Historia de una silla: de estándar pop del diseño barato a icono inolvidable

Nadie le prestaba atención a la Monobloc y vino Bad Bunny a dignificar la silla más común del mundo. Un trozo de plástico blanco que ha llenado nuestros espacios cotidianos desde el día de su creación con su espíritu anodino.

La Monobloc es el producto comercial por excelencia donde apoyar nuestros traseros. Barata, fácil de apilar, transportar y reemplazar, bastante resistente por el precio al que se vende. Tras el DTMF del artista puertorriqueño no solo es uno de los objetos más vendidos sino uno de los más usados en piezas creativas. Ni Andy Wharol hubiera sido capaz de llevar la Monobloc a tanto. Una pieza creada en el 1967 por un diseñador italiano tras una retahíla de inspiraciones varias que pasa de patito feo a cisne. El relato perfecto de cómo transformar algo sin personalidad en un símbolo.

Portada del álbum DTMF de Bad Bunny

La cultura, el diseño y la comercialización de un producto a veces convergen para dar vida a iconos. Pasa con el logo de Nike que trasciende hasta transformarse en símbolo inolvidable o puede ocurrir con una silla que todos hemos usado y odiado a partes iguales, hasta ser dignificada como emblema de lo cotidiano. Es poético que nuestra sociedad viralice un cacho de plástico que se rompe cada vez que te tambaleas sobre ella.

Los artistas populares tienen el poder de encender un foco en un elemento y transformar su significado para siempre, propio como hizo Duchamp con el retrete en época Dadá.

Un elemento anodino que nadie hubiera pensado que pudiera llegar a ser la protagonista conceptual de la portada del álbum del “conejo malo” dando vida a toda una serie de representaciones que han tapiado verjas de librerías, páginas de Pinterest o proyectos fotográficos donde nuestra heroína hasta flota en el mar a la deriva.

Podríamos afirmar que es el poder del diseño hecho realidad. Algo tan bien ideado que se transforma en icono pop y trasciende a todos los niveles. La maravilla del marketing bien planteado en el que Bad Bunny es el vehículo ideal que transforma el mismo significado de un objeto.

La portada del disco más escuchado en este último año es el escenario perfecto. Un jardín trasero de esencia tropical y dos sillas de plástico. Una escena tan común que transmite familiaridad. Más o menos todos hemos descansado nuestro trasero sentados en una Monobloc blanca a jugar o a charlar tras una barbacoa o una cena con amigos y familiares.

Pieza gráfica realizada por Ro de Luisse.

Esa imagen ha dado la vuelta al mundo, fomentando las distintas interpretaciones. Cada silla representa a una persona y las dos juntas son un diálogo íntimo. Nadie sabe de qué hablan pero cualquiera se identifica con la escena. La sencillez de la ausencia de sujetos humanos para recrear un diálogo. El juego semiótico por excelencia, esconder al sujeto principal para que el receptor empiece a imaginar cosas.

Es así que la silla se transforma en símbolo y luego en icono, empujando a una miríada de artistas a emular y representar el mismo objeto de mil maneras distintas.

Lo cotidiano, barato y, a veces, cutre se nobilita elevándose y siendo copiado una y otra vez, hasta acabar en un museo y en varias galerías de arte.

Fotografía de Rudy García

De hecho, ya allá por 2017 el Vitra Design Museum decidió dedicarle una exposición titulada “Monobloc, una silla para todo el mundo” en el que se recorría una visión heterogénea de ese producto tan masivo debido a sus costes de producción tan baratos. Es pop justo porque su bajo coste y su estética de antidiseño ha sido muy criticada, a menudo vinculada a un bajo poder adquisitivo.

El giro inesperado es que un artista de fama internacional la escoja como símbolo de la cotidianidad y la transforme en un icono viral otorgándole el poder de la fama.

Si algo nos enseña la comunicación es que al cambiar el contexto cambia el mensaje. En arte el marco dignifica a una pintura subiendo su misma percepción,  así cómo DTMF hace de marco dorado a la Monobloc cambiando su percepción de silla fea a inolvidable.  

Una metáfora maravillosa de nuestros tiempos donde pagamos por el valor que le otorgamos a los objetos y a las experiencias empujados por la escenificación salvaje. Esa misma percepción ocurre con la famosa casita, escenario de una gira más que polémica, cuyo origen norteamericano en Levittown tenía un significado muy distinto al actual como bien explica el arquitecto y divulgador Pedro Torrijos en uno de sus reels.

La casita es un lugar no lugar que representa añoranza y cultura popular pero que en EEUU era un proyecto inmobiliario de masa solo para blancos y que Bad Bunny llenó de vips y ricachones desvirtuando su esencia puertorriqueña. Un poco como el proyecto de Glitter Monobloc de HFA-Studio que transforma un producto barato en una silla exclusiva recubierta de un mosaico de espejos.

Es probable que las sillas sean el objeto que más describa a una sociedad. No paramos de diseñar nuevos modelos aunque existan ya decenas hiper funcionales e increíblemente cómodas donde apoyar las nalgas.

A cada época su trono, algunos de oro y piedras preciosas, otros de madera con sus patitas leoninas, u otras de mimbre o cuerdas. Al siglo XXI le ha tocado la funcionalidad modular, blanca, sin rasgos evidentes y fácil de usar en perfecto estilo racionalista. Qué sí, está bien diseñada, tan bien que democratiza la pobreza tanto como los edificios monobloque de hormigón de las periferias de medio mundo y de algún que otro país comunista. No es la primera silla de mierda en llegar a la fama. Quién no recuerda una foto icónica de la última temporada de Breaking Bad donde Walter White, ya narco empedernido aka Heisenberg, está sentado como un rey cristiano medieval en medio de una nave polvorienta en una silla de playa como si fuera un verdadero trono.

Imagen realizada para la mesa redonda sobre el rol de la silla en la sociedad.

Aunque nos hayamos vuelto completamente locos por el asiento más anodino jamás diseñado, no paro de pensar en la ironía de todo esto. Y de cómo la Monobloc representa perfectamente la desesperación de una sociedad occidental que todo lo engulle y lo uniforma. Cada silla es el símbolo de su era y a nosotros nos ha tocado la de la decadencia del plástico moldeado. Una sociedad barata, sin confort y que necesita desesperadamente agarrarse a lo cotidiano por muy cutre que sea.

Vivimos a la deriva, agarrados a un trozo de plástico blanco que nadie quería y que todo el mundo añora.