Hola, ¿Madrid?: aquí la España que arde

Desatender las necesidades de una parte tan importante del país, aunque no lo sea en cifras demoscópicas pero sí en extensión de terreno, es una temeridad.

No está vacía, está olvidada. No es lo mismo. Las cosas existen mientras se las recuerda y se las nombra. Y no de cualquier modo. Hay una parte de nuestro territorio que funciona como una estampa hermosa de cuadro de instagram y nada más para quienes residen en las ciudades y utilizan el monte para sus escarceos de fin de semana. Pero esa parte de nuestro país no está vacía, sino que esta habitada por personas con un convencimiento enorme de lo que están haciendo. Tal vez es gente incómoda, acostumbrada a lidiar con los avatares de la naturaleza y a soportar, por eso mismo, incertidumbre y estrecheces: algo que la mayoría de los ciudadanos de la polis han olvidado. Así que lo que hacen, hacemos, y me incluyo, porque yo también decidí volver a vivir aquí donde nadie mira, no es cualquier cosa: se llama resistir. Y ojo, no en cualquier lugar. Le llaman, les llamamos, porque después de años aquí acabas entendiendo los porqués, zonas de sacrificio. Qué exagerados. O no. Cada vez está menos claro qué esta ocurriendo entre la brecha que se abre entre lo rural y lo urbano: lo lógico sería dinamitarla para mejorar la habitabilidad no sólo de los centros de las grandes ciudades, cada vez más invivibles para la mayoría de la gente por la propia masificación que los destroza, sino también de los pueblos a los que casi nadie regresa porque, para empezar, no hay vivienda apetecible tampoco a la que volver. Casas viejas, o directamente ruinas y escombros. Y ahora, también, tierra quemada. Pero, ¿es todo así?, ¿somos solo víctimas a las hay que atender y consolar? No, aquí hay mucho más: hay vida, vida que se defiende, modos de vivir que necesitamos para que la naturaleza no diga basta. Pero es incómodo aceptarlo, sobre todo porque implicaría un cambio de paradigma: sí, una revolución. Y lo verdaderamente sospechoso es que esta revolución no la está liderando la izquierda, sino la extrema derecha. ¿Cómo puede ser?, ¿les hemos dejado en bandeja la bandera del ecologismo? Pues sí. Es de ser inútiles. El modo de vivir en estas tierras es, por definición, comunitario, pegado a la tierra, a mirarse a los ojos y ayudarse cuando hace falta. Sin embargo, en las gargantas de los vecinos desesperados estos días de fuego y angustia la matraca era contundente: puta Agenda 2030, putos ecologistas. Algo no está funcionando aquí y lo peor es que tenemos ejemplos que nos tendrían que poner en alerta pero no sucede: la izquierda es incapaz de arrancar voto en el malestar de los pueblos, y cada vez menos en el de las ciudades, dicho sea de paso.

La polarización existe en el marco de la comunicación política de una forma cada vez más avanzada pero, ¿hay algo más polarizado que dos tipos de mundos que conviven en el mismo territorio y que, sin embargo, se desconocen casi absolutamente? ¿Debe sorprendernos? No. Pasó, está pasando. Trump no llegó al poder por el progresismo citadino de Los Ángeles o Nueva York sino por zonas de sacrificio que la globalización destrozó: Texas es nuestro León. En general ese magma se silencia porque la agenda pública se dirige desde Madrid pero hay veces, hay desgracias enormes, que hacen que las alarmas salten y que no se pueda tapar el sol con un dedo. Ahí se genera una oportunidad. Esto ocurrió este verano del 2025 en el que el noroeste de España ardió en una proporción impresionante y con una virulencia atroz: solo en León se quemaron más de 100.000 hectáreas, un 7% de la superficie total de la provincia. Los bomberos forestales dicen no haber visto nada igual hasta ahora. ¿Qué está pasando?, ¿cambio climático?, ¿únicamente? Sí, pero no solo. Y, sobre todo, no lo llames así a quien está destrozado porque lo ha perdido todo o está a punto de hacerlo. El lenguaje político de Madrid es chino mandarín en la España olvidada. La extrema derecha lo sabe y, por eso, hace rato que está aquí: poniendo carteles hasta en el último árbol del último pueblo de esta tierra olvidada y tomando cañas en el bar de la esquina para dar palmadas en el hombro a los olvidados de la tierra. Y ahora vienen, sus juventudes inflamadas, a ayudar, porque el Estado no llega, dicen, aunque curiosamente es lo único que resulto eficaz cuando por fin llegó: Revuelta es la nueva hermana de la caridad que hoy te ayuda y mañana te colgará de la plaza del pueblo. Podremos librarnos del incendio pero, si no cambiamos el rumbo de la comprensión entre estos dos mundos, no nos libraremos de otro gobierno fascista en casa.

Desatender las necesidades de una parte tan importante del país, aunque no lo sea en cifras demoscópicas pero sí en extensión de terreno, es una temeridad. El problema es que quienes deben gestionar estos territorios viven ajenos a las necesidades reales de los mismos, salvo excepciones, que también las hay. Pero, en general, son los vecinos quienes se entienden con los vecinos y nada más. Y, en general, el alcalde por aquí es un vecino sencillo. Y nada más o, mejor dicho, nada menos: justo lo que hace falta en un momento de desconfianza absoluta hacia la clase política o, por ser más específicos, la alta política, porque la de andar por casa es la única en la que se tiene cierta fe. Así que ese vecino X, llamémosle Juan, que es alcalde también, se puso las botas y salió a luchar contra el fuego. No llevaba siglas: he visto a alcaldes desde el PP hasta Podemos saliendo a pelear al monte y a defender sus pueblos de las llamas. Nadie cree a quienes viven alejados de esta locura que es resistir aquí: el resentimiento es fuerte y, si dejamos que crezca, lo será cada vez más. Entonces, ¿hola, Madrid?, ¿vas a sentarte a escuchar la incomodidad que implica no comprender lo que aquí ocurre?, ¿o vas a seguir corriendo hacia delante hasta que el hilo se rompa? Por ahora parece que vamos por la segunda opción. Pero yo me niego a admitirlo.

Se puede instaurar una comunicación virtuosa entre ambos mundos de un modo bastante sencillo y es ponderando perfiles políticos híbridos que no respondan al partido de turno, sino a su pueblo, como lo hacen los alcaldes que viven a pie de calle. Se puede regenerar la política si se quiere hacerlo. Se puede también hablar clarito y decir, como hemos visto en mi tierra, que la gestión de la Junta de Castilla y León ha sido nefasta y que hay una enorme diferencia entre las condiciones laborales de los bomberos forestales de las BRIF, que dependen del MITECO y de quienes dependen directamente de Mañueco y su consejero de Medio Ambiente Suárez – Quiñones, de una desvergüenza tan larga como el tiempo que llevan en el poder: más de treinta años. Las Brif trabajan todo el año y sus labores, en invierno, son preparar los montes para el verano: desbrozar, realizar cortafuegos. Sus compañeros dependientes de la Junta no: ellos están a merced de las benditas subcontratas a quienes les importa más bien poco que todo arda. Y en las BRIF, por muchos que sean, son pocos: no se puede prevenir peinando todo el monte si no se hace en alianza con sus habitantes. La población que habita en las zonas rurales más aisladas está cada día más envejecida y ya no poseen los medios de vida de antes: los rebaños que hacían lo suyo para que esto no pasase con semejante virulencia tienen una presencia más bien testimonial. Y entonces, esto, ¿cómo se revierte? Una de las razones por las que la gente no viene a vivir aquí es porque no hay trabajo. Los jóvenes se debaten hoy entre dos opciones: sobrevivir de forma indigna en una ciudad con un sueldo que apenas le llega para respirar o lanzarse al vacío en zonas rurales donde apenas hay posibilidades laborales. Entonces, ¿no estamos ante una oportunidad de órdago? Si queremos dignificar la vida rural, ¿por qué no la reconstruimos? Esto es una guerra que perdimos. Tras el éxodo rural de los 50 y 60 aquí no quedó casi nadie: tierra arrasada. Después de una batalla toca reconstruir y ahí están los milagros económicos. ¿Queremos que así sea?, ¿de verdad queremos regenerar los montes y promover alternativas de vida comunitarias, cooperativas y respetuosas con la naturaleza?, ¿o lo que queremos es vender nuestros montes a las energías limpias que abastecen a los monstruos cada vez más gigantes que las ciudades superpobladas demandan? Sería bueno saberlo, así nos dejamos de mentir. El fomento de una vida híbrida entre mundo rural y urbano es urgente: se puede teletrabajar aquí, por supuesto, pero también se debe limpiar el monte, y viceversa. No se trata de trasladar un modo de vida a otro, se trata de cooperar, aprender unos de otros y respetar. No es una propuesta hippie: es supervivencia. Nos estamos cargando lo que nos da de comer y, ya se sabe, con las cosas del comer, no se juega. Y sin embargo, parece que no nos queremos enterar.

Así que en esta tierra olvidada seremos pocos, pero resistentes. No nos vamos a dejar quemar vivos. Y ojalá la antorcha de esta revolución la sepa recoger quien defiende los derechos humanos y, para eso, comience de una vez a bajar a la tierra y hablar sencillo y claro con la gente que lo está perdiendo todo. Si no, olvídense: León será nuestro Texas. Y no habrá lágrimas que apaguen ese fuego.

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