Gramática del desprecio: Torrente, presidente y líder supremo de la zafiedad

Durante años, Torrente funcionó como una hipérbole nacional reconocible. La exageración lo colocaba a salvo de la literalidad. Uno no tenía por qué compartir su moral para reírse. Pero ese pacto tiene fecha de caducidad. Cuando la realidad empieza a parecerse demasiado a la caricatura, la sátira deja de tensar el espejo y empieza a devolver una imagen documental.

Hay una forma muy precisa de medir el deterioro de una época: observar cuánta distancia queda entre la caricatura y la realidad. Torrente, presidente ha irrumpido en los cines españoles con 6,9 millones de euros en su primer fin de semana, el cuarto mejor estreno del cine español, después de una campaña construida sobre el secreto, sin tráiler, sin sinopsis y sin pase de prensa previo. El dato importa menos por la taquilla que por lo que revela: Torrente no ha vuelto como una reliquia noventera, sino como un artefacto perfectamente legible en el ecosistema político y cultural de 2026.

Durante años, Torrente funcionó como una hipérbole nacional reconocible: un expolicía franquista, machista, racista, corrupto y obsceno, tan grotesco que parecía protegido por el propio exceso. Se suponía que la exageración lo colocaba a salvo de la literalidad. Uno no tenía por qué compartir su moral para reírse; bastaba con reconocer el código, el acento, la mugre cultural de fondo. Pero ese pacto tiene fecha de caducidad. Cuando la realidad empieza a parecerse demasiado a la caricatura, la sátira deja de tensar el espejo y empieza a devolver una imagen documental. No es casual que Segura haya dejado caer estos días que lo que antes parecía una caricatura hoy se parece demasiado al decorado político real. La película no se presenta solo como una vuelta nostálgica del personaje, sino como una sátira que llega en un momento especialmente abonado para ella: uno en el que la política ya ha absorbido buena parte del exceso, la bronca y la obscenidad que antes parecían patrimonio exclusivo del esperpento. Incluso su venta internacional ha empujado esa lectura al subrayar que, si en 1998 Torrente remitía a un residuo del franquismo, ahora opera sobre referencias bastante más inmediatas.

La gramática del desprecio

Ahí está el verdadero interés del personaje. No tanto en si convence ideológicamente a alguien, sino en que durante décadas ha entrenado una determinada sensibilidad pública. Torrente no es solo un personaje; es una gramática del desprecio. Su mundo está organizado en torno a una jerarquía muy concreta: las mujeres como objeto de humillación, la diferencia como material cómico, la zafiedad como sinceridad y la brutalidad como una forma castiza de autenticidad. El chiste no cae sobre una idea abstracta; cae, una y otra vez, sobre cuerpos concretos y grupos concretos. Y eso no es inocuo.

La literatura académica llama disparagement humor a lo que nosotros denominamos humor negro, y en sus análisis lleva tiempo señalando que este tipo de humor no solo refleja prejuicios: puede generar un “clima normativo” más tolerante con la discriminación. Thomas E. Ford y Mark Ferguson lo formularon hace años: cuando el desprecio entra por la puerta del chiste, baja el umbral de rechazo frente a la discriminación.

Este proceso se apoya en la Teoría de la Norma Prejuiciosa, la cual postula que el contexto lúdico desactiva nuestra capacidad de análisis, desplazándonos de una mentalidad crítica a una mentalidad no seria donde las representaciones degradantes se aceptan sin filtro. Además, este clima se ve reforzado por una suerte de ‘contagio’ social: para evitar el rechazo, tendemos a conformarnos con las normas del grupo, especialmente cuando los comentarios ofensivos reciben validación o recompensas sociales. Lo más alarmante es que este efecto de desensibilización ocurre incluso en interacciones con agentes no humanos, lo que demuestra la permeabilidad de nuestra conducta ante entornos que normalizan el desprecio.

Por eso el problema de Torrente nunca ha sido solo moral. Ha sido, sobre todo, político en un sentido profundo: el de ensanchar el perímetro de lo decible, no precisamente el de la democracia, como otros dicen haber intentado. La cultura popular no cambia una sociedad por decreto, pero sí modula su umbral de tolerancia. Primero introduce una forma de hablar como broma. Después la vuelve reconocible. Más tarde la hace entrañable. Y, al final, cuando aparece fuera de la pantalla, ya no suena del todo extraña. La incorrección deja entonces de funcionar como ruptura y empieza a venderse como franqueza. El insulto pasa por espontaneidad. El machismo por hartazgo antiwoke. La humillación por humor sin filtros. Es la vieja magia del “solo era una broma”, que en política funciona como detergente moral: limpia el mensaje sin alterar apenas el sedimento.

Todo esto aterriza, además, en un clima social especialmente receptivo a ese tipo de registro. El Atlas de la Polarización 2025 de More in Common describe una sociedad que percibe una división alta (el 65% de la población), aunque la mayoría considera que todavía no se ha alcanzado una ruptura total e irreversible. En números: seis de cada diez españoles (60%) afirman haber evitado hablar de política en el último año para no discutir, lo que convierte a esta forma de «autocensura» en una herramienta rutinaria de supervivencia social. A la vez, las redes sociales y los medios de comunicación son señalados por la ciudadanía como los principales responsables de alimentar esta división. Es un dato relevante porque, cuando una parte importante de la sociedad decide silenciarse para proteger sus relaciones personales, el espacio público no se pacifica: simplemente queda más disponible para los discursos más extremos y agresivos.

En ese terreno, Torrente deja de ser simplemente un personaje cómico y se convierte en un síntoma cultural bastante útil. No porque haya creado él solo el clima, sino porque encaja demasiado bien en él. Su éxito actual no puede explicarse solo por nostalgia ni por fidelidad intergeneracional. También conecta con un desplazamiento del humor público hacia la bronca, la incorrección rentable y la estética del “yo digo lo que otros no se atreven”. Cuando Segura denuncia que hoy a cualquiera se le llama nazi o fascista y se presenta como alguien que dispara a izquierda y derecha por igual, activa precisamente uno de los blindajes más eficaces del ecosistema contemporáneo: la fantasía de la equidistancia irreverente. Es un lugar muy cómodo. Permite capitalizar el enfado, burlarse de consensos igualitarios ya frágiles y seguir vendiéndose como un outsider perseguido por los ofendiditos de siempre.

Misoginia en tiempo de fatiga feminista

El machismo de Torrente tampoco cae hoy en un vacío sociológico. Llega en un momento de retroceso y fatiga en torno al feminismo, especialmente entre los jóvenes. Solo el 38,4% de la juventud se identifica como feminista, frente al casi 50% que considera el feminismo una herramienta de manipulación política. La combinación es explosiva: no implica necesariamente una adhesión masiva al antifeminismo militante, pero sí una mayor disponibilidad a consumir marcos que ridiculizan la agenda de igualdad como exageración, moralismo o impostura. Torrente prospera precisamente ahí, en ese punto donde la misoginia no necesita ya justificarse de frente porque puede circular como humor cansado, como reacción a una supuesta policía del lenguaje, como revancha cultural en zapatillas.

Lo interesante es que esta lógica no es exclusiva del cine español ni de un personaje casposo con aliento de coñac. La investigación reciente sobre comunicación digital y extrema derecha muestra que el humor cumple una función estratégica de mainstreaming: actúa como una forma de venta suave del extremismo. En ese terreno prospera lo que algunos autores llaman extremismo cotidiano. Un clima en el que narrativas deshumanizadoras, misóginas o excluyentes dejan de aparecer como anomalías ideológicas y empiezan a circular como parte del decorado diario, a menudo en forma de meme, ironía o provocación compartible. Parte de su eficacia reside precisamente en la ambigüedad. El humor reduce la reactancia, amplía el alcance del mensaje y ofrece al emisor una coartada perfecta: la denegación plausible del “es solo una broma”. Nunca acaba de quedar claro si estamos ante una convicción, una ironía o una simple gamberrada, y esa niebla favorece la difusión. La cuestión de fondo no es que cada espectador o usuario salga convertido en un reaccionario militante, sino algo más insidioso: la desensibilización.

La exposición repetida a estereotipos, burlas y formas indirectas de odio desplaza poco a poco los límites de lo tolerable, rebaja la criticidad y normaliza un régimen emocional en el que el desprecio resulta más respirable. Incluso la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos recuerda que el humor no puede tratarse como un recipiente neutral, porque su significado depende del contexto, de la audiencia y de la relación concreta entre burla y daño. Dicho de forma menos académica: el chiste no suspende la política; muchas veces la vuelve más digerible, más viral y, por eso mismo, más peligrosa.

Ni moralina ni ingenuidad

Y justamente por eso Torrente, presidente merece algo más que una reacción de trazo grueso. Ni basta con despacharla como una payasada inocua ni sirve convertir a cada espectador en sospechoso ideológico. Lo relevante no es demonizar a su público, sino entender la eficacia cultural del artefacto. Porque el cine no vota, pero entrena percepciones. No legisla, pero desplaza umbrales. No escribe programas, pero ayuda a fijar qué tono nos parece auténtico, qué violencia nos parece tolerable y qué formas de desprecio admitimos ya como parte del paisaje.

De hecho, parte de la fuerza de Torrente está en esa capacidad para ser consumido transversalmente. La cobertura británica sobre la película ha subrayado precisamente eso: que puede burlarse de Vox y a la vez ser disfrutada por votantes de Vox, que reparte golpes a derecha e izquierda y que, por eso mismo, muchos la leen como una suerte de sátira nacional unificadora. Pero ahí no hay ninguna inocencia reconciliadora. Que un producto sea transversal no lo vuelve necesariamente democrático; a veces solo indica que ha encontrado un lenguaje común de cinismo, hastío y degradación compartida. Un país puede reírse unido por razones bastante tristes.

Quizá el fallo más persistente de cierta cultura progresista ha sido pensar que la batalla política se gana solo con diagnósticos, informes, datos y marcos normativos. Todo eso importa, por supuesto. Pero mientras unos redactaban argumentarios, otros siguieron colonizando el terreno más profundo: el de los reflejos, los afectos y la intuición cultural. El entretenimiento hace política por otros medios. Define quién parece ridículo, quién parece peligroso, quién parece deseable y quién parece insoportable. Decide, en última instancia, qué registros emocionales quedan disponibles para leer el mundo.

Por eso Torrente, presidente importa más de lo que parece. No porque inaugure nada. Precisamente porque no inaugura nada. Porque llega cuando el terreno ya está (demasiado) preparado. Porque aterriza en una conversación pública donde la agresividad se premia, la complejidad penaliza y la humillación vuelve a venderse como prueba de autenticidad popular. Porque encuentra un país donde una parte relevante de la ciudadanía ha optado por callarse para evitar conflicto, mientras otra sigue marcando el tono de lo posible. Y porque, en ese contexto, la caricatura ya no necesita exagerar demasiado para funcionar.

Ese es el problema: que Torrente ya no regresa como un fantasma del pasado, sino como una criatura perfectamente adaptada al presente. Y cuando una caricatura vuelve y apenas necesita exagerar, quizá el problema nunca fue solo el personaje, sino el país que ha rebajado tanto sus defensas que ya no distingue entre sátira y paisaje.