Machetazos en el ciberespacio. La guerra que no sangra, pero mata

Rusia sabe que el ciberespacio es la dimensión que sostiene con más acusada contundencia nuestra frágil realidad. Por eso lleva años alimentando los fuegos y las carteras de todo aquel capaz de envenenar los átomos digitales de sus enemigos.


Y allá va «¡FIIIIIUUUUU!» ese supositorio de metal dispuesto a alcanzar el clímax de la celeridad antes de vomitar fuego. Desde la madrugada del 24 de febrero, hordas de misiles Sarmat, un hierro intercontinental de alcance ilimitado; Avangard, un misil hipersónico ideado para cambiar de trayectoria; y Kinzhal, un proyectil balístico de lanzamiento aéreo, se calzaron las botas de juego dispuestos para impactar en territorio Ucraniano. La guerra entre Rusia y su vecino no es ninguna novedad, pero muchos cruzaban los dedos porque una situación como el asedio de Kiev por parte de la madre R no se diese nunca. Desafortunadamente, se diría que sólo los mancos cruzaron los dedos. 

A las afueras de Moscú, en algún recóndito lugar de Rublievo, un sexagenario tirano  se frota las manos. Le espera el Valhala de los conquistadores que han hecho de su tierra una célula vampírica capaz de fagocitar las naciones de su alrededor.  

Cierto, no es el único. Hay muchos dirigentes coquetos con un botón rojo delante a un lado y al otro del Atlántico, pero las gentes del Este tienen una singular teatralidad. El vacío en la mirada de los exsoviéticos se traduce en la firmeza pirotécnica de quien no teme pagar barra libre de fusiles. Sólo la resistencia de Zelensky, que sabe que las guerras matan pero también paren héroes, nos hace conscientes de que la deslocalización del conflicto a la que nos hemos acostumbrado desde el fin de la guerra fría no iba a definir Europa para siempre.  

De pronto, en una sociedad digital explota un apocalipsis analógico. El mundo enloquece porque las guerras son cosas del extrarradio occidental, sin percibir la batalla que se lleva librando desde hace años en escenarios intangibles, sin materia, pero muy reales. Ahora el silbido de las balas enmudece ese rugido gaseoso de frecuencia sonora inaudible. 

Tenue y discreto es el ronroneo de los virus informáticos rebotando en la nada, de receptor en receptor, hasta desparramarse en un nuevo tanque de almacenamiento. Su diseminación, como la de las más delicadas criaturas, es rápida y descontrolada. Invisibles, recorren el universo digital a sus anchas matando moscas a cañonazos. Las cañerías de la ciberseguridad, mantenidas por organizaciones como ENISA (UE) o CISA (EEUU) intentan expulsar sus venenosos residuos que se multiplican compulsivamente. Su éxito, como el de dos beatas sembrando la palabra del señor en una discoteca pachanguera, se prevé estéril.  

Vladimir escribe cartas de amor a sus hackers particulares, que conducen su tanque-cenicienta hacia el paseo de las estrellas imperiales. Pero, ¡atención! el pescador de marlines, el presidente más Hemingway del Este, no pretende apoderarse del rellano de su vecina Ucrania. Quiere salvarla, oh sorpresa, del mal de las Pelusas Nazis. Cuando las baldosas de Lugansk y Donetsk estén a buen recaudo, protegidas bajo su fibrosa ala, será el momento de apropiarse del resto.  

No es cuestionable la dedicación rusa en el desarrollo de las técnicas de avasallamiento más sofisticadas, sobre todo en el universo digital, durante los últimos veinte años. Los más gruesos y hermosos gusanos informáticos se han criado en sus granjas a fin de debilitar la coraza de Europa y EEUU. Orugas tan eficaces como los DDoS, empleados la semana pasada contra infraestructuras gubernamentales ucranianas, y cuyo objetivo fue ahogar el servicio de determinadas líneas hostigándolas hasta colapsar. O, los wipers, programas maliciosos destinados a la destrucción de datos. Desde 2007, la patria de los hermanos Karamazov, lleva presionando a sus vecinos ucranianos con incesantes bombardeos artificiales, intangibles, pero con consecuencias en el mundo material.  

Sin embargo, en el arte de la guerra, como en el amor, hacen falta varios jugadores lanzando fichas. En este caso, la OTAN, que no se queda flemática cambiando de mejilla con cada intervención, también apuesta sus manos despachando las cartas de la pasivo-agresividad.  

Lo ciber es un arma más de un arsenal, pero con un peligro añadido e inmenso, que es que somos incapaces de ver el peligro que tenemos entre las manos. La interconectividad de nuestras estructuras informáticas hace que simplemente tú, abriendo un correo malicioso en tu empresa, puedas estar provocando la caída de un sistema entero

Andrea García Rodríguez, investigadora principal del European Policy Center

Según Andrea García Rodríguez, investigadora principal del European Policy Center, la UE y la OTAN ejercitan lo que se llama «defensa activa», apoyándose en la herramienta del «hack-back». Básicamente, si Rusia se decide a arremeter contra las infraestructuras atlánticas, estas reciben los primeros golpes como un boxeador estratega y, pacientes, pero no adormiladas, protegen sus puntos débiles a la espera de encontrar un hueco en los ataques de su adversario para, sutilmente, devolver la medicina a costa de haberse granjeado ya algunos moretones. Un savoir faire que, según García, es de lo más habitual en el mundo de la ciberseguridad, empleado en los ámbitos de la empresa privada norteamericana con la cotidianidad del cigarro postcoital.  

Pero claro, si sumamos esos perdigonazos retroactivos en el universo digital a la posibilidad de ver los alrededores de su hogar vigilados por monstruos con sudaderas marca OTAN, el Hombre de ojos claros; el ¡Líder Rojo!, se ha decidido finalmente por afilarse los nudillos dejando claro que su ocaso está lejos de llegar.  

Vladimir Putin, no temamos nombrarlo como a Voldemort, quisiera cabalgar un oso sin camisa seguido de su ejército en dirección al Oeste pero ejerce de trilero, dirigiendo la mirada del público en una dirección, mientras gestiona sus objetivos finales en la otra. Sabe que el ciberespacio es la dimensión que sostiene con más acusada contundencia nuestra frágil realidad. Por eso lleva años alimentando los fuegos y las carteras de todo aquel capaz de envenenar los átomos digitales de sus enemigos.  

«Lo ciber va primero, después mandas los tanques y, por último, la infantería», señala García, «Esto se ha visto claramente con Ucrania. Lo ciber es un arma más de un arsenal, pero con un peligro añadido e inmenso, que es que somos incapaces de ver el peligro que tenemos entre las manos. La interconectividad de nuestras estructuras informáticas hace que simplemente tú, abriendo un correo malicioso en tu empresa, puedas estar provocando la caída de un sistema entero. Y, claro, una herramienta así sumada a la dependencia que hay en la tecnología militar de las estructuras informáticas, hace que un oficinista pueda reventar los sistemas de defensa frente a misiles balísticos de un Estado». ¡Bienvenidos al siglo XXI!, donde los ciudadanos somos, ya no sólo carne de cañón para portadas y martirios, sino también ejecutores inocentes, bombas lapa, de una guerra que puede emplear cualquier acción descuidada para dar rienda suelta a la fuerza de su arsenal. 

Un arsenal, por cierto, bastante salvaje e indomable. Los creadores de estos programas deben ser grandes aficionados al dominó. Pero no al juego convencional, sino a construir inmensos escenarios blanquinegros, con las más lisérgicas e incomprensibles composiciones, para luego, piruleta entre los labios, ¡plim! desencadenar el efecto y disfrutar viendo como todo se desmorona prendido sólo con una ligera chispa. 

En 2017, Not Petya, un software malicioso, fue ese discreto empujón que, aun yendo destinado únicamente a empresas privadas ucranianas, se puso a revolotear como un gorgojo dando la vuelta al mundo. Todavía los mineros de la ciberseguridad parcheando, como pollos sin cabeza, los desaguisados producidos por parte del ransomware WannaCry, Not Petya desencadenó un bonito caos de proporciones vertiginosas. Aquel bicho armó una marimorena con la que, curiosamente, los medios, y el vulgo en consecuencia, no se volvieron locos. Ya que, por más que Not Petya, como antes WannaCry, sí estuvieran cargados de nitroglicerina y pólvora en binario, no le agujerearon directamente el pecho a nadie. Aunque, bien visto, sí que hubo quien se terminó reventando la cabeza a consecuencia de lo que desencadenaron en su vida. En la dimensión cibernética las cosas se cuecen a fuego lento hasta que, de un momento a otro, todo se va de madre deshaciéndose sin fuego pero atizado por la agonía de un tanque de ácido derramado sobre la cabeza.  

El hecho de atacar infraestructuras económicas, o incluso energéticas, con malwares como BlackEnergy, que dejó a una quinta parte de Kiev sin suministro eléctrico en invierno del 2016, son técnicas de guerrillas cibernética de vieja escuela. En esas, Rusia es toda una experta docta y condecorada. Un ejemplo más reciente ocurrió a principios de 2021. Según CyberScoop, el grupo de ciberespionaje Gamaredon, vinculado al gobierno ruso, llevó a cabo una operación dirigida a funcionarios del gobierno ucraniano. Un clic en el contenido de un inocente mail y los troyanos, como su propio nombre indica, invadieron sigilosamente el mayor número de ordenadores, esperando la noche y el abrigo de la oscuridad, para dar el pistoletazo de salida a la expropiación y borrado de datos. Este ataque, que los servicios de seguridad ucranianos (SBU) ligaron inmediatamente al Servicio Federal de Seguridad de Rusia (FSB), es una de las muchas fórmulas que el gobierno de V. Putin ha encontrado para la desestabilización de la nación vecina. No olvidemos que un ataque bien dirigido a las ya mencionadas información o energía puede provocar desde descarrilamientos ferroviarios, colapsos en los semáforos, hasta impedimentos en el acceso a la web.  

El uso de internet, que no sólo es imprescindible para la infraestructura militar, sino para esquivar el pánico colectivo, es un hecho ya asegurado en Ucrania gracias a Elon Musk. Habiendo activado Starlink, un internet satelital, Musk ha asegurado así (aparentemente, veremos los resultados finales) el acceso a internet incluso si el ejército ruso destruye sus estructuras de telecomunicaciones. Sea como fuere, este último hecho cabe generar inquietud pues si, como hemos mencionado antes con Zelensky, las guerras matan y crean héroes, también son el caldo de cultivo perfecto para el alumbramiento de los más engañosos y adorados déspotas. Andrea García señala que la actitud de Musk es la de un narcisista con «complejo de mesías tecno-solucionista» queno se encomienda aotro dios que su reflejo. 

En lo que respecta a la crianza vírica, Occidente no ha sabido sembrar tantas granjas de trolls alimentadas desde las altas esferas del granero Estado como el Coronel Kremlin. Al menos sobre el papel, su actividad está sustancialmente limitada al ejercicio de esa llamada «defensa activa». Pero, en su condición privada, competitiva en consecuencia, alimentada por la creatividad y la falta de escrúpulos, los pastores de la cultura McNugget son capaces de sacarse inesperados Ases de la manga… Pues nadie se esperaba que el placer onanista de los rusos fuese a verse puesto en tela de juicio con la invasión a Ucrania. No obstante, se especula activamente con que PornHub, templo digital al que acuden a rezar diariamente más fieles que a cualquier iglesia ortodoxa de Moscú, haya bloqueado su contenido en la madre Rusia. Como digo, Occidente es un aparato creativo y sin escrúpulos. Y es que ha habido imperios que han caído por mucho menos que la cancelación de su autosatisfacción. 

En definitiva, se zanje como se zanje la contienda, la batalla del ciberespacio está lejos de firmar un armisticio activo. La dialéctica de los ataques cibernéticos entre el matrimonio, divorciado o en terapia, China-Rusia y la OTAN reserva todavía, si no se han usado ya, tres tipos de balas en la recámara de sus hackers. Según García, en primer lugar, podremos esperar una fiesta de ransomware, que básicamente destinarán su talento a secuestrar datos y pedir recompensas, aliviando así los consecuentes déficits de la guerra. Subiendo un escalón, alcanzaremos los cryptojacking, con los que esos ‘anónimos’ encapuchados se lanzarán al secuestro de terminales sin ser percibidos, convirtiendo dichos receptáculos en zombis, a los que básicamente robarán la energía para minar criptomonedas. El objetivo de este último, tener cash internacional con el que sufragarse. Y, por último, como el mordisco que lanza el lobo antes de morir, un esfuerzo por tumbar webs gubernamentales como forma de sabotaje, con la esperanza de ganar tiempo en el aparato sancionador jurídico-burocrático de sus víctimas y confiar en ver por donde les da aire, a la espera de que se les revele una vía de recuperación.  

Por si fuera poco el indigerible drama de los proyectiles desplazando la carne, debemos hacernos conscientes de los machetazos, a diestro y siniestro, que se reparten en un universo que existe más allá de la percepción, pero del que depende nuestra supervivencia con la misma relevancia que los misiles afilando los tejados de las casas. No lo olvidemos; la guerra entre Ucrania y Rusia se juega también desde la retaguardia y es ahí, en ese cosmos cibernético de trastienda, donde se encuentran los interruptores para que se apague el mundo y caigamos todos rápidamente en el olvido.

Sobre la firma

Galo Abrain

Periodista y escritor. Ha firmado columnas, artículos y reportajes para The Objective, El Confidencial, Cultura Inquieta, El Periódico de Aragón y otros medios. Provocador desde la no ficción. Irreverente cuándo es necesario.