Datificación: virtudes y pecados en la religión de medirlo todo

El futuro está hecho de datos. Todo será cuantificado y calificado hasta el átomo. Quienes sean capaces de gestionar con mayor eficacia esta información tendrán en su mano el porvenir. La responsabilidad del presente reside en impedir que semejante poder caiga en malas manos.

Se ha convertido en la estrella de los últimos tiempos. Gobiernos, entidades privadas, periodistas, tecnólogos; todos advierten que la revolución, si bien no será televisada, sí será datificada. No pensemos únicamente en el ámbito corporativo, todo escenario que participe del universo digital está cuantificado y calificado. Los cuerpos; empresariales, estatales y hasta humanos, se han ido equipando con sensores destinados a medir cada parámetro de su organismo. Se avecina tormenta. Densas y potentes precipitaciones están por abalanzarse en los pantanos de la información. Saber es poder, el refrán no ha cambiado, pero sí ha metamorfoseado el ADN del conocimiento.

Los llaman el nuevo petróleo del futuro y, como escribe Sergio Fanjul, “hemos caído cautivos de la práctica de acumular la mayor cantidad posible”. Y es que los datos pueden ordeñarse de cualquier cosa. Ahí reside uno de sus peligros, en la criba de su relevancia. Como con el petróleo, deben ser refinados. Si se abordan en bruto, lo más seguro es que se produzca una sobrecarga que haga peligrar el dique de contención. Es, por tanto, de vital importancia fomentar una recolecta precavida, tanto por las abejas de quienes se obtiene la miel, como del apicultor que la cosecha. Los excesos llevan a la desorientación, y la desorientación, al fracaso.

Una de las razones por la que los datos son entendidos, según la interpretación ‘dataista’ de Noah Harrari, como una religión, es porque son el resultado de la eucaristía más gozosa del capitalismo: el consumo. Consumir es vivir. Consumimos aire, energía, alimento, tecnología e incluso muebles de metacrilato. En un sistema que va más allá de las necesidades para encomendarse a los caprichos, el dato se convierte en un ente omnipotente refugiado en cada átomo de la existencia.

Y más importante que su deidad, son los obispos capaces de usarlo mejor. Quien domina con mayor eficacia el poder divino de los datos es capaz de conocer al dedillo el pasado, tomar conciencia del presente y, sí, como en la ciencia ficción, llegar a predecir el futuro. Ya hay plataformas capaces de conocer mejor las decisiones a venir de las personas que ellas mismas, convirtiendo a estas empresas en párrocos paganocomputacionales del absoluto.

Como de costumbre, existe un pero mayúsculo. La memoria humana es subjetiva, no operacional, lo que la torna voluble e imprecisa, aunque también creativa. El dato cambia la narración por lo numérico; una naturaleza descriptiva y ejecutora donde peligra terriblemente la mala interpretación.  De ahí que quienes hagan acopios titánicos de información deban revisar la consecuencia de su colecta; interrogarse antes sobre si se debe que en si se puede.

Aspiramos a la eternidad, pero lo cierto es que la incertidumbre gobierna nuestras vidas. No ocurre así con los datos. Todas las relaciones van dejando recados para la cotidianidad y el big data es una enciclopedia imborrable de ellos. Eso lo convierte en un arma de proporción nuclear. Esta condición es la que lleva a personas como la directora global de Corporate Marketing, Brand Experiencie y Digital Engagement del Banco Santander, Nathalie Picquot, a reclamar el uso del ‘dato ético’. Cargado este de todas las cualidades expuestas anteriormente, resulta categórica la necesidad de insuflarle cierta virtud. Un terreno de juego, por así decirlo, enmarcado en reglas que impidan su uso tramposo y desleal. O también deshumanizado, como podría llegar a suceder en los nexos de la datificación y la automatización, que pueden abrir ventanas peligrosas para trabajadoras y trabajadores.

Porque, no lo olvidemos, por un lado, la inmortalidad del dato es una condena a la vitalidad de la persona. En palabras de Emile Cioran, “la vida solo es posible si hay olvido”, y sin olvido estamos en manos del ciberleviatán totalitario que puede recordarnos cada mísero error cometido. Por otro lado, si a la persona se la puede sobornar o extorsionar, al dato se lo puede alterar o robar. Esta posibilidad dista mucho de la confianza ciega habitualmente depositada en ellos, más aún en una tecnocracia como la nuestra. El horizonte de riesgos es, en consecuencia, atroz.

Conscientes los organismos públicos de esto, la Unión Europea ya ha lanzado, bajo su Estrategia europea de datos, la creación de un mercado único de estos. Con este marco, se pretende asegurar el respeto de la normativa europea, la privacidad, así como herramientas de correcto almacenaje (que evitaría la ya citada sobrecarga) e inversiones para computación en nube, entre otras cosas, lo que permitiría exprimir todo el provecho a esta revolución hasta ahora muy infrautilizada. Con el nacimiento del mercado único de datos y la Ley de Datos europea aprobada en 2022, se prevén 270.000 millones de euros de PIB adicional para los Estados miembros de la UE de aquí a 6 años.

DATOS DE GUERRA

Por muy trillada que esté la frase ‘un gran poder conlleva una gran responsabilidad’, eso no mengua su atávica veracidad. El potencial poder oculto tras la datificación a la que nos enfrentamos exige medidas de protección. Los datos no son sólo herramientas de márketing intuitivo, agilidad programática o riqueza empresarial, pueden ser también artefactos bélicos, literalmente hablando. El uso de información digital interceptada con fines militares es algo que hemos conocido cotidianamente en el actual conflicto ucraniano.

La cofundadora de Digital Origin (adquirida por Afterpay) y analista en defensa y seguridad Marta Plana entiende que la contienda demuestra claramente que en asuntos de seguridad y defensa se usan fuentes abiertas de datos para tomar decisiones estratégicas sobre la integridad territorial de Estados y la vida de sus ciudadanos. Comunicaciones comerciales basadas en Android están siendo una herramienta común, y expertos en computación cuántica, como Andris Ambainis, prevén que las infraestructuras de comunicaciones serán todavía mejoradas con fines bélicos, ya que la ventana de la computación cuántica tiene el potencial de romper las encriptaciones, lo que, en un escenario de guerra, es altamente delicado.

Alejándonos de contextos tan críticos, lo cierto es que, cuando hablamos de datificación, la ciberseguridad es uno de los principales focos de atención de los organismos internacionales relacionados con el universo tecnológico. Durante la última reunión de la OCDE, sus miembros destacaron constantemente la importancia de tomar conciencia acerca de la seguridad digital y los flujos de datos transfronterizos como habilitadores del tejido económico mundial.

Las cifras son vertiginosas. Para 2025 se anticipa desde la Comisión Europea un aumento del 530% en el volumen mundial de datos, 10,9 millones el número de profesionales de los datos y una subida del 8% de la población con competencias básicas digitales. La secretaria de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial, Carme Artigas, ha recalcado en muchas intervenciones que salvaguardar el acceso a los datos personales del sector privado con un marco regulatorio, permitiendo así un flujo libre y fiable transnacional, ha de ser una prioridad para todos los Estados. Esto está lejos de ser baladí si tenemos en cuenta que, según información de la UE, el valor estimado para 2025 de la economía de los datos en la Europa de los 27 es de 829.000 millones de euros.

Siendo, como confirman las cifras, los datos el oro de la economía digital, toca hacer un llamamiento a las élites público-privadas en la línea de favorecer escenarios seguros de intercambio, protección frente a su uso malicioso y regulación activa de la privacidad. Porque en la datificación reside la chispa que puede hacer del ser humano un nuevo espécimen. Uno con capacidades hasta ahora insospechadas, pero también uno desvalido de claroscuros como el olvido, la opacidad o el secreto.

Antes que eso, sin embargo, veremos un mundo donde el petróleo, ahora del presente, sean datos con los que traficaremos habitualmente, incluso sin necesidad de intermedios monetarios. Los bancos que gestionen ese tesoro codificado serán quienes ostenten mayor control, y sólo si hemos tenido la precaución de poner barreras suficientes impediremos su posible despotismo. En conclusión, no dotar a la datificación de su capital importancia es hacer oídos sordos al mecanismo de gobierno del futuro. 

Sobre la firma

Galo Abrain

Periodista y escritor. Ha firmado columnas, artículos y reportajes para ‘The Objective’, ‘El Confidencial’, ‘Cultura Inquieta’, ‘El Periódico de Aragón’ y otros medios. Provocador desde la no ficción. Irreverente cuándo es necesario.

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