La ciudad inteligente y otras promesas que no cumplimos

Estos días Madrid celebra la ciudad del futuro en ferias como REBUILD. Sensores, industrialización, dashboards. Todo parece encajar. Hasta que aparece la pregunta incómoda: ¿Qué ciudad crean realmente esos sistemas cuando salen del simulador y llegan a la realidad: al suelo, a las normas y al precio de la vivienda? Cuando densificamos sin pensar, los datos sirven al inversor. Cuando pensamos sin datos, la ciudad se rompe sola. Hay una tercera opción. Casi nadie la elige.

Mi buen amigo Alberto Barreiro, publicó hace unos meses en Retina un artículo con un título que no deja dormir tranquilo: ‘Todo se va a la mierda: enshitficación y el fin del futuro’. El término, acuñado por Cory Doctorow para describir cómo los sistemas digitales se degradan hasta volverse cada vez más extractivos y menos útiles, le servía para algo más amplio e incómodo: diagnosticar que muchos de los sistemas que prometían liberarnos terminan atrapándonos. No porque alguien lo haya decidido conscientemente, sino porque su lógica interna, cuando se deja sola, acaba optimizando para quien paga.  Al leerlo pensé: esto no solo le pasa a las plataformas. También le está pasando a nuestras ciudades.

Estos días Madrid celebra la ciudad del futuro en ferias como REBUILD. Sensores, industrialización, dashboards. Todo parece encajar. Hasta que aparece la pregunta incómoda: ¿Qué ciudad crean realmente esos sistemas cuando salen del simulador y llegan a la realidad: al suelo, a las normas y al precio de la vivienda?

Primero te prometen movilidad. Luego te suben el alquiler.

Las ciudades inteligentes eran la promesa perfecta: sensores en cada farola, datos en tiempo real, algoritmos optimizando el tráfico, la energía, la recogida de residuos. Todo más eficiente, todo más sostenible, todo más humano. Las simulaciones eran impecables.

El resultado, en muchas de las ciudades que más invirtieron en esa visión, es ya conocido: vivienda inaccesible, desplazamiento de comunidades enteras, espacios públicos convertidos en escaparates y barrios compitiendo por atraer más turistas y más capital. Más eficientes, seguramente. Más habitables, no tanto.

Henri Lefebvre, filósofo y sociólogo francés, padre del concepto de producción social del espacio urbano— habló del derecho a la ciudad hace más de medio siglo. No el derecho a visitarla ni a invertir en ella, sino a producirla, habitarla y darle sentido. Hoy, en muchas urbes, ese derecho se ha convertido en un lujo de mercado: se ejerce si puedes pagarlo.

La densificación, el fenómeno urbano clave de las próximas décadas, podría ser una oportunidad histórica. Más personas por metro cuadrado implica menos energía por habitante, mejores servicios, más proximidad, menor huella ecológica. En teoría. En la práctica, cuando se gobierna desde la lógica extractiva que Alberto describe, la densificación no reduce desigualdad: la amplifica. Convierte el suelo en activo financiero y al habitante en inquilino provisional de algo que ya no puede permitirse comprar.

La ciudad no se ha vuelto más inteligente. Se ha vuelto más opaca. Y la diferencia importa.

El dato: la nueva plusvalía que nadie eligió ceder

Hay algo que las ciudades producen hoy en cantidades industriales y sobre lo que casi nadie se pregunta quién tiene derecho: datos. Movilidad, consumo energético, patrones de uso del espacio público, actividad económica, calidad del aire. Una cantidad de información sobre cómo vivimos sin precedente histórico.

Y aquí está la pregunta que deberíamos hacernos, pero rara vez hacemos: ¿para quién trabajan esos datos?

El dato urbano puede operar de dos maneras completamente distintas. Puede ser materia prima para plataformas privadas que lo procesan para maximizar rentabilidad, alimentar la especulación inmobiliaria o segmentar mercados con una precisión antes reservada a la publicidad digital. O puede ser un bien común: gobernado con transparencia, utilizado para planificar mejor, orientado a anticipar problemas antes de que se conviertan en crisis irreversibles.

La diferencia entre ambas no es tecnológica. Es política. Y en ciudades cada vez más densas, donde cada decisión de planificación afecta a miles de personas al mismo tiempo, esa diferencia tiene consecuencias que duran generaciones.

Michel Foucault hablaba de biopolítica, o más bien de biopoder: la gestión de la vida como objeto de gobierno. Hoy, la vida urbana se gestiona cada vez más a través del dato. Quien define qué se mide define qué existe. Quien controla los datos controla el diagnóstico. Y quien controla el diagnóstico controla, en buena medida, las soluciones que se consideran posibles.

Lo que no se mide, no se planifica. Lo que no se planifica, no se cuida. Y lo que no se cuida, en una ciudad densa, bajo presión climática y social creciente, acaba rompiéndose.

La ciudad inteligente que solo entiende de eficiencia

La inteligencia artificial aplicada al urbanismo tiene un potencial enorme. A estas alturas, tampoco es un secreto. Puede modelizar el impacto de una decisión sobre vivienda antes de implementarla. Puede detectar desigualdades espaciales que los indicadores agregados ocultan. Puede anticipar riesgos climáticos por barrio con una precisión que ninguna mesa de planificación alcanzaría manualmente. Puede, en definitiva, hacer que las ciudades tomen mejores decisiones.

Pero también puede hacer exactamente lo contrario.

Cuando los algoritmos de gestión urbana se diseñan para maximizar rentabilidad privada disfrazada de eficiencia pública, no hacen las ciudades más justas. Las hacen más eficientemente injustas. Nick Srnicek, teórico británico del capitalismo de plataformas, describió cómo el capital se reorganiza en torno al dato como nuevo recurso estratégico. Si esa lógica se traslada al urbanismo, obtenemos la gobernanza como suscripción: el espacio público como interfaz monetizable, los servicios básicos como producto de fidelización y el ciudadano como usuario que paga por existir en la ciudad.

Hannah Arendt advertía que la modernidad técnica corre el riesgo de reducir la acción política a mera administración. Los dashboards que sustituyen deliberación democrática, las métricas que reemplazan conflicto político y los algoritmos opacos que toman decisiones que nadie eligió darles son la versión contemporánea de esa advertencia. Una ciudad gestionada por algoritmos que nadie entiende y nadie controla no es una ciudad más inteligente. Es una ciudad donde la decisión política se ha externalizado fuera del alcance de quienes la habitan.

Un algoritmo que optimiza para el inversor y un algoritmo que optimiza para el ciudadano pueden ser técnicamente idénticos. La diferencia está en quién lo diseñó, con qué datos, para responder a qué pregunta.

Tres esferas, una ciudad: lo que Guattari vio antes de que existieran los algoritmos

Félix Guattari propuso algo que en su momento sonó casi poético y que hoy suena urgente: que los problemas del mundo no pueden abordarse desde una sola dimensión. Que lo ambiental, lo social y lo mental no son categorías separadas, sino capas de un mismo sistema interconectado. Lo llamó ecosofía: una ecología que no se limita a los ecosistemas naturales, sino que incluye los relacionales y subjetivos.

Aplicado a la ciudad, su marco tiene una claridad que muchas teorías urbanas contemporáneas no alcanzan. Las cubiertas verdes, los espacios regenerados, los patios activados por poner un ejemplo,  no son solo infraestructura ambiental. Son, simultáneamente, tres cosas distintas que operan en tres planos a la vez.

En el plano ambiental, regulan el microclima, reducen islas de calor, retienen agua pluvial, crean hábitats y filtran contaminantes. Son infraestructura verde. En términos de Guattari, una recodificación ecológica del paisaje urbano: la reintroducción de una capa viva en una ciudad que había olvidado que lo era.

En el plano social, son espacios de encuentro. Huertas urbanas donde se comparte tiempo y conocimiento. Azoteas donde se reconstruyen prácticas comunitarias que la especulación había disuelto. No son complementos a una ciudad que ya funciona: son, muchas veces, la única infraestructura relacional que queda en barrios donde todo lo demás se ha privatizado.

Y en el plano subjetivo, el más difícil de justificar en una hoja de Excel y, sin embargo, el más decisivo, transforman la experiencia de habitar. Reducen el estrés. Introducen variabilidad en entornos uniformes. Generan vínculo. Hacen que la ciudad se sienta menos hostil. Y eso, aunque no aparezca en ningún ranking, es lo que determina si alguien quiere quedarse.

Lo que Guattari plantea, y lo que algunas prácticas urbanas empiezan a ensayar,  es que estas dimensiones no pueden abordarse por separado. Una intervención que solo optimiza lo ambiental puede reproducir exclusión con mejor vegetación. Una que solo trabaja lo social, sin datos, opera a ciegas. Y ninguna de las dos tendrá impacto duradero si no transforma también la percepción de quienes habitan la ciudad.

La cubierta verde no es un pulmón. Es un dispositivo complejo que actúa a la vez sobre la naturaleza, las relaciones y la experiencia. Gobernanza, en este marco, no es un cuarto elemento añadido. Es el hilo que conecta las tres dimensiones: que los datos ambientales informen la planificación social, que la participación alimente los modelos y que el impacto subjetivo se incorpore a la decisión. Sin esa conexión, cada eje optimiza para sí mismo y el sistema se fragmenta. Que es, exactamente, lo que ha ocurrido en la mayor parte de los proyectos de ciudad inteligente de la última década.

La geopolítica de las ciudades: competir o cuidar

El problema es que las ciudades no operan en abstracto. Operan en competencia.

Las ciudades ya no son solo espacios administrativos. Son actores geopolíticos. Compiten entre sí en un tablero global por capital, talento, eventos y visibilidad. Saskia Sassen, autora del concepto de ‘ciudad global’ como nodo estratégico de la economía mundial, lleva décadas describiendo esta transformación.

Esa competencia puede impulsar innovación y dinamismo. Pero cuando se convierte en la lógica dominante, produce algo que Alberto describ en su artículo con precisión: sistemas que prometen progreso y terminan optimizando para su propia supervivencia, no para quienes los habitan. Ciudades que compiten por atraer inversores mientras pierden a sus vecinos. Que construyen palacios de congresos mientras sus barrios se quedan sin clínicas. Que suben en los rankings de innovación mientras bajan en los de vivienda accesible.

Y encima, lo llaman éxito.

La alternativa no es frenar la innovación ni ignorar la competencia global. Es cambiar la pregunta de partida. Porque una ciudad puede competir en términos de extracción —cuánto valor captura— o en términos de cuidado —cuánto bienestar genera para quienes la habitan—. No es la misma competición. No produce los mismos resultados. Y no se mide con los mismos indicadores

La cuestión, entonces, no es si vamos a competir, sino para qué y para quién. Ahí es donde se decide el tipo de ciudad, y de futuro,  que estamos construyendo.

Después de la ‘enshitficación’, qué?

El diagnóstico de Alberto es correcto. Los sistemas se degradan cuando su lógica interna reemplaza su finalidad original. Las plataformas digitales empezaron sirviendo al usuario y terminaron sirviendo al anunciante. Muchas ciudades empezaron siendo espacios de vida compartida y terminaron siendo activos de inversión. La degradación no es accidental: es el resultado previsible de dejar que la lógica de la extracción opere sin contrapeso.

Pero toda crisis de paradigma abre un espacio de reconfiguración. Y las ciudades son hoy el laboratorio más avanzado de esa posibilidad.

El dato urbano puede seguir siendo la nueva plusvalía privada que alimenta circuitos de especulación. O puede convertirse en infraestructura pública: gobernada democráticamente, orientada a reducir desigualdades, utilizada para anticipar problemas antes de que se vuelvan irreversibles.

La inteligencia artificial puede seguir optimizando rentabilidades que muy pocos disfrutan. O puede convertirse en una herramienta de cuidado colectivo: transparente, explicable, diseñada para responder a preguntas que importan a quienes viven en la ciudad, no solo a quienes invierten en ella.

La densificación puede seguir siendo un mecanismo de desposesión que desplaza a quienes construyeron los barrios que ahora se valorizan. O puede ser lo que debería ser: una respuesta racional a la crisis climática, gestionada con justicia, con datos abiertos y con planificación orientada al bien común.

La diferencia, en los tres casos, no está en la tecnología. Está en la finalidad. Y la finalidad es una decisión política.

Las ciudades del siglo XXI serán cada vez más densas. Eso no es negociable. Lo que sí es negociable es para quién se gestiona esa densidad: si para seguir la trayectoria de la plataforma degradada, cada vez más eficiente y cada vez más excluyente,  o para construir algo más ambicioso: una infraestructura de cuidado colectivo que opere, como proponía Guattari, en los tres planos a la vez —el ambiental, el social y el subjetivo— sin jerarquías y sin exclusiones.

En un mundo urbano, denso y algorítmico, el verdadero acto disruptivo no es acelerar. Es cambiar de finalidad.

Y esa es, exactamente, la innovación que casi nadie elige. Todavía.

Miguel Alexandre Barreiro-Laredo es Fellow del Departamento de Estudios Urbanos y Planificación en MIT y profesor asociado en IE University, donde dirige el Policy Lab e imparte cursos de Ética de la IA, lógica y pensamiento algorítmico.