Mientras Silicon Valley pone fecha al fin del mundo, la factura de la inteligencia artificial ya ha llegado. Un estudiante entrega un ensayo que apenas entiende. Una adolescente confía su malestar a un chatbot diseñado para que la conversación continúe. Una población con escasez de agua contempla cómo crece un centro de datos. Son escenas distintas, unidas por la misma promesa: hacer más cosas, más deprisa y con menos intervención humana. Ninguna máquina ha adquirido voluntad propia. Tampoco le ha hecho falta.
Hemos reservado las palabras «catástrofe» y «amenaza» para el día en que la IA decida rebelarse. Qué marco tan cómodo para quienes la desarrollan: el peligro siempre pertenece al futuro y los sistemas actuales conservan su presunción de inocencia. Yo, de momento, espero sentada. La degradación social carece de fecha de lanzamiento y avanza cada vez que entregamos una capacidad humana, un vínculo o un recurso común a infraestructuras opacas gobernadas por intereses privados.
Una sociedad puede volverse inhabitable mucho antes de extinguirse. No somos dinosaurios y, por ahora, tampoco se acerca ningún meteorito. La IA ya funciona como un arma social: multiplica el poder de quienes la despliegan, aleja el daño de quien lo causa y diluye la responsabilidad hasta que parece no pertenecer a nadie. Sus efectos se acumulan mientras seguimos mirando al cielo. El robot asesino era casi un alivio: al menos venía de frente.
La nube tiene sed
La primera degradación ocurre lejos de la pantalla. Cada respuesta depende de minas, chips, centros de datos, electricidad y agua. Según el Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley, los centros de datos de Estados Unidos consumieron directamente unos 66.000 millones de litros de agua en 2023 y casi 800.000 millones de forma indirecta a través de la generación eléctrica. El cálculo comprende todo el sector, aunque atribuye buena parte del crecimiento a los servidores de IA.
La Agencia Internacional de la Energía estima que el consumo eléctrico de los centros de datos prácticamente se duplicará hasta 2030 y que el de los centros optimizados para IA se multiplicará por más de cuatro. La eficiencia de cada operación mejora, pero el ahorro desaparece ante el crecimiento del número de usuarios, modelos y aplicaciones.
El impacto social depende del territorio. Un litro utilizado en una zona con abundancia hídrica tiene consecuencias diferentes de otro extraído de un acuífero bajo presión. Cada centro de datos encierra una decisión política sobre quién accede a un recurso escaso y qué actividades reciben prioridad. La nube tiene cuerpo y compite por el agua.
Pensar por encargo
La segunda degradación afecta a nuestra capacidad de pensar. Un estudio del MIT Media Lab dividió a 54 participantes entre quienes escribían ensayos sin herramientas, quienes utilizaban un buscador y quienes recurrían a un modelo de lenguaje. El primer grupo mostró una conectividad cerebral más intensa y distribuida. Quienes utilizaron el modelo registraron la menor implicación, tuvieron más dificultades para citar su propio texto y expresaron una menor sensación de autoría. Los investigadores hablan de «deuda cognitiva»: la comodidad inmediata deja capacidades sin ejercitar que después cuesta recuperar.
La muestra es pequeña y el estudio tiene carácter preliminar. Sus resultados describen un riesgo reconocible en las aulas. Cuando la herramienta llega antes que el esfuerzo, puede borrar la fricción de la que nace el aprendizaje. Escribir obliga a ordenar ideas, detectar contradicciones y descubrir qué pensamos mientras intentamos explicarlo. Delegar ese proceso produce trabajos más rápidos y alumnos menos capaces de defenderlos.
La externalización cognitiva empezó mucho antes de ChatGPT. Las calculadoras resuelven operaciones y los buscadores localizan información. Los modelos generativos pueden asumir casi todo el recorrido intelectual, desde la búsqueda de información hasta la redacción final. Devuelven un texto pulido que oculta la distancia entre producir una respuesta y haberla comprendido. A un docente le cuesta cada vez más detectar esa distancia; a un estudiante, cada vez menos ignorarla.
La pérdida desborda la escuela. Una democracia necesita personas capaces de seguir un argumento y formar un criterio incluso cuando no existen respuestas sencillas. Si la IA se convierte en la prótesis habitual para escribir, resumir y decidir, el deterioro cognitivo también será político. Quien controle la pregunta, los datos y la respuesta encontrará ciudadanos menos preparados para discutirla.
El amigo que nunca se cansa
La tercera degradación entra por la intimidad. Millones de personas preguntan a un chatbot a quién votar, si deben abandonar a su pareja, qué significa un síntoma o cómo afrontar una crisis emocional. Un único producto puede ocupar todos esos espacios con una voz segura y una disponibilidad que ninguna persona puede ofrecer.
Common Sense Media encontró que el 72% de los adolescentes estadounidenses había utilizado compañeros de IA y que el 52% recurría a ellos al menos varias veces al mes. Su atractivo se entiende: el chatbot está siempre disponible y acomoda la conversación a quien tiene delante. La relación humana introduce límites y desacuerdos; la máquina aprende a suavizarlos. Esa docilidad sostiene también el negocio: cuanto más confiamos en ella, más probable es que volvamos. Un estudio publicado en Science comprobó que once modelos daban la razón al usuario un 49% más que las respuestas humanas, incluso cuando las consultas incluían engaños, ilegalidades o posibles daños. Tras conversar con una IA aduladora, los participantes mostraban menos disposición a asumir responsabilidades y reparar un conflicto.
En salud mental, esta inclinación puede agravar una crisis. Investigadores de Stanford comprobaron que varios chatbots terapéuticos reforzaban estigmas y podían responder de forma peligrosa ante indicios de delirios o riesgo suicida. Un sistema diseñado para continuar la conversación puede validar una percepción que necesita ser cuestionada y tratar una emergencia como otra oportunidad de interacción.
El apocalipsis de baja intensidad
El agua consumida, el ensayo delegado y el consejo complaciente dejan la misma factura: recibimos la comodidad en el acto y enviamos el coste lejos de la pantalla. Aquello que tardamos años en aprender, cuidar o construir puede cederse en unos segundos. El balance tiene una elegancia muy empresarial: el beneficio llega a la cuenta individual y la factura acaba domiciliada a nombre de todos.
Cada tarea que delegamos ensancha el territorio de estas compañías, que ya median en nuestra relación con el conocimiento, con los demás y con nosotros mismos. La conquista, eso sí, llega con buenos modales: pregunta en qué puede ayudarnos mientras aprende a volverse imprescindible. Cuando prescindir de estos sistemas supone una desventaja para estudiar, trabajar o participar en la conversación pública, la dependencia ya puede presentarse como una simple preferencia del usuario.
Es entonces cuando la confianza deja de ser una elección personal y pasa a formar parte del modelo de negocio. Sam Altman acaba de ofrecer el eslogan perfecto para Apocalipsis S. A.: “El mundo hace bien en tener miedo”, afirmó, antes de pedirnos que confiemos en las compañías que desarrollan aquello que debemos temer. El reparto resulta difícil de mejorar: la industria conserva el poder de transformar nuestras vidas y la ciudadanía aporta el miedo y, si algo sale mal, también las consecuencias.
Esa confianza no puede ocupar el lugar de la política, aunque resulte mucho más cómoda en una presentación para inversores. No podemos permitir que las empresas que diseñan estos sistemas decidan por su cuenta qué costes debemos aceptar, qué capacidades podemos permitirnos perder o cuándo una aplicación ha cruzado un límite. Gobernar la IA consiste en devolver esas decisiones a la sociedad antes de que la dependencia haga innecesaria hasta la pregunta.
Ninguna máquina ha decidido que la humanidad sobra. Apocalipsis S. A. funciona con una ambición más modesta y mucho más rentable: convertir en prescindible, poco a poco, todo aquello que nos permite vivir juntos. Y conseguir que lo llamemos progreso.