La manzana que pudo reinar: el último baile de Tim Cook

El 28 de julio, Apple fue brevemente la empresa más valiosa del mundo. Es la que menos invierte en inteligencia artificial de las cinco grandes y la única que no tiene modelo propio. Queda por aclarar si el mercado premió su estrategia o solo buscó dónde refugiarse.

Screenshot

Esa mañana la acción de Apple alcanzó los 342,89 dólares y la compañía llegó a valer 5,036 billones. Solo Nvidia había estado ahí antes. No aguantó una hora y cerró por debajo del umbral.

Ese día Apple no presentó ningún producto. No anunció ningún modelo. No abrió ningún centro de datos. Lo único que hizo público fue un plan de alquiler de iPhones gestionado por un banco sueco.

Sus cuatro grandes rivales van a invertir este año 725.000 millones de dólares, un 77% más que en el ejercicio anterior y casi todo destinado a infraestructura de inteligencia artificial. Apple lleva 4.300 millones gastados en la primera mitad de su ejercicio. Su presupuesto entero, no la parte de inteligencia artificial.

Y la inteligencia que promete a sus clientes no es suya. La nueva Siri, presentada en la conferencia de desarrolladores de junio, funciona con Gemini. Apple no ha construido el modelo fundacional que sus rivales consideran el activo central de la década. Se lo alquila a su competidor más directo en el móvil.

Quedan dos explicaciones. Que Apple haya entendido algo que los demás todavía no ven. O que no haya hecho nada y el dinero venga huyendo de otro sitio.

El mercado empezó a castigar a quien más invertía

En proporción a sus ingresos, Apple invierte una fracción mínima de lo que destinan las otras cuatro. Y el presupuesto ajeno sigue subiendo. Amazon acaba de elevar el suyo a 220.000 millones, y su consejero delegado, Andy Jassy, admite que ni con eso tendrá capacidad suficiente.

La comparación tiene trampa. Amazon y Microsoft alquilan por horas la capacidad de cálculo que construyen, así que su inversión no es una apuesta, sino inventario. Alphabet necesita esa capacidad para el buscador. Apple no le vende cálculo a nadie, y nadie le exige tenerlo.

Nvidia fue la primera en cruzar los cinco billones, en octubre de 2025. Vende las palas de esta fiebre del oro y sus procesadores mueven la mayoría de los grandes modelos. Apple le quitó el trono con Nvidia rondando los 4,83 billones y con los inversores preocupados por la financiación circular de Nvidia, la costumbre de invertir en las mismas empresas que luego le compran los chips.

El mercado está inquieto. Microsoft acumula una caída del 20,8% en el año. Alphabet anunció con sus resultados que subiría la inversión hasta los 205.000 millones y sus inversores se asustaron, porque eso deja el flujo de caja libre en 21.000 millones, un 67% menos. En la primera fase de esta euforia, el mercado premiaba a quien levantaba infraestructura más rápido. Ya no.

Apple ha dejado de querer ser dueña de casi todo

Apple apuesta a que lo escaso de esta década no es la inteligencia. Es el bolsillo donde cabe. Lo demás lo alquila.

El mismo 28 de julio abrió Apple Upgrade en Estados Unidos. Es un arrendamiento de consumo, ni una compra ni un préstamo, y lo gestiona el banco sueco Klarna con aprobación de crédito previa. Un iPhone desde 17,99 dólares al mes, un Mac desde 24,99. Al terminar el plazo, el cliente renueva, compra o se va. Es la primera vez que Apple extiende el alquiler más allá del iPhone. En ningún momento del contrato el cliente es dueño del aparato, y si deja de pagar, se bloquea y solo queda el modo de emergencia.

Apple no es dueña del modelo que da inteligencia a su asistente. Su cliente no es dueño del aparato donde esa inteligencia trabaja. El dinero que financia el alquiler tampoco sale de Cupertino, lo pone Klarna. En las tres puntas de la operación, evita ser dueña y conserva la relación.

Hay una cosa que no alquila y la fabrica ella. El silicio. Diseña sus propios procesadores desde 2010, y ahí está el motivo por el que puede permitirse no tener modelo. Cuando el aparato del bolsillo lleva tu chip, no necesitas la fábrica de inteligencia. Necesitas que la inteligencia quepa en el chip que tú has diseñado. OpenAI lo está averiguando por su cuenta: uno de los problemas que arrastra es encontrar chips capaces de mover sus modelos en un aparato que se vende por millones.

Le compra la inteligencia a quien le paga por el escaparate

Google paga a Apple entre 18.000 y 20.000 millones de dólares al año por ser el buscador por defecto en Safari. La cifra se conoció por los documentos del juicio antimonopolio del Departamento de Justicia estadounidense. Apple le paga a Google unos 1.000 millones por el modelo de Siri.

Le paga por pensar y le cobra casi veinte veces más por estar.

Ambas empresas están contentas, pero no el juez. El Departamento de Justicia americado sostuvo que ese pago servía a Google para mantener un monopolio ilegal en las búsquedas. El acuerdo sobrevivió de forma provisional y sigue bajo vigilancia a los dos lados del Atlántico. Ahora las mismas dos compañías extienden la estructura a la inteligencia artificial. Google pasa a ser proveedor por defecto de dos cosas, búsqueda e inteligencia, en la mitad de los teléfonos de Estados Unidos.

La estrategia empezó siendo un retraso

Apple prometió una Siri renovada para la primavera de 2026, dentro de iOS 26.4, y la versión salió sin ella. Era el tercer retraso consecutivo de algo anunciado en 2024. John Giannandrea, que dirigió la inteligencia artificial de la compañía durante siete años, salió del puesto dejando el asistente sin lanzar. El acuerdo con Google se confirmó en enero. Nada de eso es disciplina de capital. Es una empresa que quiso construir su propio modelo, no llegó a tiempo y acabó pagando por el de otro.

La brecha se puede medir. Los modelos propios de Apple Intelligence trabajaban con unos 150.000 millones de parámetros. El Gemini que alquila tiene 1,2 billones, ocho veces más. El equipo de Craig Federighi sigue desarrollando un modelo propio de un billón, pero Google mejora el suyo mientras tanto. Pagar por el modelo de Google no acorta la distancia, la hace llevadera.

Apple tiene a su favor la historia. Nunca ha fabricado casi nada de lo que vende. Compra las pantallas, compra la memoria, compró los módems durante casi veinte años y lleva más de veinte comprando el buscador. Su oficio no es inventar las piezas, es ensamblarlas mejor que nadie. Comprar el modelo encaja ahí. La diferencia es que las pantallas no piensan.

Apple sostiene que el modelo se ha vuelto una pieza intercambiable y que lo escaso hoy es tener dónde ponerlo. Funciona mientras Google le siga alquilando.

Quizá el mercado no la premia a ella, solo huye de las otras

La compañía que llegó más alto es también la que menos ruido hace. Sus presentaciones dejaron de marcar el calendario del sector y el debate sobre inteligencia artificial ocurre en otras casas. En un negocio movido por expectativas, la que más vale es la única que ha dejado de prometer.

El 25 de junio, Apple subió los precios de los Mac, los iPad y sus aparatos de casa por el encarecimiento de la memoria, y la acción cayó más que en ninguna jornada desde abril de 2025. Desde ese suelo ha subido un 16% y ha sumado unos 650.000 millones de valor. En el mismo tramo, el índice de semiconductores de Filadelfia caía un 10%.

El dinero no parece haber llegado a Apple por lo que Apple ha hecho, sino huyendo de otra cosa. Si uno cree que la inversión en inteligencia artificial va a seguir creciendo, compra Nvidia. Si cree que va a frenar, Apple es la mejor jugada. La subida no dice que Apple tenga razón. Dice que hay dinero apostando a que los demás se equivocan.

Y hay una explicación más aburrida. En la primera mitad de su ejercicio, Apple generó más de 82.000 millones de dólares de caja. Dedicó 4.300 a inversión y unos 45.000 a recomprar acciones propias y pagar dividendos. El 30 de abril el consejo aprobó otros 100.000 millones en recompras y subió el dividendo un 4%. Mientras las otras cuatro convierten la caja en centros de datos, Apple la devuelve.

Un último dato rebaja la euforia. Apple cotiza muy por encima de su media de la última década, y solo el 61% de los analistas que la cubren recomiendan comprarla. En Microsoft, Amazon, Meta y Nvidia esa proporción es del 90%. Apple no gana la discusión por convicción, la gana por descarte. El día que Alphabet demuestre que sus 205.000 millones producen margen, el criterio se invierte otra vez.

El mejor trimestre de junio de su historia y la peor sesión en dieciséis meses

Dos días después del récord, Apple publicó las cuentas de su tercer trimestre fiscal. Fueron el mejor trimestre de junio de su historia. Ingresó 109.400 millones de dólares, un 16% más, y el beneficio por acción subió un 29%. El iPhone y el Mac nunca habían vendido tanto.

Al día siguiente la acción llegó a caer un 9%, unos 373.000 millones de capitalización, y cerró con un retroceso del 7,35%. Fue su peor sesión en dieciséis meses. El trono volvió a Nvidia. El reinado había durado tres días.

En esa misma jornada, Amazon subió más de un 15%. Había demostrado que su nube crece más deprisa gracias a la inteligencia artificial, y firmó la mayor ganancia de valor de su historia. El mercado premió al que más construye y castigó al que no construye nada. El criterio se invirtió antes de que a Alphabet le diera tiempo a demostrar nada.

Fue la inteligencia artificial, pero no por donde se esperaba. No por el modelo que Apple no tiene. Por la memoria que no encuentra. La construcción de centros de datos ha tensado la cadena mundial de suministro y ha disparado el precio de la memoria. Es la misma escasez que en junio obligó a Apple a subir los precios del Mac y del iPad, y que ahora le impide fabricar todo lo que podría vender.

Tim Cook, al que se considera un genio de la logística, habló de una escasez sin precedentes y reconoció que Apple tiene pocas salidas. Era su última comparecencia como consejero delegado.

Cook entrega la compañía a John Ternus el 1 de septiembre, en el mayor relevo desde 2011. A Ternus le llega una empresa que subió hasta los cinco billones por callarse, y encima un plegable pendiente de lanzar que haría justo lo contrario. Se espera para septiembre y Apple ha pedido a sus proveedores diez millones de unidades este año, frente a los siete u ocho previstos antes. La devolvería al centro de la conversación, que es justo el sitio del que ha sacado provecho por no estar.

Lo que Apple defiende en los tribunales no es la inteligencia

El 10 de julio, dieciocho días antes del récord, Apple presentó una demanda de cuarenta y una páginas en el Distrito Norte de California. Los demandados son OpenAI, la división de hardware que compró, y dos antiguos empleados suyos. Se les acusa de apropiarse de secretos comerciales sobre productos no anunciados, especificaciones técnicas y datos de proveedores, y de romper sus contratos para acelerar un aparato. Son acusaciones que todavía no se han probado ante un tribunal. OpenAI dice tomárselas en serio, no conocer ninguna prueba de que tengan fundamento y no tener interés alguno en los secretos comerciales de otras compañías.

Uno de los demandados es Tang Yew Tan, que fue vicepresidente de diseño de producto del iPhone y hoy dirige el hardware de OpenAI. La compañía de Sam Altman pagó 6.400 millones de dólares en 2025 por io Products, el estudio que cofundó Jony Ive, y con la operación se llevó a Ive y a medio centenar de ingenieros. Hoy son más de cuatrocientos los antiguos empleados de Apple que trabajan allí. Poco después de presentar la demanda, los abogados mandaron cartas personales a unos cuarenta de ellos para ordenarles conservar documentos y citarlos a una reunión. Apple sostiene en sus escritos que lo aportado es solo la punta del iceberg.

La demanda no nombra ni a Ive ni a Altman. Apple pleitea contra la empresa donde ambos trabajan y no señala a ninguno de los dos.

El aparato que persigue no tiene pantalla. Lleva batería, cámara y sensores, y está pensado para moverse por la casa y encarnar físicamente a ChatGPT. No es un centro de datos. Es un objeto que se pone encima de un mueble.

A Apple no le importa de quién sea la inteligencia, porque la alquila y la paga. Contra los 725.000 millones, ninguna demanda. Contra un altavoz sin pantalla, cuarenta y una páginas.

Lo diseña el mismo hombre que diseñó el iPhone.