentales, lejos está de ser descabellado que pueda suceder en los nuestros. No por nada el gobierno español ha «acelerado»la creación del Centro de Operaciones de Ciberseguridad de la Administración General con una dotación de 1200 millones de euros. Daswani lo tiene claro, «la inversión del Estado responde a una necesidad emergente y habrá que ver cómo se va traduciendo. Lo interesante ahora es invertir en investigación. Sobre todo, en desarrollo y despliegue de capacidades ofensivas para poder estar preparados. Esos temas están al día. En España hay investigadores muy buenos y estamos bien equipados». Que un experto en ciberseguridad te reconforte respecto a las herramientas de tu país frente a la posibilidad de un apocalipsis energético tranquiliza. Y es que debemos tomar consciencia de que una caída de la red no sólo puede influir en los terrenos de las materias primas y energéticas. Incluso nuestra identidad, un elemento en el que tanto nos refugiamos ante esta hambruna de certezas, pasa ya por el mundo ciber. Mientras la identidad analógica aún puede sobrevivir en datos clásicos, ya castizos, como el DNI, poseemos una identidad social en quienes somos en la red, ya sea con contenido subido a sabiendas, o no, que nos define más de lo que nos imaginamos. Básicamente, la información que hay de cada ciudadano en las bases de datos, públicas y privadas, lo dota de existencia. 

De ahí que cuando se produce un ataque a una empresa concreta, como el sucedido a Iberdrola el 15 de marzo, que destapó la información de 1,3 millones de clientes, no estemos hablando de ninguna trastada. Aunque los datos bancarios no salieran a la luz, nombres, emails, teléfonos y direcciones tienen muchos usos. “Los ciberdelincuentes pueden usar esos datos para construir señuelos en ingeniería social y lanzar ataques sobre estos usuarios. Ataques de phishing, fraudes, estafas usando el nombre de Iberdrola, o cualquier otro tipo de suplantación de identidad para robar credenciales de cualquier servicio o demandar transferencias. Toda esta ingeniería social está basada en el arte de manipular a las personas”. Quién lo diría, Maquiavelo y Sun Tzun se están dando revolcones de placer en el universo digital. Aunque, es cierto, hay manipulaciones mejores que otras. Abrir el correo y ver un email de Ana Ivanov diciendo “Hola guapo, no sé si me recuerdas”, provoca de todo menos confianza en abrirlo. Por suerte, para algunos provoca risa, más que nada, y cierta ternura por lo patético del intento. Por desgracia, para otros, el drenaje masivo de sus cuentas bancarias, o el chantaje. 

Rusia es una potencia en cibercrimen desde hace muchos años. Los rusos siempre están ahí. Hay grupos de cibercriminales rusos, muy ligados a la propia inteligencia, que han intervenido en cosas que van desde la campaña de Hillary Clinton, el independentismo catalán, hasta el asalto al Capitolio de 2021

Deepak Daswani

El email de Ana Ivanov no es ninguna ficción. Recién abro mi correo a mitad de esta pieza, la tal Ana me provoca con sus cumplidos tan escasos en la cotidianidad. Lo más kafkiano es que, teniendo en cuenta el escenario actual, el apellido de Ana tenga que ser Ivanov. Tal vez pueda deberse a una coincidencia, pero si algo nos enseñan los libros de Arthur Conan Doyle, es que en según qué territorios las coincidencias son engaños sutiles. No tan sutil en este caso, ya que, además, los rusos arrastran una importante fama de abanderados del cibercrimen. Como me dice Daswani, con su encantador acento canario, “Rusia es una potencia en cibercrimen desde hace muchos años. Los rusos siempre están ahí. Hay grupos de cibercriminales rusos, muy ligados a la propia inteligencia, que han intervenido en cosas que van desde la campaña de Hillary Clinton, el independentismo catalán, hasta el asalto al Capitolio de 2021”. 

Cabe decir pues que, en el mundo ciber, la trampa de Tucídides del escenario internacional actual juega con cierta ventaja del aspirante. Por más que Rusia, aliada con Asía Pacífico, sigan siendo pesos gallo en una batalla militar contra el Mike Tyson del armamento pesado OTAN, sus habilidades en los golpes bajos, de traves, asestados con afilada y rápida determinación a los costados informáticos de los Estados Occidentales, pueden hacer mucho daño. Lo que nuestro hacker canario tiene que decir al respecto, no resulta nada tranquilizador, “además de los malware, tenemos los ataques dirigidos sofisticados, las llamadas Amenazas Persistentes Avanzadas, con las que se busca comprometer la seguridad de una organización robando información de manera silenciosa durante mucho tiempo. Esto es lo más complicado de identificar. Pero, por si fuera poco, también están los troyanos, las puertas traseras, que pasan igualmente por los malwares, y, sobre todo, las suplantaciones de identidad, que el año pasado representaron el 50% de los ataques en USA”.

Todo un arsenal de dispositivos de la inestabilidad que deberían hacer castañetear a un país de rango medio como el nuestro. Sin embargo, aunque España podría parecer un chavalín de párvulos en una pelea de chicos de secundaria, no obviemos que pertenecemos a la OTAN. Dicho esto, poco más nos hace falta. No hay alineación, hay una agradecida sumisión que nos protege. Eso sí, sobrepago de cumplir los designios de nuestro protector. No, los chicos de secundaria, los aspirantes al trono, no nos harán, de momento, la vida imposible si el universitario USA guarda nuestras espaldas, pero estamos inevitablemente condenados a darle el bocata cada vez que lo pida. A riesgo, incluso, de quedarnos muchos días sin comer. 

Siempre queda el estrés nuclear total, pero, por suerte o por desgracia, ese es fácil de resolver. Si ocurre, se cumplirá la famosa frase de Einstein, “la cuarta guerra mundial se peleará con palos y piedras”. Entonces, preocuparse por el mundo ciber será como preocuparse por el motor de combustión en una comuna de primates. Sigue tranquilizando, no obstante, saber, como dice Daswani, que España no está a la cola de la ciberseguridad, sino más bien al contrario. Ahora nos queda una concienciación civil sobre esta batalla, y esperar que sean pocos los que abran los correos de Ana Ivanov y su “Hola guapo, no sé si me recuerdas”. Y ya te digo Ana, que yo de ti no me voy a olvidar

Sobre la firma

Galo Abrain

Periodista y escritor. Ha firmado columnas, artículos y reportajes para The Objective, El Confidencial, Cultura Inquieta, El Periódico de Aragón y otros medios. Provocador desde la no ficción. Irreverente cuándo es necesario.

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