Del ‘deepfake’ al ‘dickface’: Martínez-Almeida y los límites del humor y la certeza

El alcalde de Madrid ha sido víctima de una broma, pero también de su propia incompetencia. En la Era Digital de las ultrafalsificaciones habilitadas por la inteligencia artificial ya deberíamos haber aprendido que se acabó aquello de creerse todo lo que sale en un video. Las preguntas podrían haber sido editadas ‘a posteriori’, aunque no hay excusa para sus inapropiadas respuestas.

Hemos entrado en el tiempo de la sospecha. El video donde aparece el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, siendo entrevistado por su supuesto homólogo de Kiev (Ucrania), que resulta ser dos cómicos rusos, lo presenta como un cenutrio de categoría ganadora. Ahora bien, ¿podemos confiar ciegamente en todo lo que vemos?

La noche del 30 de octubre de 1938, un joven Orson Wells decidió probar una teoría que Baudrillard acabaría denominando, medio siglo después, hiperrealidad. Sin pretenderlo del todo, pero sin tampoco cortarse, el afamado director de cine decidió correrse una juerga de risas haciendo creer a los oyentes de la radio que La guerra de los mundos, novela de H. G. Wells, estaba haciéndose realidad. ¡Alienígenas de rostro luminoso y ojiplático avanzaban con determinación invasiva hacia las pobres masas americanas a punto de ser desintegradas! Las calles de Nueva York (EEUU) se convirtieron en un coladero de histeria colectiva que amenazó la seguridad de sus ciudadanos. El caos se hizo uno con la capital del mundo libre. Periodistas y policías recibían tronadas de llamadas inquietas rezando por sus vidas, ajenos a la verdad que se ocultaba tras el interfono de sus radios. Allí no pasaba res.

Era difícil saber, en aquellos años, que la ficción podía deslizarse en una cotidianidad más allá de cines y teatros. Ahí estaban, sin embargo, los espejismos mentales de los alienígenas colándose en la quebradiza tranquilidad de los ingenuos oyentes.

El mundo ha avanzado a pasos agigantados desde entonces. De maravillarnos con voces vibrando, escurriéndose entre unos agujeritos, a una realidad aumentada cada vez más difícil de diferenciar del plano original. Y, claro, los opuestos se asemejan. La inocencia de aquellos oyentes es tan susceptible de tornarse en paranoia, como la perfección técnica actual de hacernos dudar de lo que es real y lo que no. Vivimos en simulacros potenciales.

El más claro de ellos es el de las informaciones audiovisuales que, siendo objetivas a priori, luego se descubren falsas. Hablamos desde ediciones de video, a los más inquietantes deepfakes. Para quien no lo sepa, esta técnica consiste en manipular un video mediante inteligencia artificial para hacer pasar por reales rostros y voces que no lo son. De esa forma, uno puede devolver a Elvis a la vida sin necesidad del Libro de los muertos, ni ser el hijo de Dios (aunque, en el caso de Elvis, eso estaría por ver). Es un mecanismo que ya se usa habitualmente en programas de televisión, como El Intermedio, o en contextos tan banales como los filtros de Instagram.

Oculto, sin embargo, tras la vivaracha frivolidad de estos juegos se esconde la herramienta de hiperrealidad más escalofriante de la historia. Hasta hace poco, un video nos permitía corroborar, a ciencia cierta, la veracidad de un hecho. Más a más, desde que la manipulación fotográfica alcanzó su cénit en la campaña bélica contra la celulitis y michelines de los famosos para las portadas de revista. Pero ese tallo, que nos abrigaba de la falsedad, ha caído con la aparición del gran melón de la inteligencia artificial; antes destinada a hacer que nos matemos, que a matarnos ella.

Es en esta encrucijada sobre la verdad donde sale a relucir el reciente caso del alcalde de Madrid. José Luis Martínez- Carapo… digo, Almeida, se ha visto envuelto en un engaño que ha dejado al descubierto su faceta de tarugo más descarada. Ni creyéndose el Famosos y una vieja de David Suarez, el alcalde se habría puesto tan en evidencia.

Las disparatadas respuestas del regidor a las preguntas tan obscenamente cenizas de los dos cómicos rusos, Vovan y Lexus, son dignas de estudiarse en las escuelas de comunicación política. Porque, bien es sabido, que muchas veces resulta más enriquecedor saber lo que no se debe hacer, que lo debido. Y es que, no contento con pasarse por la piedra las posibles relaciones con la diáspora rusa llamándolos ‘bastardos’, el muy iluminado afirma estar en disposición de facilitar la deportación de los refugiados ucranianos para que vayan a sangrar, y matar mujeres y violar caballos, al frente de batalla. A primera vista, una mamarrachada de campeonato que sólo demostraría que el alcalde de Madrid tiene los cojones como dos platillos volantes, y que esos ovnis le ocupan casi la totalidad de su sentido común…

Pero, hagamos un alto en el camino. Lejos de mí defender los razonamientos de Almeida, que ya se ha lucido en no pocas ocasiones con perlas como: “Si el paro ha ido bien en España, es porque los fascistas que gobernamos en Madrid hemos conseguido que el paro baje cinco veces más que la media nacional. Porque seremos fascistas, pero sabemos gobernar”. Dicho con un tono jocoso que tiene la misma gracia que una bolsa de pedos descargada sobre el rostro en mitad de la siesta. Sin embargo, una vez digerido el video y sus respuestas, me invade esa incómoda sensación de hiperrealidad.

Que Almeida proferiese semejantes barbaridades al supuesto edil de Kiev, Vitali Klitscko, quien terminó siendo, en realidad, los ya citados cómicos rusos, es algo que la mayoría hemos dado por posible. Pero ¿y si sólo hemos visto lo que queríamos ver?

En marzo de este año se difundió un video en el que el presidente de Ucrania, Volódomir Zelenski, declaraba la rendición frente a Rusia. Alegría de algunos, pena de otros, sorpresa de todos, en aquel video salía el excómico ucraniano, luciendo su ya clásico tono verde en el jersey, y esa perilla púbica rasurada, resignándose a las limitaciones militares de su ejército. Con el semblante robótico de quien no puede seguir peleando, Zelenski deponía las armas y echaba por tierra el sacrificio de tantos de sus conciudadanos.

La verdad estaba fuera de semejante derrotismo. El video había sido manipulado por unos hackers rusos y, según dijeron fuentes del Gobierno ucraniano, su objetivo era “desorientar, sembrar el pánico, descreer de los ciudadanos e incitar a nuestras tropas a retirarse”. La rápida respuesta del presidente desmintió la veracidad del video a tiempo que, también es cierto, se olía algo falso por lo mecánico de su expresión corporal.

El deepfake había amenazado con trastocar uno de los acontecimientos más relevantes del siglo XXI. Una tecnología empleada para que los chavales se riesen de cuál sería su aspecto al cumplir los 80 años, había sido la potencial herramienta para cambiar el rumbo de la historia. La única conclusión que pudo extraerse en firme de aquello fue que, en la Era Digital, no podemos fiarnos ni de nuestra propia sombra.

Así que, aquí llega un capote para el pobre Almeida. Si bien es difícil dudar de gran parte de las palabras que dijo, sí podemos, incluso debemos, cuestionar que las preguntas, el contexto en el que esas respuestas han sido presentadas, haya sido el escenario real. En la pantalla de un móvil o un ordenador, no es difícil resucitar a Elvis o hacer que el presidente de un país en guerra firme su rendición. Imaginen lo sencillo que resulta editar un video para cambiar las preguntas previas a determinadas respuestas, o cortar ciertas partes para que el mensaje final tenga poco, o nada, que ver con el original.

Varios profesionales de la edición ya han aclarado que el video de Almeida ha sido manipulado y, sin que esto sirva de excusa, porque toda la parte no manipulada sigue dejando al regidor de Madrid a la altura de un sketch de Martes y Trece, se trata de una prueba más de que debemos vivir en la constante teoría de la sospecha. Nadie niega que se trate de una tarea incómoda, e incluso contraproducente, pues donde alguien duda de la mentira, siempre hay un tonto que se pone a dudar de la verdad. Es, con todo, un esfuerzo que debemos asumir si queremos ser ciudadanos y no borregos.

Mi madre siempre ha dicho que antes se pilla a un mentiroso que a un cojo. Y, bueno, de momento así ha sido. A los hackers rusos les duró la jugada medio telediario y, al final, Almeida también descubre el pastel en el video. Al calor de la exageración final, su nariz, erguida y firme durante la conversación, se desinfla de emoción como un globo pinchado. Que el alcalde de Kiev emplee una conversación diplomática con un aliado político para hablar de manifestaciones nudistas, e incluso sobre su mote de ‘carapolla’, parece no importunar en exceso al alcalde de Madrid. Pero el castillo de naipes se viene abajo cuando se pasa de hablar de su cimbrel facial, a hablar del cimbrel del edil ucraniano deslizándose por los escuetos labios de Almeida. Ahí, el mentiroso corre menos que el cojo, y Almeida se hace consciente, dejando su rostro arrastrarse, sin deepfake ni manipulación alguna, por las ciénagas de la vergüenza antes de cortar la conversación.

Importante es ahora también que los demás, esquivando la ceguera de nuestros deseos, no caigamos en la trampa de creernos todo lo que vemos. En el mundo del deepfake, ese es un error que nos puede llevar a una vergüenza tan grande como la que debe de apoderarse ahora mismo del alcalde de Madrid. Yo, si fuese él, me pasaría una temporada bajo tierra. Aunque el olor de sus sudoraciones seguro que es capaz de atravesar el hormigón.

Sobre la firma

Galo Abrain

Periodista y escritor. Ha firmado columnas, artículos y reportajes para The Objective, El Confidencial, Cultura Inquieta, El Periódico de Aragón y otros medios. Provocador desde la no ficción. Irreverente cuándo es necesario.

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