La Sansilvestrale: una pared sin algoritmo

En San Silvestre de Guzmán no hay ninguna sala de cine. Sin embargo, durante tres noches de agosto, las paredes del pueblo proyectan películas, mostrándonos que una pantalla no es tanto un objeto como una comunidad dispuesta a mirar en la misma dirección.

La organización de La Sansilvestrale me invitó a su séptima edición, celebrada del 6 al 8 de agosto. Llegaron cerca de 400 cortometrajes procedentes de cuatro países a un municipio de 649 habitantes, situado en el Andévalo onubense, junto a Portugal.

El pueblo se vuelve cine. Sus habitantes son público, organización, jurado y actores. Nadie queda condenado al papel pasivo del consumidor.

Resulta significativo que el cortometraje oficial de esta edición, interpretado por vecinos del municipio, se titule Acción, el término con el que Hannah Arendt se refiere a lo genuinamente humano, a la capacidad que tenemos de crear algo nuevo.

Un pueblo podría poner todos sus esfuerzos en conservarse. Pero eso no basta. Necesita acción para crear bienestar común. Al inventar un festival, los vecinos de San Silvestre introducen un comienzo en el calendario. No se resignan a durar; comparecen juntos en la plaza pública y hacen aparecer algo que antes no estaba.

En la España vaciada, la acción es natalidad. Una comunidad envejecida puede conservar una extraordinaria capacidad de nacer si todavía es capaz de prometer, organizar, crear y sorprenderse a sí misma. La Sansilvestrale es un ejercicio anual de natalidad cívica.

Cada agosto, numerosos municipios españoles consumen buena parte de su presupuesto cultural en contratar un rostro conocido. Un escenario llega en un camión, el público graba unos segundos, el ayuntamiento cuelga unas fotografías en sus redes y, a la mañana siguiente, la plaza vuelve a quedar vacía.

No hay aquí una enmienda moral contra el reguetón ni contra la fiesta. Las caderas de quien escribe bien saben que no se puede creer en ningún dios que no sepa bailar. La cuestión es quién produce la experiencia, qué moviliza y qué permanece cuando se desmonta el escenario.

Existe una diferencia política fundamental entre contratar cultura y hacer cultura. En el primer caso, el municipio compra durante unas horas un producto terminado. En el segundo, sus habitantes se convierten en autores, intérpretes, programadores, técnicos, jurados y anfitriones. El dinero público deja conocimientos, relaciones y la confianza necesaria para imaginar la edición siguiente.

La cultura no es el adorno que una comunidad se permite una vez atendidas sus necesidades importantes. Es el proceso mediante el cual esas necesidades adquieren sentido. Un grupo humano puede sobrevivir biológicamente sin producir relatos propios, pero difícilmente continuará siendo una comunidad.

La cultura constituye una forma de metabolismo simbólico. Transforma experiencias dispersas en memoria compartida. Permite que un territorio se interprete, se discuta y se transmita. Por eso un festival de cortometrajes puede contribuir a la supervivencia de un pueblo. Combate una despoblación anterior a la demográfica: la que comienza cuando sus habitantes aceptan que allí nunca ocurre nada y que todas las imágenes importantes llegan desde fuera.

En San Silvestre, las imágenes no aterrizan como mercancías de una plataforma de streaming, donde la abundancia del catálogo y el gesto de elegir producen una ilusión de actividad: el usuario hace clic, pero consume dentro de un recorrido previamente diseñado y ordenado por algoritmos que sirven a su señor. El espectador de La Sansilvestrale interviene en la vida de las imágenes. El pueblo las selecciona, las juzga, las aloja, las discute y las mezcla con las suyas. La pared que sostiene una película sigue perteneciendo al lugar. El cine mundial entra en el municipio y, al mismo tiempo, el municipio aprende a verse desde fuera. La cultura no sirve únicamente para expresar una identidad preexistente; también abre un espacio colectivo en el que ensayar quiénes podríamos llegar a ser.

Alrededor de San Silvestre se levantan molinos de piedra y cal. En una tierra de secano, entre aires españoles y portugueses, esas construcciones recuerdan que una comunidad ha dependido siempre de su capacidad para transformar fuerzas invisibles. El molino recibe el viento y lo convierte en alimento. El cine recibe la luz y la convierte en tiempo compartido.

Todo molino español convoca inevitablemente una sombra quijotesca. La ficción cinematográfica consigue que cientos de personas acepten juntas que una pared encalada contiene otro mundo.

El cine es una alucinación con testigos y reglas. La oscuridad, el haz del proyector y la presencia de otros espectadores convierten la imaginación en una experiencia pública. En La Sansilvestrale, todo el pueblo acepta que el molino sea también una pantalla. La piedra no deja de ser piedra, pero ya no se agota en lo que es; se abre a lo que puede llegar a ser.

Uno de los males de nuestro tiempo es la privatización de las imágenes. Nunca habíamos contemplado tantas y, sin embargo, cada cual las recibe a solas en una pantalla personalizada. El mercado conoce nuestros gustos, anticipa nuestro cansancio y calcula el instante exacto en que debe ofrecernos el siguiente estímulo. El scroll convierte el tiempo en una sucesión de presentes desechables. Las imágenes aparecen a una velocidad suficiente para capturar la atención y demasiado deprisa para transformarse en experiencia. No están hechas para que vivamos con ellas, sino para provocar el próximo movimiento del dedo. La promesa de abundancia termina produciendo una extraña escasez: vemos sin conservar casi nada de lo visto.

En el tiempo de la vida humana cada instante arrastra lo anterior y modifica lo que viene después. El pasado no desaparece: permanece dentro del presente, dándole densidad. Una película contemplada en común restituye algo de ese tiempo. No podemos acelerar el plano que nos incomoda ni expulsar con el pulgar una escena silenciosa. Debemos permanecer. A nuestro lado, otra persona ríe unos segundos antes o guarda silencio unos segundos más. La imagen se mezcla con la temperatura de la noche, con el rumor de la plaza y con la conversación que tendrá lugar después. A través de la imagen cinematográfica el tiempo adquiere biografía.

La diferencia no se encuentra entre lo analógico y lo digital, ni siquiera en la dimensión de la pantalla. Está en la forma social del tiempo. La plataforma se dirige a un usuario; la plaza convoca a un público.

Las paredes de San Silvestre no saben qué nos gusta. Ignoran qué vimos ayer, cuánto tardamos en abandonar una película o qué deseo podría retenernos unos segundos más. Ofrecen la misma imagen a todos. Esa falta de individuación constituye una condición de posibilidad de la democracia. Para tener un mundo común necesitamos objetos que no hayan sido fabricados a la medida exacta de cada uno.

Mientras las pantallas personales estudian nuestros deseos para retenernos a solas, el muro encalado sostiene una luz que pertenece a todos.