Anatomía de un idiota. Youtubers, empanadillas y la invasión de los necios

Borja Escalona quiso dar un espectáculo de excentricidad al negarse a pagar una empanadilla en un restaurante, y querer cobrar luego por publicidad. Pero su actuación no se bañó en la admiración que esperaba, porque fina es la línea entre la idea creativa y la ocurrencia gilipollas.

por Rhizomatika Lab

Si pienso en los fandangos que se baila la gente en internet para ser reconocida, me conquista la sesera una frase de Franco Moschino: ‘Si no puedes ser elegante, sé extravagante’. Originalmente enfocadas al mundo de la moda, estas palabras tienen la virtud de extender sus tentáculos a capricho sobre casi todo el comportamiento en nuestro contexto exhibicionista. Desde actitudes personales, hasta iluminaciones empresariales, cócteles en una piscina semi desnudos, cenas de gala en palacios de barroco francés, columnas periodísticas o videos de YouTube. A falta de ser capaz de despilfarrar una elegancia con desenvuelto desdén, más vale cascarse una bizarrada. La encrucijada florece en la delgada frontera de qué es una extravagancia. La extravagancia, per se, supone romper la norma, desarmar el hábito en pro de una posible originalidad. Sin embargo, la extravagancia es una amante cruel, y tan pronto puede elevarse a los cielos de la admiración, como condenarse a la cadena perpetua de la imbecilidad. Fina es la línea entre la idea creativa y la ocurrencia gilipollas.

Si no puedes ser elegante, sé extravagante.

Franco Moschino

Borja Escalona debió creer que su excentricidad, en tanto que ruptura de la norma, al negarse a pagar una puñetera empanadilla y amenazar con cobrar un porrón de pasta, 2.500 euros, al restaurante A tapa do barril por ‘publicidad’, se bañaba en la purpurina de la originalidad. ¡Ah!, pero su arriesgado malabarismo lo llevó al otro lado del muro; al de la más jodida de las estupideces… La sociedad del espectáculo animaliza la extravagancia. Escalona, creyéndose un cacique del reino de la fama por sus 40.000 seguidores, hizo gala del despotismo desustanciado de aquellos que creen que su popularidad es una carta magna para hacer lo que les dé la gana. No ha sido el único youtuber, o twicher o instagrammer, o cualquiera de los sinónimos de la profesionalización de la exposición en redes, que se ha visto maldecido por este mesianismo. El Rubius con sus insultos, el viejo Sam Pepper y su brazo falso palpando nalga femenina por la calle, o todos aquellos que decidieron emigrar a Andorra para ahorrarse impuestos, son ejemplos de paladines de la nueva comunicación que, cegados por la autogestionada vía de construir códigos bajo sus propias reglas, se han olvidado de las que comparten con todos los demás.

Volviendo al empanado de la empanadilla, conviene no entrar en las justificaciones de Escalona para su reciente boutade de imbécil. Según sus declaraciones a Telecinco, padece de una ‘sociopatía diagnosticada’ y dice ‘llevar tres años luchando para intentar llevar una vida normal’… Sin embargo, poca normalidad se lee en mantener su actividad como youtuber, y en seguir haciendo gala de una transparencia constante sobre su vida y sus ideas. Cualquier psicólogo coincidirá en que ese no es territorio fértil para la curación de un sociópata. Sería como escuchar a un pedófilo asegurar su exigente proceso de curación mientras trabaja de asistente en un comedor infantil… Algo no encaja.

Ya lo decía el tío Ben: ‘un gran poder, conlleva una gran responsabilidad’, y los youtubers ostentan un poder de difusión brutal frente al que muchas veces parecen ser poco conscientes de su responsabilidad. No es que tengan que ser ejemplos morales, ¡salve la antipática libertad creativa!, pero sí deberían asumir que esos poderes tienen límites y consecuencias. En el caso de Escalona, su riqueza mediática lo empujó tan rápido a la sobradez del malogrado gesto, como al pozo de hostilidad social en el que ha caído. ¿Merecido? Bueno, no creo que las mujeres que flirtearon con los nazis de la ocupación, esas ‘colaboracionistas horizontales’, mereciesen las palizas y las rapadas de cabeza que sufrieron tras la liberación francesa o italiana, pero puedo empatizar con la repugnancia que sentían hacia ellas quienes sufrieron la represión. Sin embargo, aquellas damas, o meretrices, sólo seguían los dictados de una crianza que las condicionaba a arrimarse al mejor partido como vía de supervivencia, ya fuese por estatus de clase, o profesión. Escalona, por su parte, también es víctima de una ocupación, la de la ya citada extravagancia del espectáculo. Ojo, esto no justifica ni a las unas, ni al otro, pero hablar del dedo cuando nos apunta a la luna es vestirse unos convenientes anteojos.

La excentricidad de Escalona era tan zafia y básica que le ha salido por la culata. Pero la cosa podía haber ido de otra manera. Si no le hubiesen cobrado la empanadilla, permitiéndole el lujo de un baño de admiración, sin duda Escalona habría sido objeto de críticas, pero estas se habrían visto enterradas por la mayoría silenciosa que, en su fuero interno, hubiera visto nacer esa envidia, ese deseo de poder que es la gratuidad permanente. Un impulso lejos de ser nuevo, pero que se extiende como la pólvora en la democratización de la banalidad de muchos streamers, que triunfan por no hacer nada que no sea grabarse diciendo, o actuando, de la misma forma en que lo harían sin cámara. Salvando, por supuesto, todos aquellos que hacen labores de divulgación encomiables, o juegan con una originalidad que, dentro de su dificultad, si alcanza una rica excentricidad.  

Si diseccionamos el gesto de la empanadilla, veremos que se juntan un sentimiento de superioridad, una presión por llamar la atención y la pesquisa de la controversia porque, ya lo decía el publicista Ivy Lee: ‘lo importante es que hablen de ti, aunque sea mal’. El hándicap es que, para que hablen mal de uno bien, hace falta fondo y sustancia en los gestos. Si el acto está condenado a la vacuidad, el mal se cierne sobre la actuación, infectando el espectáculo, primero de náusea, y después de indiferencia. Y, para quien vive de que le hagan caso, no hay nada peor que la indiferencia.

Umberto Eco hablaba de internet y las redes sociales como ‘la invasión de los necios’, y aseguraba: ‘el drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad’. Lo que Eco obvia en esta frase, es que el pueblo está comodísimo en sentir como portador de la verdad al tonto del pueblo. De esa forma, siente que, en su desgracia cotidiana, siempre le queda la opción de arruinar su intelecto y participar del circo con elevados beneficios.

Escalona hizo el mandril con ese video, pero no fue una pirueta baladí… De no haberse torcido, cuantos hubieran querido emularlo, raparse el pelo al cero, ponerse morenos, ir al bar y decir que ‘¡aquí no se paga un carajo, que para algo soy famoso!’. Porque la necia excentricidad de Escalona tan sólo da fe de la necedad de todos quienes lo habían aupado al trono de la admiración. Que un idiota no gobierna, si sus súbditos no lo son.

Ahora los perros se le echan al cuello, hambrientos por descuartizarlo frente a su error, pero sólo están mutilando al jugador de un juego en el que ellos participan con vicio. El goce por la exhibición, la pasión por la excentricidad, la búsqueda de ganarse la vida haciendo el idiota.

Sobre la firma

Galo Abrain

Periodista y escritor. Ha firmado columnas, artículos y reportajes para The Objective, El Confidencial, Cultura Inquieta, El Periódico de Aragón y otros medios. Provocador desde la no ficción. Irreverente cuándo es necesario.

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