La sostenibilidad no ha muerto, se está reinventando

Cada vez que sube el volumen del trumpismo o la extrema derecha europea endurece el discurso, alguien anuncia el funeral de la sostenibilidad. Sin embargo, mientras la geopolítica corona a la “seguridad” como nueva prioridad, las empresas consolidan los criterios ESG como palanca de competitividad, creación de valor y resiliencia.

Un contexto global adverso que redefine prioridades

El orden mundial en el que nació la agenda de sostenibilidad —basado en el multilateralismo, la cooperación internacional y la priorización de bienes públicos globales como el clima o los derechos humanos— atraviesa una crisis profunda. La geopolítica ha desplazado el eje del debate hacia la seguridad. Las guerras activas, los nacionalismos reforzados, el auge de la extrema derecha y el retorno del trumpismo, han cuestionado ese orden tal y como lo conocíamos, erosionanso las condiciones que facilitaron consensos globales como el Acuerdo de París, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) o los Principios Rectores de Naciones Unidas.

En este contexto, no podemos negar que los llamados criterios ESG (enviromental, social and governance), en pleno apogeo hasta hace bien poco, han perdido prioridad política y apoyos, expuestos al vaivén de intereses ideológicos. Fue Stéphane Boujnah, CEO de Euronex, la mayor plataforma de mercados bursátiles de Europa, quien afirmó que el ESG tradicional estaba dando paso a un nuevo significado centrado en Energía, Seguridad y Geopolítica.

Sin embargo, más que una crisis de fondo, la sostenibilidad atraviesa una crisis de narrativa. Sus principios siguen siendo válidos: proteger a las personas y al planeta, asegurar una gobernanza responsable, anticipar tendencias y gestionar riesgos y oportunidades para crear valor a largo plazo. Y las razones que hacen necesaria su existencia son más apremiantes que nunca.

Naciones Unidas advierte que vivimos una crisis social marcada por desigualdad creciente, inseguridad y desconfianza institucional. Una tormenta perfecta que hace más urgente —no menos— la agenda de cohesión, derechos y desarrollo sostenible. Los análisis europeos van en la misma línea: incluso en un contexto de “pausas regulatorias” y simplificaciones, la transición verde y la inversión responsable siguen avanzando, adaptándose a nuevas prioridades como la seguridad energética, la resiliencia industrial o la calidad del empleo.

Al mismo tiempo, los informes sobre retroceso democrático describen un fenómeno paradójico: mientras algunos actores políticos intentan deslegitimar la sostenibilidad presentándola como una extravagancia ideológica, son precisamente los desafíos que ellos agitan los que revelan hasta qué punto la sostenibilidad no es un adorno moral, sino un requisito estructural para la estabilidad económica y democrática.

Durante la pasada cita de Davos, la élite económica y política mostró inquietud con los riesgos que se vislumbran en el horizonte económico. El informe The Global Risks del Fondo Económico Mundial ha dibujado para 2026 un panorama dominado por la confrontación geoeconómica (sanciones, aranceles, proteccionismo) como principal riesgo global, seguido por la desinformación y la polarización social. A diez años vista, el ranking se tiñe de verde: las tres primeras posiciones las lideran los riesgos de eventos climáticos extremos, pérdida de biodiversidad y cambios críticos en los sistemas de la Tierra.

El giro empresarial: de la narrativa al valor

Ante estos desafíos globales que interpelan fundamentalmente a gobiernos y entidades supranacionales, ¿qué hacen las empresas? Si nos extraemos del ruido exterior y dejamos de lado cuestiones que polarizan y desdibujan el valor sustancial de la sostenibilidad, vemos que el avance ESG depende cada vez menos del relato y cada vez más de su capacidad para generar valor, dejando de ser una opción para convertirse en una condición imprescindible para la competitividad empresarial.

La reciente aprobación en Europa de la Directiva Ómnibus I —concebida para simplificar obligaciones y reforzar la competitividad empresarial—, ha sido interpretada por muchos como un retroceso en materia ESG. Sin embargo, al menos ha aportado un escenario más claro y realista: las empresas con más de 1.000 empleados y más de 450 millones de euros de facturación seguirán obligadas a reportar su desempeño ambiental, social y de gobernanza conforme a los estándares europeos de sostenibilidad (ESRS).

¿Qué pasa, entonces, con las empresas medianas y las pymes? Aunque quedan fuera del marco obligatorio, muchas seguirán avanzando en la integración de los criterios ESG en sus estrategias de negocio, no solo porque una parte del camino ya está recorrido, sino porque la presión no se limita a los reguladores. Para los consumidores, la sostenibilidad se ha convertido en un driver real de compra, y clientes, grandes proveedores, bancos e inversores continuarán exigiendo muchas de estas prácticas a lo largo de la cadena de valor. Es sinónimo de confianza y transparencia, y el mercado lo premia.

Más allá de Europa, las empresas chinas están acelerando la sostenibilidad corporativa y en EE.UU., a pesar de los frenos de la administración Trump, las compañías viven un escenario “ESG sin la etiqueta”, avanzando por impulso del mercado, los inversores y las regulaciones estatales.

Por tanto, lejos de abandonar sus compromisos, las empresas los están incorporando de forma silenciosa en su estrategia de negocio, en una fase de madurez donde importa menos “parecer sostenible” y más demostrar gestión, rigor y desempeño real. La sostenibilidad se ve cada día más como un valor competitivo donde las empresas —además de identificar, evaluar y mitigar riesgos— exploran nuevas oportunidades que aporten beneficios tangibles y medibles, ya sean en eficiencia energética, descarbonización, economía circular, innovación en nuevos productos, servicios y modelos de negocio, atracción de talento, diligencia debida en la cadena de suministro o cuestiones de gobernanza y transparencia, entre otras. Y donde la inteligencia artificial participe igualmente de esta lógica de responsabilidad, entendiendo que no se trata solo de adoptar tecnología, sino de gobernarla, asegurando que aporta valor sin comprometer la seguridad, la igualdad o la confianza.

Esta apuesta por la sostenibilidad en las estrategias de negocio se refleja también en la integración de criterios ESG en la remuneración de los ejecutivos de las compañías, una realidad consolidada en Europa, donde más del 90% de los planes de retribución variable tienen incluida alguna métrica de sostenibilidad.

Finanzas sostenibles: el mercado se profesionaliza

Si bien este año los riesgos climáticos no han estado en primera línea del debate en Davos, no pocos líderes y expertos calificaron este “aplazamiento” de la urgencia climática como cortoplacista, económicamente irresponsable y contrario al interés empresarial. En el ámbito financiero, los bancos centrales, nacionales y los supervisores llevan años integrando de manera habitual los riesgos del cambio climático y de la naturaleza en sus decisiones de inversión como una medida para proteger la estabilidad del sistema financiero.

Por otro lado, la inversión sostenible mantiene el tipo y no se desangra por el “backlash” geopolítico. En 2024 los bonos sostenibles alcanzaron máximos históricos de emisión (1,05 billones de dólares) y para 2026 todo apunta a que la inversión ESG se mantendrá estable exigiéndose, eso sí, más rigor, transparencia y calidad de proyectos. Europa continúa liderando el mercado de bonos sostenibles, representando más de la mitad del mercado mundial.

Energía: cuando la física y la economía votan lo mismo

A pesar de que estamos viviendo un debilitamiento de la ambición climática global, con objetivos de reducción de emisiones más conservadores, 2025 cerró con un mensaje claro: la transición energética no se frena, se acelera. Ya no es solo una cuestión ética, sino un motor de negocio y resiliencia que atraviesa sectores, mercados y decisiones estratégicas.

Según la Agencia Internacional de la Energía (IAE), el año pasado la inversión global en energía alcanzó 3,3 billones de dólares, impulsada por un récord de 2,2 billones en tecnologías limpias. Las previsiones sugieren que 2026 no será el año de los grandes discursos climáticos, sino el de la transición como prueba de estrés real: más seguridad energética, más redes, más baterías, más fabricación local… y un patrón que se mantiene: dos de cada tres dólares seguirán yendo a energía limpia, porque ya no va solo de salvar el planeta, va de competir, resistir y no quedarse atrás.

La IAE proyecta que, entre 2025 y 2030, el mundo añadirá 4.600 GW adicionales de renovables, el doble que en los cinco años anteriores. La solar fotovoltaica dominará la escena, convirtiéndose en la gran infraestructura energética de esta década, mientras que la eólica, especialmente la offshore, vivirá una segunda expansión gracias a China y Europa.

¿Y cómo se comporta el coche eléctrico? 2026 apunta a una cuota global del 27,5% sobre las ventas totales de automóviles nuevos —la más alta hasta ahora—, siendo la electrificacion del transporte una de las transformaciones más rápidas en la historia del sector, a pesar de que su velocidad de implantación varía según el país. En España, en 2025, la venta de coches eléctricos creció un 83,5% respecto a 2024 y un 112% la venta de híbridos enchufables. En China, más de la mitad de los coches que se vendieron en 2025 fueron eléctricos.

De políticas a compromisos sociales

En los últimos años, las empresas —tanto en España como a escala global— han consolidado un conjunto de avances sociales que hoy forman parte esencial de su propuesta de valor. Las políticas de igualdad, diversidad e inclusión se han ampliado y profesionalizado, incorporando protocolos más robustos frente a la discriminación, sesgos y brechas internas, además de medidas de conciliación y bienestar laboral que responden a nuevas expectativas sociales y regulatorias. El reto, ahora, es reforzar y asegurar la permanencia de estos progresos, evitando retrocesos en un contexto económico y geopolítico cambiante.

En el ámbito de la igualdad de género, el avance es tangible en España. El IBEX 35 alcanzó en 2025 un 41,49% de consejeras, superando el umbral del 40% que fija la Ley de Paridad, mientras que el conjunto de empresas cotizadas llegó al 38,4%. A nivel directivo, la presencia de mujeres se sitúa en el 37,3%, según Women in Business 2026 de Grant Thornton, aunque se detecta cierta desaceleración en el ritmo de crecimiento.

Conclusión: no es un funeral, es una madurez inevitable

No asistimos al funeral de la sostenibilidad, sino al final de su versión romántica y naïf. Llega una sostenibilidad menos retórica, que exige más evidencias, más escrutinio y más materialidad. Una palanca real de crecimiento, competitividad y creación de valor, que ayude a las empresas a ser más resilientes, a gestionar mejor los envites sociales y ambientales que se avecinen, y a adaptarse más rápido en un mundo volátil e incierto.

Rosa Junquera es Directora de Sostenibilidad de PRISA