Son las siete y media de una tarde de noviembre. Afuera ya es noche cerrada. Un joven de la generación Z llega a casa después de trabajar. Saluda a su compañero de piso. Pone una lavadora mientras prepara la presentación de mañana. Se da una ducha rápida y se pone el pijama. Le habría gustado hacer algo de deporte o quedar con algún amigo, pero es tarde y está demasiado cansado. Cena de pie en la cocina. Con una mano come un táper recalentado que le envió su madre; con la otra responde al mensaje que acaba de mandarle su jefe. Le apetecería relajarse viendo una serie, pero los ojos se le cierran. Está exhausto y aún faltan tres días para el sábado.
Mañana tendrá que madrugar otra vez si quiere llegar a tiempo a la oficina. Pierde casi dos horas diarias en los trayectos que lo llevan y lo traen de su piso de sesenta metros cuadrados al cubículo de dos en el que curra a destajo. Necesita superar la próxima evaluación de desempeño para conservar el empleo. Está tan agotado que no le quedan fuerzas para pensar cómo salir de ese callejón. No entiende cómo, a pesar de haber estudiado lo que demandaba el mercado, ha terminado prisionero de un sistema que le impone una autoexplotación constante. Reconoce los síntomas de la depresión. Sabe que necesita ayuda profesional, pero no tiene ni tiempo ni dinero.
Su hermano mayor cree que pertenece a una generación de cristal: instalada en la queja, incapaz de asumir las obligaciones de la vida adulta y acostumbrada a utilizar la salud mental como excusa para no hacer lo que otros hicieron sin lloriqueos. Le repite que debería sentirse agradecido por tener trabajo y que, si se sacrifica, tarde o temprano la precariedad quedará atrás.
Pero él se pregunta: ¿a quién dignifica el trabajo cuando no alcanza para una vida digna?
La pregunta es honesta y, por eso, deberíamos afrontarla con valentía. Ese joven exige que lo miremos a los ojos y le demos una respuesta igual de honesta. Nada hay más mezquino que culpabilizar a las víctimas.
Ahora bien, conviene ser prudentes para no tirar al niño con el agua sucia. La proposición “el trabajo dignifica” no es falsa. La falacia está en esta otra: “el trabajo alienado dignifica”. El problema no es el trabajo, sino la alienación.
Trabajar es una de las bases que cimentan la dignidad. Es una potencia profundamente humana: la capacidad de dar forma al mundo y, al hacerlo, darnos forma también a nosotros mismos. Es poiesis: convertir una materia en obra, una necesidad en creación, una idea en realidad. Trabajamos cuando levantamos una casa, curamos una herida, enseñamos a un alumno, cultivamos la tierra o componemos una canción. En esa actividad no solo producimos: cooperamos, aprendemos, transmitimos saberes y nos reconocemos como parte de un mundo común.
Pero, en condiciones alienantes, como las que sufre nuestro protagonista, el trabajo pierde esa potencia emancipadora y degrada al trabajador hasta convertirlo en mero instrumento o mercancía al servicio de la acumulación de capital. El problema no es la actividad humana, sino las estructuras que la degradan en mera supervivencia. Si el trabajo ha de dignificar, debe garantizar las condiciones materiales de una existencia digna.
Otro gallo cantaría si cantara el gallo rojo, si se democratizara la empresa, se subordinara la economía al bien común, se protegiese el tiempo de vida o se pusiese la producción al servicio de la sociedad y no al revés.
Porque, libre de alienación, el trabajo es un bien. En eso consiste el orgullo obrero: en saberse parte esencial de la creación y el sostenimiento de la vida común. Son los trabajadores quienes producen la riqueza y el bienestar del que todos disfrutamos. Cuando un obrero contempla cómo una enorme mole de hierro sale de su astillero para surcar los mares, se dice a sí mismo: “Ese barco lo he construido yo junto a mis compañeros”. Cuando un maestro estrecha la mano del cirujano que un día se sentó en su aula, piensa: “Yo ayudé a formarlo”. Cuando un agricultor contempla fruta en el mercado que nació en su tierra, sabe: “Algo de mis manos ha llegado hasta ahí”.
El orgullo obrero no es una cuestión de autoestima individual, sino una conciencia cívica: la de pertenecer a quienes construyen, protegen y conservan el bien común.
Decía Marx que un negro es un negro y que solo bajo determinadas condiciones económicas un negro es un esclavo. De lo que se trata no es de blanquear al negro, sino de transformar las estructuras que convierten el color de su piel en un dispositivo de dominación. Cambiemos cuanto deba ser cambiado en un sistema que ha convertido una de las mayores fuentes de dignidad humana en uno de los instrumentos más crueles de opresión.