Johanna Jaskowska: «Las distopías generan miedo y eso les funciona. Atención, ruido y dinero. Donald Trump es así»

Hay algo perturbador en la obra de Johanna Jaskowska: filtros que se adhieren a millones de rostros, pieles holográficas que circulan por Instagram con más fluidez que cualquier cuerpo físico, prendas digitales que nadie puede tocar pero que alguien pagó miles de dólares por poseer. Su trabajo no es exactamente arte, no es exactamente tecnología, no es exactamente moda. Es, más bien, una pregunta sostenida en el tiempo: ¿qué le ocurre a la identidad cuando el cuerpo deja de ser el único soporte posible?

Jaskowska creó en 2019 Beauty3000, el primer filtro de belleza viral en Instagram, que alcanzó más de 500 millones de usuarios y abrió un debate que todavía no hemos cerrado: ¿son los filtros una prótesis del yo o una jaula estética? Ese mismo año, antes del boom NFT, cocreó y vendió la primera prenda de alta costura digital del mundo en blockchain. Hoy colidera PATIO Studio, donde la moda y la tecnología se tocan con la delicadeza de quien sabe que la frontera entre ambas es solo una ficción útil.

Hablamos con ella en el Disseny Hub de Barcelona, durante la vigesimosexta edición del OFFF, el festival que desde 2001 actúa como termómetro de la creatividad global. El ambiente en el Disseny Hub tiene algo de esa tensión que Johanna describe en su propio trabajo: la sensación de estar justo en el borde de algo, sin saber todavía si es un precipicio o una puerta.

I. La máscara como performance

La máscara no oculta al actor: lo constituye. Sin ella, no hay personaje posible.

— Erving Goffman, La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959)

Empecemos por el filtro como concepto. La historia del arte está llena de máscaras: el teatro griego, el carnaval, el arte africano. ¿Cuál era tu idea del filtro antes de que Beauty3000 lo convirtiera en un fenómeno de masas?

Al principio no tenía ninguna idea de provocar nada. Yo siempre trabajo desde el momento: lo que me apetece, lo que tiene sentido. Trabajo con nuevas tecnologías, y cuando empecé con los filtros —que es realidad aumentada— era para mí un nuevo campo de exploración sobre la belleza, la identidad, los medios. La realidad aumentada es poner elementos digitales sobre algo que existe en la realidad. Y yo estaba trabajando con el rostro.

Mi primera inspiración fue una película de los años 70 de George Clouzot que se llama L’Enfer , una película inacabada muy experimental donde habían puesto luces físicas que rotaban sobre el rostro y daban un efecto muy hipnótico. Pensé: puedo hacer esto con realidad aumentada, no necesito material, las luces existen en el mundo virtual pero las ves a través de la pantalla de tu móvil. Empecé así, experimentando, jugando con luces de colores —rosa, azul— que se movían. Luego aquello abrió un camino en el mundo de la belleza con una dimensión más cinematográfica y futurista que la de nariz más pequeña o los labios más grandes…

La crítica fácil al filtro es que homogeniza, que aplana. Pero tú estás describiendo algo diferente: la máscara griega no oculta al personaje, lo construye. ¿Cómo ves esa tensión entre el filtro como herramienta de performance y el filtro como instrumento de uniformidad estética?

Lo interesante de los filtros en el contexto de las redes sociales es que son un espacio donde la gente performa: haces una story, hablas de ti, publicas tu persona, tu branding. Los filtros dan otra dimensión para performar. Y lo guay es que cuando hablas de arte, normalmente es algo muy contemplativo: ves una obra desde un punto de vista pasivo. Con los filtros y la realidad aumentada, la obra empieza cuando el usuario la usa. No existe si no hay usuario. Es una colaboración: yo le doy una oportunidad de performar, pero la obra es la experiencia entre la persona y yo.

La máscara antigua tenía esa misma idea: es un objeto, un accesorio que te ayuda a performar de una manera u otra. Y sí, yo no estoy haciendo filtros que te van a cambiar la nariz o los labios para ir en el camino de la belleza Kardashian. Mis filtros siempre juegan con luces sobre la cara, pero no van a modificar tu forma. Cuando ya te ves en el espejo después de esos filtros que todo el mundo tiene la misma nariz, ya no puedes ver tu propia belleza. No te reconoces. Eso no va en mi camino.

Tu filtro tiene también algo queer, algo que la comunidad LGBTQ+ adoptó con mucha intensidad, especialmente en Brasil. ¿Eso fue una lectura que proyectaron sobre tu trabajo o había algo conscientemente ahí?

No lo hice conscientemente, pero tampoco me sorprende. En todo mi trabajo hay una dimensión futurista: soy una futurista. En todo lo que hago me pregunto ¿qué pasaría si? Imagino mundos donde podríamos tener una piel de purpurina, una piel más plástica, cosas que para mí van en el camino de una belleza que me mueve a mí y que no es la belleza estándar. Y desde mi cuenta podía ver a toda la gente que usaba mis filtros —podía cotillear, ¿no?— y me daba cuenta de cómo las comunidades del mundo reaccionaban de manera completamente diferente. Los franceses no lo usaban mucho porque les daba vergüenza. En Brasil, la gente queer iba a tope, sin vergüenza ninguna, abriéndose a ese mundo extraño. Me gustó mucho esa parte.

II. Inteligencia artificial: el pincel que también piensa

Cada tecnología es una extensión del hombre. La pregunta no es si la adoptamos, sino qué parte de nosotros mismos decidimos externalizar.

— Marshall McLuhan, Understanding Media (1964)

Pasemos a la inteligencia artificial, que es el debate de nuestro tiempo —aunque ya empieza a ser un debate un poco viejo, ¿no? A veces se habla de la IA como si fuera algo nuevo, pero tú llevas años trabajando con estas herramientas.

Exacto. Utilizo IA desde 2022 o 2023. Y lo que he aprendido es que no es como la gente se cree. Cuando ves en redes sociales el nuevo modelo y muestran los mejores ejemplos, la gente cree que hicieron un prompt y salió eso. No. Han hecho mil millones de prompts, han elegido los tres mejores y lo presentan como si fuera la cosa más fácil del mundo. Es mentira.

El gran trabajo con la IA es elegir. Cuando estoy buscando lo que necesito, genero no sé, doscientas imágenes. Y luego tengo que filtrar, filtrar, filtrar. Luego está el trabajo de componer: uso la IA para generar partes de lo que quiero, y luego recompongo todo en Photoshop, con muchas máscaras, muchas capas. No es promptear y ya tienes una imagen.

Hay un debate interesante sobre la autoría. ¿ La IA es el pincel, el lienzo, o directamente la mano?

Son modelos entrenados. Hay miles de millones de modelos y cada uno te da un sabor diferente. Tienes que probar con uno, probar con otro, saber lo que te saca ese modelo para saber si lo vas a usar. Uso Flux porque me gusta el sabor que da. Luego edito con otro modelo porque hace mejor lo que necesito. Luego Photoshop, composición, upscale… hay muchas capas. No es ‘la IA’: son modelos, muchos modelos.

Y lo que cambia con la IA respecto a otras tecnologías no es tanto la herramienta como la velocidad con la que puedes producir ruido. Con el óleo necesitabas tiempo para hacer algo malo. Con la IA puedes producir algo muy básico, muy feo, en dos segundos. Pero si le das tres semanas, si calientas la silla, si editas y editas, ya tienes un trabajo de autor. Esa es la gran diferencia.

¿Llegará el momento en que el ojo del espectador sepa distinguir el ruido del trabajo de autor?

Sí, ya está pasando. Cuando entrenas el ojo puedes ver la diferencia entre un arte muy propio, con una dirección curatorial propia, y el ruido del por decir. Todavía es algo muy nuevo y la gente no tiene el ojo entrenado, pero en poco tiempo vamos a discernir. Yo ya lo siento cuando estoy trabajando: puedo quedarme con algo que es bueno técnicamente pero no es lo que quiero compartir. Voy editando hasta sentir ese click —ese ‘eso es’— y ahí estoy contenta.

III. El aura en la era de lo infinitamente reproducible

En la época de la reproductibilidad técnica, lo que se atrofia en la obra de arte es su aura. El proceso es sintomático, y su importancia trasciende el campo del arte.

— Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936)

Fuiste pionera con los NFT antes del boom. Ahora casi no se habla de ello. ¿Qué falló? ¿O más bien: qué salió mal con algo que tecnológicamente seguía siendo interesante?

¿Sabes por qué no ha funcionado? Porque pasó de ser un mundo nicho a ser mainstream. Y cuando algo nicho se hace mainstream, los especuladores de pasta se meten ahí, ven una oportunidad, empiezan a hacer cosas para especular y hacer dinero. Eso destruye la propuesta original.

Al principio era una propuesta muy interesante. Y sigue siéndolo en la tecnología blockchain para el arte digital. En el mundo físico tenemos un certificado firmado, pero imagina que tu casa se quema: ya no hay obra, ya no hay certificado, pero existía. En el blockchain está escrito para siempre que esa obra ha existido, que fue comprada por esta persona y luego por esta otra. Es una dimensión completamente diferente: datos escritos que no se pueden destruir. Lo que pasa es que es muy complicado para que la gente que no son nerds lo entienda, y para llegar a ese punto vamos a tener que esperar mucho tiempo.

Había también proyectos como CryptoKitties que eran más bien performances con el mercado, ¿no? Jugar con la idea de la colección, del azar, del objeto único. Era un experimento muy interesante. No era arte tal cual, pero tenía esa dimensión de lo que nos gusta: coleccionar, tener algo único, que me toque la suerte. Cada gatito era diferente —ojos, pelo, colores— y los más raros valían muchísimo más. Era como los cromos de toda la vida: abres el sobre y no sabes lo que te va a tocar. Esa dimensión me parecía muy interesante para jugar con el mundo blockchain y esa parte nuestra que adora lo irrepetible.

IV. El futuro no tiene por qué dar miedo

El pesimismo de la inteligencia obliga; el optimismo de la voluntad, también.

— Antonio Gramsci, Cartas desde la cárcel (1929)

Desde la tecnología y desde la cultura popular —Netflix, HBO— el futuro que se nos propone es casi siempre distópico. Pero tú trabajas permanentemente desde el what if positivo, desde la especulación optimista. ¿Cómo se construyen otras narrativas?

¿Sabes por qué todo el mundo hace narrativas distópicas? Porque generan emociones de miedo, y eso funciona. En un mundo donde la moneda es la atención, más ruido haces, más se habla de ti, más dinero haces. Donald Trump es así. Si haces una propuesta que va en emociones fuertes, que da miedo, que provoca, funciona y hace mucho más ruido. Las propuestas más positivas generan menos emociones fuertes y se habla menos de ellas.

Yo lo hago desde un punto de vista de que soy muy positiva y optimista. Cuando algo me parece muy interesante y lo comparto, sé que puedo tocar a otra gente, porque el interés es contagioso: cuando hablas con pasión, la gente lo siente y se va a otra dimensión. Pero no es mi propósito dar una propuesta sobre el futuro positivo —lo hago porque soy así. En mi trabajo siempre estoy buscando una provocación, una tensión entre algo que podría ser casi real pero que no lo es. Siempre en el borde. Algo muy sensual pero no pornográfico. Belleza con otro código. Rozando dos mundos.

V. Hackear el móvil (o cómo resistir lo que uno mismo ha construido)

Vivimos bajo una economía de la atención que ha convertido cada segundo de distracción en mercancía. La pregunta ya no es si somos libres, sino si somos conscientes de los mecanismos que nos controlan.

— Shoshana Zuboff, La era del capitalismo de la vigilancia (2019)

Llevas años trabajando en Instagram, construyendo comunidad ahí. Pero parece que las redes han cambiado —y no precisamente para bien. ¿Cómo has vivido esa transformación desde dentro, como creadora?

Lo que ha cambiado son los reels. Y lo odio, lo odio, lo odio. Es demasiado adictivo. Creo que es malísimo: esa atención corta, ese gambling psicológico que nos manipula sin que lo sepamos. Yo me he dado cuenta de que abría Instagram completamente de manera inconsciente, sin ser consciente de haberlo hecho. Y cuando me di cuenta, pensé: no puede ser, no puede ser. Me gustaba mucho más Instagram antes de los reels, era mucho menos adictivo. Ahora vas a un agujero negro, no sabes lo que estás viendo, te olvidas de lo que viste hace dos segundos. ¿Qué nos da como seres humanos esa gimnástica cerebral?

Y sin embargo no puedes abandonar la plataforma. ¿Cómo estás gestionando esa contradicción?

Me estoy hackeando. Uso una app que se llama Brick: a las 8:30 de la noche tengo todo el móvil en negro, porque los colores dan menos dopamina. Y de lunes a viernes Instagram está bloqueado para crear: uso Meta Business, que me permite publicar posts y stories, ver mensajes y responder comentarios, pero no puedo ver contenido. Así no caigo en el agujero. Soy una biohacker —me encantan los podcasts sobre el cerebro, la psicología, todo eso. E intento aplicar reglas para tener un poco de control sobre esas cosas inconscientes que hacemos.

Porque lo que quiero de verdad es producir cosas chulas. Tengo la dopamina cuando estoy trabajando: es más laborioso, calientas silla, el trabajo es más complejo, pero lo que produces al final es mucho más gratificante. Cuando miras y ves que has perdido dos horas viendo reels y haces la suma de un año… hubieras podido hacer algo grande. Algo que te da una gratificación real, un trabajo interno. Eso es lo que no quiero perder.