¿Transformar, qué? La decepción como mecha de la rabia

Violeta Serrano fue candidata al congreso por Sumar en las Elecciones Generales de 2023, luego trabajó en el equipo de Yolanda Díaz. Retina presenta en exclusiva un extracto de su nuevo libro, El desencanto de los revolucionarios (Espasa, 2026).

La idea era buena. Era estupenda. Tocar justo ahí donde más nos duele. A quienes estudiamos y no encontramos la manera de salir adelante de una forma digna en España. Pero también a quienes nos preocupamos por quienes no estudiaron y siguen viviendo en condiciones de precariedad. Y digo nos preocupamos porque quienes pasan sus días en esas circunstancias, en general, no tienen tiempo de intelectualizar lo que les ocurre: sobreviven, sencillamente. Día a día. Partido a partido. Cada vez peor y cada vez más rotos.

En el último tiempo, el Gobierno de coalición ha repetido muchas veces que España va como un tiro, que la macroeconomía funciona, que las cifras de paro son excelentes. Sin embargo, ay, sin embargo, lejos de los discursos que se proclaman desde las tribunas de Madrid, lo que hay es hartazgo y, hasta cierto punto, carcajadas. Quienes viven alejados de la burbuja desde la que se proclaman estas afirmaciones grandilocuentes, ya no se creen casi nada. Basta con ir a comprar al supermercado para entender que llegar a fin de mes se ha convertido en una carrera de obstáculos. Por no hablar del precio de la energía: el lujo de calentar o enfriar el hogar, si lo tienes, y disfrutar de ese milagro llamado electricidad. Salir de vacaciones es cada vez más costoso porque el precio de las noches de hotel no deja de aumentar. Comer y beber fuera, esa seña de identidad de nuestra cultura, se pone cada día más complicado y toca reservarse para ocasiones especiales: algo que detestamos porque siempre es un buen momento para compartir una mesa y hacer catarsis.

La izquierda está hablando de algo que su gente no comprende, y no porque sean tontos, sino porque saben en su propia piel que ni la economía va tan bien ni sus vidas son tan felices como las pintan. Tener varios trabajos para tratar de juntar lo suficiente no es agradable. Hacerlo, además, bajo la lupa insistente de un teléfono que llevamos pegado al cuerpo como una extensión más, empeora la cosa: no solo somos explotados, sino vigilados continuamente.

Así que, en realidad, lo sabemos: sabemos que las cosas no andan bien, por mucho que los discursos de quienes están en el poder tengan que poner buen tono, y hacen bien, en aquello que han logrado en su tiempo de gobierno. No se trata de un país u otro, se trata de un cambio de paradigma que estamos atravesando todos: el capitalismo más salvaje, el basado en el individualismo total, está ganando la partida con una fortaleza silenciosa que solo nos permite compartir memes para rebajar la desgracia que, en el fondo, sabemos que estamos aceptando como trabajadores sin más pretensiones que salir adelante. Así que la realidad es que o nos aliamos de nuevo, o estamos muertos. Lo dijo Rufián y apuntó a algo muy importante que se desarrolla en este ensayo: «o nos unimos todos o nos matarán por separado. Y realmente hay un espacio en ese sentido. No ideado desde Madrid por una élite, sino desde la periferia por gente normal» .

Qué quiere entonces la gente normal, cómo vive, qué es lo que necesita transformar. Sin duda, tres problemas, como también dijo Rufián: vivienda, vivienda y vivienda. Porque sin eso no hay nada que mejorar: no sirve aplicar parches, el descalabro es ya estructural. Pero en el discurso que generó Podemos primero y después Sumar, había mucho más detalle sobre lo que había que transformar. Y empezaba en la academia. La mayoría de los integrantes de ese círculo fundacional venían de ahí, de una academia en la que se repetían los problemas que acontecen en la inmensa mayoría de lugares a los que la gente pretende acudir a trabajar y ganarse la vida dignamente. En general, para entrar hace falta tener contactos, no tanto un currículum espléndido. En general, si entras y quieres quedarte, te tocan años de sonreír y abrazar a quien tengas por encima, que suele ser una persona de más edad, de otra época, que te recordará mil veces que tienes mucho que tragar aún para estar en su lugar, si es que algún día lo estás. Negociar cada cinco minutos tus condiciones de trabajo: normalmente, solo, porque los sindicatos, por mucho que se hayan sacado a relucir discursivamente en el último tiempo, son una organización obsoleta a la que casi nadie recurre en la actualidad. Un gran error, porque no hay mejor forma de ser aniquilado que quedarte solo. Pero es lo que estamos haciendo, justo eso: comernos la ilusión de que a nosotros no nos pasará, que estaremos bien, que lo valemos, como los anuncios de champú. Y mientras, sangre, sudor y lágrimas que no sabemos exactamente de dónde vienen: pues de la vida, de la vida que iban a mejorarnos, y en cambio, ay, ya ves, como decía un amigo mío, solo mejoraron la suya. Y entonces, qué rabia y qué asco.

Todo ese malestar lleva a dos caminos que, a su vez, generan aún más malestar: uno, trabajar por cuenta propia, que dicho bonito se llama «emprender» y dicho feo se llama hacerte autónomo y empezar a rezar. O dos, hacerte funcionario, el deporte español más valorado. Emprender en España es bastante desalentador, porque el primer punto del emprendimiento es la prueba y el error. En España, fracasar está penado, no solo socialmente, sino fiscalmente. Lo que se debe pagar para iniciar un negocio mes a mes es más desalentador que cualquier otra cosa. Luego te toca competir con gigantes, porque, tal y como está ocurriendo en la sociedad en general, cada vez hay grupos más grandes que ostentan y monopolizan el mercado frente a hormiguitas que tratan de diferenciarse juntando las migajas que los gigantes dejan. Es agotador. La otra opción es optar a un empleo público que, salvo que hayas nacido para eso, acabará por quitarte las ganas de vivir a los pocos años de haber iniciado el tan ansiado empleo estable. Solo hay que pasarse por oficinas públicas y mirar a los ojos a la mayoría de los trabajadores para sabera qué me refiero.

Por tanto, a una generación como la mía educada en el deseo, ¿qué le podemos decir?, ¿que se aguante?, ¿que acepte que vivirá peor que sus padres y que además esa generación no le entenderá porque no comprende que el tiempo lineal terminó, que ya no se trata de empezar con un trabajo precario para luego lograr algo mejor y estabilizarse porque ya no existe la carrera vital del coche, la casa, el niño y las vacaciones en verano? No creo que se pueda reprochar a esta gente, que hizo todo lo que se supone que debía hacer, el hecho de que no va a encontrar nada digno y que, al mismo tiempo, le realice como persona y como trabajador. Entonces empieza a prender la mecha de la rabia. Y ahí, justo ahí, crece la extrema derecha: exactamente lo contrario a lo que necesitábamos.

No están escondidos. No son nostálgicos. No tienen arrugas ni falta de formación en muchos casos. Son gente joven, nacida en el desaliento. Ellos son el caldo de cultivo más prometedor para la extrema derecha. Recuerdo que, en la campaña de las generales que hice en León, me pasaron rozando mientras inaugurábamos la campaña frente a la catedral, en una imagen preciosa que buscaba, en gran medida, dar valor a lo que tenemos en estas tierras olvidadas. Mientras atendía a la prensa contando cuál era mi proyecto para la provincia, ellos pasaron a nuestro lado como hooligans. Frente Obrero. Eran jóvenes, seguramente más jóvenes aún que yo. Y tenían fuego en los ojos. Tenían pasión. Querían luchar por cambiar las cosas, pero de verdad, de raíz, como un incendio que arrasa la podredumbre y deja solo cenizas sobre las que inventar un mundo nuevo. El gran problema es que ese incendio consiste en la muerte y en la violencia, y en la no defensa de los derechos humanos. El problema es que de ahí no se vuelve, a no ser que la desgracia cubra tanto horror y décadas que solo quede capitular. Al fin y al cabo, la historia de la humanidad es cíclica, pero ¿cuánto ha tenido que ver la izquierda transformadora en este desaliento, en este no levantar más pasiones o, lo que es peor, haber pulverizado aquellas que levantaron en las plazas de los indignados en el Movimiento 15M de 2011?

Al final resultó lo mismo que pasa en los Goya. Pocos hay que lleven trajes caros propios. Se alquilan, se sonríe porque esa noche estás ahí. Pero luego eres pobre. Te vuelves a tu casa a llorar solo o, con suerte, a tomarte unas cervezas, cada vez más caras, cuando cae el sol. Y eso es España, y esa España es la que queríamos cambiar.

*Este texto es un extracto de El desencanto de los revolucionarios (Espasa, 2026) de Violeta Serrano que se publica hoy, 18 de Febrero de 2026