Ceuta, 27 de Agosto de 2026. Antonio Sempere / AFP via Getty Images

Que vuelva a dar vergüenza

En Ceuta se ha dicho en voz alta lo que hace no tanto se decía en voz baja: que hay que cazar migrantes, que quienes les dan de comer son cómplices, que la llegada de unos miles de personas, muchas de ellas adolescentes, es una invasión. Lo preocupante no es que alguien lo piense. Es que ya no le parezca necesario esconderlo.

Durante buena parte de mi vida adulta, el racista de este país tenía una virtud que hoy echo de menos: bajaba la voz. Decía lo suyo en la barra del bar o en la sobremesa, mirando de reojo, con ese «yo no soy racista, pero» que era, en el fondo, una manera de reconocer la norma que estaba a punto de saltarse. La Rochefoucauld lo dejó escrito hace tres siglos y medio: la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. Aquel hombre que escondía su xenofobia no era mejor persona que el que hoy la exhibe. Pero vivía en una sociedad donde exhibirla tenía un precio, y ese precio era una de las pocas cosas que funcionaban de verdad.

Lo que ha ocurrido en Ceuta desde finales de julio permite medir cuánto ha bajado ese precio. La entrada de miles de personas en pocos días desbordó una ciudad de ochenta y tantos mil habitantes, y las protestas de los ceutíes —por la saturación de los servicios, por la sensación de abandono, por una gestión que ninguna administración puede presentar como ejemplar— son tan legítimas como comprensibles. Nadie que reclame medios, fronteras o responsabilidades políticas es por ello fascista, y conviene decirlo sin rodeos para que lo que sigue no se lea como una descalificación en bloque.

Pero en esas mismas semanas se han oído otras cosas. Se ha hablado de «cazar» migrantes como quien organiza una batida. Se ha pedido que se deje de dar comida a quienes duermen en la playa para que se marchen, y se ha amenazado a los voluntarios que la reparten. Se han tirado al mar las mantas y los colchones de gente que no tiene otra cosa. Han aparecido banderas y consignas que pertenecen a una tradición política muy concreta, la de la Falange y la dictadura, sin que a casi nadie le pareciera necesario pedir que las guardaran. Y la palabra que se ha impuesto para nombrar a quienes cruzaron es «invasión», aplicada a chavales de dieciséis años que llegaron con lo puesto.

Una invasión la hacen ejércitos. Cuando la palabra se aplica a seres humanos desarmados, y encima menores, no está describiendo nada: está autorizando. Convierte a la persona en amenaza, y con una amenaza uno se permite cosas que con una persona no haría. No llamamos invasión a la llegada de cientos de miles de ucranianos hace cuatro años, y con razón, porque huían de una guerra. Que estos otros vengan del sur, sean más pobres y recen a otro dios no cambia lo que son. Cambia, por lo visto, lo que estamos dispuestos a decir de ellos.

No hace falta llamar fascista a todo esto para reconocer el mecanismo. El historiador Robert Paxton lo describió mejor que nadie: una comunidad que se siente humillada, un enemigo al que señalar, la promesa de recuperar una pureza perdida y, al final, la aceptación de que algunos derechos pueden suspenderse para salvar al grupo. Esos ingredientes aparecen en cada crisis. Lo distinto de Ceuta es que ya no se presentan como una excepción incómoda, sino como sentido común.

El miedo como coartada

Aquí es donde entra la pantalla. El racista de la barra tenía un público de cuatro personas y una de ellas, con suerte, le llevaba la contraria. El de ahora tiene un sistema de recomendación que ha aprendido, sin que nadie se lo pidiera, que el vídeo del migrante robando circula más deprisa que el dato de que la inmensa mayoría no roba, y que el miedo retiene la atención mejor que cualquier explicación. No hace falta un ministerio de propaganda. Basta un incentivo. El filósofo Mark Coeckelbergh habló hace unos meses de tecnofascismo para nombrar esa convergencia, y el término es exagerado a propósito: la máquina no tiene ideología, del mismo modo que el trigo del que escribía aquí hace unas semanas no tenía intención alguna de domesticarnos. Lo que hace es volver extraordinariamente eficiente algo que antes era artesanal.

El resultado es un fenómeno nuevo: la xenofobia compartida sin culpa. Se replican noticias falsas o deliberadamente sesgadas, se reenvían vídeos sin contexto, se difunde la excepción como si fuera la norma, y todo ello con una coartada impecable: «no soy racista, es que tengo miedo». El miedo se ha convertido en el gran blanqueador moral de nuestra época. Nadie es xenófobo; todo el mundo tiene miedo. Y como el miedo es un sentimiento, y los sentimientos no se discuten, la conversación se acaba antes de empezar.

El economista Timur Kuran llamó falsificación de preferencias a lo que hacía el hombre de la barra: decir en público algo distinto de lo que pensaba en privado porque la sinceridad salía cara. Kuran advertía también de lo que ocurre cuando ese precio baja de golpe: cada uno descubre que no estaba solo, y lo que era un murmullo se convierte en cascada. Eso es exactamente lo que un algoritmo hace mejor que cualquier tecnología anterior. Enseña a cada cual que hay muchos como él, y le premia por decirlo.

Antes del dato, la persona

Gloria Steinem murió la semana pasada a los noventa y dos años. De todo lo que escribió me quedo con una imagen que repetía a menudo: dejar de estar ranked para estar linked, dejar de ordenarnos en una jerarquía de valor para reconocernos en un círculo. La frase valía para las mujeres y vale para cualquiera a quien una categoría —migrante, musulmán, pobre, menor— haya convertido en menos. Steinem lo sabía: el sexismo y el racismo no eran para ella dos luchas, sino la misma. Conviene recordarlo ahora que el feminismo se ha convertido en uno de los argumentos preferidos contra el migrante. El extranjero, se dice, viene a amenazar a una sociedad igualitaria que debe defenderse. Es un doble engaño: presenta como igualitaria a una sociedad que todavía no lo es, y usa la bandera feminista para justificar la jerarquía racial que el feminismo quería derribar. De paso, lo desactiva, porque una causa que sirve para excluir deja de servir para liberar. Frente a un mundo algorítmico que clasifica, segmenta y decide quién se parece a quién, la respuesta de Steinem sigue siendo modesta. Pero probablemente sea la única que tenemos.

No aspiro a que nadie deje de pensar lo que piensa. Las democracias no legislan sobre los pensamientos, y hacen bien. Aspiro a algo mucho más modesto y bastante más urgente: que decir en voz alta que hay que cazar a un chaval por haber cruzado una frontera vuelva a costar algo. Que quien lo diga note el silencio a su alrededor. Que a quien comparta una mentira sobre un extranjero le dé apuro cuando se la desmientan. Que la bandera de la Falange vuelva al cajón, no porque nadie la prohíba, sino porque sacarla dé vergüenza.

El fascismo del siglo XXI probablemente no llegue marchando. Llegará, si llega, recomendándonos el siguiente vídeo y diciéndonos que no es fascismo, que es miedo. Y su mejor aliado no será quien lo grite, sino todos los que, por no incomodar, hayamos dejado de llamarlo por su nombre.