El poder de la nostalgia y la resistencia analógica. ¡Larga vida a lo ‘vintage’!

Lo retro ha vuelto. Cámaras analógicas, vinilos y tocadiscos, bodegas de barrio, casetes, la vajilla Duralex, las camisetas de fútbol retro de equipos como el Deportivo de la Coruña o la Sampdoria, la música ‘mákina’ o ejemplares de la revista ‘Interviú’ del año de la nana. Wallapop está que echa humo y no es para menos.

Clic. Flash. Se gira todo el bar. Decenas de ojos deslumbrados, curiosos y fisgones vueltos hacia nosotros. Mi pareja y yo ponemos cara de circunstancia y tratamos de ignorar el revuelo generado a nuestro alrededor. “¡Hostia, nen! Yo tenía una de esas de joven”, comenta el individuo de la mesa vecina, que luce un cabello incipientemente canoso, dentadura amarilla y con muescas, y una camiseta de La Banda Trapera del Río. Vuelvo a meter mi cámara Olympus D-100 en su funda y la guardo con discreción en uno de los bolsillos interiores de mi cazadora vaquera Mendoza’s. Estamos en la Bodega Chiqui, del barrio de Sant Antoni, en Barcelona, una tasca de las de toda la vida, porrón de vino y gildas, que ahora ofrece también sushi. Un bar que simboliza la esencia de la España contemporánea; un país arraigado en sus tradiciones, pero con la mirada fija en un horizonte de progreso y modernidad. Gildas y sushi, aceitunas rellenas de anchoa y vino ecológico natural, torreznos y gyozas, todo ello fotografiado para la eternidad en la instantánea que acabo de disparar.

Lo vintage ha vuelto. Si hace unos días comentábamos la muerte de la televisión y de la TDT, hoy vengo a reivindicar todo lo contrario: el auge de lo analógico. No ahora, de hecho, sino hace ya unos años. La eclosión de lo vintage empezó en el mundo de la moda, con las prendas y tiendas de segunda mano (de pronto, el centro de Barcelona parecía un macromercadillo dominguero de pueblo), pero ha acabado por extenderse a un amplio número de sectores y submundos.

A grandes rasgos, existen dos patrones diferentes dentro de lo vintage: el primero, determinado por elementos cuya extinción parecía cosa hecha y, el segundo, marcado por productos que han vivido una segunda juventud tras una resurrección espectacular, comparable a la de mi amigo Blanco Herrera. Así como el Kindle no mató al libro y las barberías no sucumbieron a las peluquerías Marco Aldany y similares, hemos presenciado atónitos la vuelta de las cámaras analógicas, los vinilos y los tocadiscos (dense una vuelta por la Fnac), las bodegas de barrio, los casetes, la vajilla Duralex, las camisetas de fútbol retro de equipos como el Deportivo de la Coruña o la Sampdoria, la música mákina o ejemplares de la revista Interviú del año de la nana. En resumen, Wallapop está que echa humo y no es para menos.

Pero ¿qué entendemos por lo vintage? Evidentemente, algo viejo, de un tiempo anterior al nuestro. A priori, las columnas de la Acrópolis podrían ser vintage, pues el diccionario de Cambridge define el adjetivo como a) “producido en el pasado y típico de la época en que se hizo” y b) “que no es nuevo”. Por otro lado, según la RAE, la palabra retro (vintage todavía no está reconocida de forma oficial por la Academia) viene a significar “que está inspirado en modelos de otra época o evoca un tiempo pasado”. Sin embargo, si acotamos más todavía el término según lo que se entiende por tal en las calles, para que algo sea vintage tienen que haber pasado años desde su lanzamiento, un tiempo suficiente como para que ese producto haya quedado obsoleto y se haya instalado para siempre en un espacio-tiempo pasado al actual. Un proceso de envejecimiento que hace que la pieza en cuestión pase de ser el último grito a estar en el último cajón del armario, al menos hasta que los vientos de las modas cambien y ese producto vuelva a ser lo más.

Volvamos al ejemplo de las cámaras analógicas, que han protagonizado la vuelta a la palestra más espectacular desde el Domingo de Resurrección. Según Expansión, hoy “se vende y se dispara más película química que en los últimos 10 años, y las cámaras de carrete de segunda mano son más buscadas que nunca”. El auge es evidente no sólo en la demanda, sino también en la oferta. Marcas emblemáticas como Kodak o Fuji, que llevaban un tiempo instaladas en la cola del paro o en las listas de los viajes del Imserso, están reabriendo plantas de producción y contratando personal porque anuncian que “no dan abasto con la demanda de película”. Los precios se han triplicado y la gente va loca por hacerse la guay con su cámara analógica (el menda lerenda, el primero de todos).

También marcas de antaño, como Leica o Pentax, han anunciado que recuperan la producción de cámaras analógicas años después del cierre de sus plantas. A finales de 2022, Leica sorprendió con el relanzamiento de su clásica Leica M6, una cámara que cesó su producción en 2002 y de la que se fabricaron 175.000 unidades, y se rumorea que la reconocida marca japonesa Nikon está sopesando hacer lo propio y rescatar su mítico modelo Nikon F2.

¿Acto de rebeldía de una generación bombardeada por imágenes o eterna moda de lo antiguo? Ahora entraremos en materia, pero, a fin de mostrar la fuerza de este resurgir, dejo el dato de que recientes producciones audiovisuales, como las exitosas series La Mesías, Succession o Euphoria, se ruedan en película, y que algunas marcas de moda y diseño, como Adidas, Bershka, &Tradition o Flos, apuestan por tirar de lo analógico para sus sesiones de fotos.

BUSCANDO EN EL BAÚL DE LOS RECUERDOS, UH, UH

Soy un flipado, pienso. Soy un puto flipado y todo el mundo me está juzgando muy fuertemente por ser un flipado. “¿Quién se cree el pimpollo este, sacando una cámara de esas, más antigua que el mear, cuando todos tenemos móviles de última generación que echan unas fotos de puta madre?”. Seguro que la gente piensa que soy un imbécil. Mejor guardo la camarita y, a partir de ahora, perfil bajo. Pídete una cervecita y no mires a nadie a los ojos. Empero, ¿por qué me da vergüenza? ¿Por qué ese prejuicio contra la gente que tira del pasado para dar forma al presente? ¿Acaso los nostálgicos no tenemos cabida en este mundo de dios? ¿Es que, una vez enterrado el pasado, este no puede resucitar?

El compañero Sergio Fanjul defendía en este artículo que “ser nostálgico no solo es una condición, sino también una afición, o un vicio”. Y uno bastante extendido, además, pues eso de echar un ojillo por el retrovisor de la historia en búsqueda de emociones o inspiración divina no es algo nuevo. De hecho, en este otro artículo, el periodista Santiago Alba Rico definía la nostalgia como “el motor de la historia”. Los del siglo XVIII prefirieron tildar su movimiento de neoclásico en vez de helénico vintage, pero, a fin de cuentas, el principio era el mismo: la recuperación de estéticas y elementos del pasado para nutrir el presente.

¿De dónde nace la pulsión de volver periódicamente la vista atrás? ¿Por qué es la nostalgia una emoción tan potente? Como siempre, la clave de cualquier debate académico reside en la sabiduría que emana de la cultura popular, y la cantante Karina sentó cátedra sobre el asunto al afirmar que buscamos en el baúl de los recuerdos, uh, uh, porque cualquier tiempo pasado nos parece mejor. El descontento, la desazón, la frustración del presente se contraponen a esa sensación dulce y almibarada que despierta la memoria de lo vivido, que suele ser además una construcción hiperbólica más que un recuerdo fiel y objetivo.

La nostalgia no deja de ser una proyección de nuestros miedos, la materialización emocional del pavor que nos provoca el futuro. Frente a la incertidumbre de lo que vendrá, nos refugiamos en aquello que ya hemos conocido. Por eso, la nostalgia es poderosa, más todavía en la sociedad líquida de Bauman en la que vivimos, donde pocas cosas están realmente definidas y todo tiene un cariz de inestabilidad.

Las plataformas de contenido se han percatado de ello y han recuperado series como Aquí No Hay Quien Viva, Friends o El Príncipe de Bel-Air, mientras que artistas y producciones del presente que triunfan, como la película Aftersun, los biopics de Elvis y Priscilla o el tema Flow 2000 de Bad Gyal, deben su éxito a una evocación estética e inocente del pasado. Ahora bien, como del recuerdo no podemos vivir y como el dulce también puede llegar a empalagar, Karina remataba su canción alertando de que “volver la vista atrás es bueno a veces, uh, uh, mirar hacia delante es vivir sin temor”.

PARADOJAS DE LA VIDA: ¿REGRESO AL FUTURO O BILLETE DE IDA AL PASADO?

Puede llamar la atención que un veinteañero, alguien nacido en la posmodernidad, se refugie en un mundo analógico para afrontar el presente y el futuro. Pudiera ser una paradoja de la vida contemporánea, pero considero que, una vez abordado el plano psicológico de la nostalgia, no podemos pasar por alto su implicación política. Hoy día, lo más moderno es, precisamente, acogerse a lo antiguo. Me explico. En una sociedad exuberante y tecnológica, de rascacielos e inteligencia artificial, la vuelta a lo analógico, a lo primitivo, responde a un patrón de rebeldía colectiva contra el avance del capitalismo. Es decir, en un mundo universal, lo revolucionario es lo folclórico; en un mundo globalizado, lo que marca la diferencia es el kilómetro cero; en un mundo digital, lo vanguardista es lo añejo.

Ser nostálgico es también una posición política. No me refiero a aquellos a quienes tildan de nostálgicos como eufemismo (ejem, fachas y su clásico “con Franco vivíamos mejor”), sino a la gente que, alienada de la evolución tecnológica y del devenir de la historia, se acoge a lo tangible, a lo controlable, como acto poético y político. Si los jóvenes rescatamos las cámaras analógicas, igual tiene que ver con que nos empieza a dar lo mismo cuántos modelos de iPhone haya y preferimos reeducarnos en algo tan básico como saber mirar y elegir el momento preciso de tirar una foto en vez de apostar por una ráfaga maquinal y sin sentido.

Pero bueno, veo que ya estoy empezando a divagar y, en realidad, las modas son cíclicas, así que igual, en unos años, las cámaras analógicas acaban cayendo por su propio peso y me tengo que tragar mi análisis sociológico. ¿Existe una relación patente entre aquellos que piensan que con Franco se vivía mejor y un servidor, que tiro fotos en analógico? Puede ser, igual no, no lo sé; pero vamos, es probable que, en el plano estético, la nostalgia no tenga un componente filosófico y político tan exacerbado. Igual hemos de dejar de darle tantas vueltas a todo, pedirnos una gilda en una bodega vintage y especular con qué será lo próximo. Yo opino que volverán con fuerza los videoclubs. Se admiten apuestas.

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