El futuro es algo viejo

Eso que algunos llaman construir el porvenir en realidad es vaciar el presente. El negocio consiste en eso: transformar la vida en stock. Y «futuro» es la marca comercial de esa economía.

Estoy escribiendo esto con unos anillos puestos y no paro de mirarlos. Son de oro. Unas bandas finas que los años han ido puliendo hasta quitarles el brillo. No tienen nada de espectacular. Pero son, sin duda, lo más antiguo que voy a tocar en todo el día.

Ese oro no salió de ningún laboratorio, y nadie me lo vendió como novedad. Se forjó en el choque de dos estrellas muertas, mucho antes de que existieran el Sol y la Tierra. Lleva miles de millones de años dando vueltas por el universo sin deberle nada a nadie. Lo tengo en mi dedo, tibio. Le doy exactamente igual.

Hace unas semanas le escuché a Anab Jain, una diseñadora a la que admiro, citar a su socio Jon Ardern: «the future is old». El futuro es viejo. Y pensé en estos anillos. Llevamos encima lo más antiguo que existe, materiales que nos preceden y que nos van a enterrar. Hay más futuro en ese metal que en nosotros e incluso que en el planeta que pisamos. No lo miramos jamás. Andamos demasiado ocupados con otra cosa, que también llamamos futuro y que no se parece en nada a esto: el futuro a corto plazo que alguien diseña y nos vende. A ese sí le dedicamos toda la atención del mundo.


De la mina al modelo

Hace un par de años fui a un encuentro en el Museum of the Future de Dubái. Lo primero que me encontré, antes de que empezaran las ponencias, fue a un grupo de asistentes estrenando gafas. Se habían comprado las Ray-Ban de Meta para grabar todo lo que vieran durante esos días. Diez segundos de vídeo por aquí, diez por allá. Vaya cara se me quedó, a cuadros. En un sitio donde el oficio debería ser el análisis crítico, donde se viene a imaginar lo que aún no existe, algunos dedicaron el primer minuto a registrar lo que ya tenían delante. Lejos de funcionar como oráculo, en ese evento no éramos más que turistas «del futuro» haciéndonos fotos.

Y ahí está la paradoja. Esas gafas existen para una sola cosa: capturar el momento antes de que se escape, guardar lo que ves. Pero en una sala donde la mirada debería estar en todo lo que podría ser y que todavía no es, la pulsión de archivarlo ganó. Y, mira por dónde, aquellas gafas eran tan viejas como el oro de mis anillos. El litio de su batería, las tierras raras de sus componentes, el coltán de quién sabe qué mina: todo se formó en el subsuelo de algún sitio del que casi nadie quiere hablar. Estaban grabando el presente con trozos de pasado.

Y esos materiales no aparecen solos en forma de gafas. Detrás hay una cadena que casi nunca vemos. La inteligencia artificial que hoy lo invade todo repite el mismo gesto a otra escala. Como han cartografiado Kate Crawford y Vladan Joler en Anatomy of an AI System, es una industria extractiva que va de la mina al modelo, pasando por la energía, el agua y el trabajo de quienes la extraen y los datos de quienes, sin saberlo, los cedemos. Llamarla «inteligencia» es lo que hace que todo eso parezca externo, con vida propia. Que un agente te dé la razón en casi todo no tiene nada de magia, responde a una decisión de diseño. Y con el futuro pasa exactamente lo mismo. Lo llamamos «futuro» y de pronto parece que viene solo, que está por llegar, que no hay nada que hacer salvo esperarlo. Pero el futuro tampoco brota del suelo: se diseña, se financia, se invierte en él. Aquellas personas en Dubái grababan pronósticos ajenos convencidas de que diseñaban el porvenir.

El pánico a desaparecer

Hace unos días circulaba por las redes una frase de Jeff Bezos. Venía a decir que había que priorizar el agua para refrigerar los centros de datos antes que para el consumo humano, porque la biología nos frena y la máquina nos va a salvar. Era un bulo: la frase no aparece en ninguna entrevista suya y salió de una cuenta en redes que luego replicaron varios medios. Nos la creímos.

La compartimos indignados sin dudar un segundo. Que diéramos por hecho que un superrico elegiría el agua para la máquina antes que para la vida dice mucho más de nosotros que cualquier cosa que Bezos hubiera dicho de verdad. El bulo encajaba porque reconocíamos la voluntad de poder antes incluso de comprobar si era cierta, y la dábamos por descontada: así están las cosas.

Y lo inquietante es que lo del agua no tiene nada de fantasía. Circula por Silicon Valley una idea que hasta hace poco no se decía muy alto, pero que ordena muchas decisiones: lo humano es frágil, perecedero, un soporte de paso. La máquina, en cambio, no se cansa y puede durar. Si de verdad quieres que algo sea productivo, e incluso que sobreviva al tiempo profundo, no se lo confíes a un cuerpo que envejece: confíalo a lo que no respira. Desde esa lógica, automatizar el trabajo de una persona no le está quitando nada: suelta lastre. Y gastar hoy el agua del planeta para refrigerar la máquina que cargará con el legado es solo una inversión sensata.

Ahora vuelvo a los anillos. Si tienes algo de oro cerca, míralo desde esos miles de millones de años que tiene y los relatos de futuro encogerán hasta hacerse minúsculos. Bezos quiere colonizar la Luna. Los profetas de la IA prometen un mundo nuevo. Todos están haciendo lo mismo: pelear contra el final, a lo grande y con presupuesto. Lo que se vende disfrazado de futuro es el pánico a desaparecer.


Almacenar la vida

Llevo días pensando en qué es lo que me ha importado de verdad recientemente. Y no es nada que se pueda almacenar.

Un beso. El pelo de mi perro rozándome la pierna. Llorar a moco tendido y no poder parar. Durante un tiempo habría dicho que esas cosas valen por ser «humanas», «auténticas». Pero no. Y tampoco valen por ser efímeras.

Valen para mí por algo más sencillo: porque la tecnología todavía no sabe archivarlas. Como el oro de mis anillos, que seguirá aquí cuando yo no esté. Los anillos y el beso no se parecen en nada, salvo en una cosa: ninguno pasó jamás por el mercado que se hace llamar «futuro». A nadie le hizo falta fabricarlos para que valieran.

Toda esta tecnología que promete sintetizarlo todo (una voz, una cara, un duelo, una conversación con alguien que ya no está) no quiere honrar esas cosas. Quiere convertirlas en datasets. Pasar lo vivo, perecedero e irrepetible a un formato que se grabe, se almacene y se explote. Eso que algunos llaman construir el porvenir en realidad es vaciar el presente. El negocio consiste en eso: transformar la vida en stock. Y «futuro» es la marca comercial de esa economía.

Vuelvo al recuerdo de Dubái, a aquel grupo grabando pasillos del museo con el futuro puesto en la cara. Sin saberlo hacían tres cosas a la vez. Tomaban por porvenir lo que eran planes de negocio.

Peleaban contra su propio final filmándolo todo. Y entregaban, fotograma a fotograma y gratis, el único material vivido que tenían, a otro para que lo explotara. Por eso la pregunta nunca puede ser «cómo será el futuro». Esa es la pregunta de quien espera sentado a que alguien se lo venda. Las preguntas importantes empiezan por quién. ¿Quién escribe las hojas de ruta? ¿Quién las llama inevitables? ¿Quién se queda el archivo de mi vida? ¿Y quién podría empujar los mil futuros diferentes que aún no tienen marca ni dueño?

Miro los anillos. El futuro está delante. Hace millones de años que está aquí.