En defensa de la procrastinación. Elogio del tiempo perdido (frente al que las redes te roban)

El procrastinador es un idealista, un soñador, el alma que necesita el mundo para creer que las cosas, contra todo pronóstico, saldrán bien. Postergar no significa no hacer nada, ni mucho menos, significa no hacer lo que se debe hacer. La alerta activa de la ley del último minuto frente a la pasividad conectada de las redes sociales. El like es la vagancia hecha gesto.

Mi madre, como creo que harán la mayoría de las madres del mundo, al menos las que estén presentes, me decía desde crío que no dejará para mañana lo que pudiera hacer hoy. Es nítido, casi cristalino, el zumbido espeso de su voz juzgona indicándome los principios del Manual del Buen Productor. Yo debía convertirme, a toda costa, en un cortesano de la eficacia, en el Alekséi Stajánov español del siglo XXI. Desafortunadamente, sus sueños rápidamente cayeron en saco roto. Alcanzada la adolescencia, me parecía tanto a un Stajánov ibérico como a Nelson Mandela… y eso que gastaba buen moreno. Para lágrimas de mi progenitora, antes que una personificación de la productividad era un monstruo hormonado encomendado a la pereza absoluta. En esa emulsión atómica de testosterona pubertina, fue cuando germinó en mí la flor de la revolución, la contienda a la que rendiría mi honor, mi gloria y mi fe, de ahí en adelante; la sagrada lucha por la procrastinación

Pertenecer a la secta de los procrastinadores no requiere de grandes aquelarres, ni rituales fraternales sacados de La semilla del diablo, basta con dejarse llevar por altas dosis de desentendimiento, o bien de arriesgada esperanza. El procrastinador, contra todo pronóstico, no es un ser débil, ¡por favor, nada más lejos! El procrastinador es un héroe, un mártir, un paladín de la sangre fría sin temor al riesgo. Ríete tú de los paracaidistas cuando uno tiene que entregar un artículo al día siguiente y encomienda la noche anterior a la liturgia del whisky y el baile. ¡Eso es valor! Una ley, la del último minuto, destinada a hervir las células de la ansiedad y alimentar la hoguera de la presión, frente a la que los devotos del «ya lo haré luego» se calientan para dar lo mejor de ellos mismos. Frank Lloyd Wright diseñó Fallingwater, su obra más icónica, tan sólo dos horas antes de que su cliente lo visitara. Hunter S. Thompson escribió El Derby de Kentucky es decadente y depravado, la pieza con la que alumbró el estilo Gonzo, porque no le dio la vida para montar algo normativo, lanzándose a la locura de las prisas. El último momento – por cierto, título cojonudo para cualquier cosa- es la ciénaga por la que se han arrastrado los grandes para parir genialidades impulsivas inaccesibles a la pausa razonada. Contra todo pragmatismo educativo, decididamente comprometido a mutilar cualquier atisbo de procrastinación, la lucha por perder el tiempo es una campaña a favor del sprint mental, del desparrame y cierto regustillo a autodestrucción creativa –anda mira, igualito que con la automatización, de la que tanto se habla ahora-. Y, si no, vayan a ver al Bribón Primero, digo… Juan Carlos, al que tan bien le ha venido procrastinar volver a casa por navidad, como rezaba El Almendro. 

En La procrastinación eficiente, John Perry, erudito de la causa, debate ampliamente sobre la verdadera y esencial autogestión que se esconde detrás de retrasar los compromisos. El procrastinador es un idealista, ¡un soñador!, el alma que necesita el mundo para creer que las cosas, contra todo pronóstico, saldrán bien. En el programa Ya veremos mañana, de la cadena francesa ARTE, el pensador… el constructor del mundo para después… el justificador máximo de la postergación… el abuelo al que se le olvidan los cumpleaños, habla de su Procrastinación Estructurada. «Una forma eficaz para el procrastinador de sentirse realizado, ya que es incapaz de hacerlo debido a su alto grado de perfeccionismo o su curiosidad descontrolada por todo lo rodea, es ponerse metas concretas y muy realizables. Por ejemplo, antes de salir de la cama, proponerse activamente pisar primero con el pie izquierdo. Luego, ponerse como meta ducharse, vestirse, lavarse los dientes y tomarse el café. Cada una de estas acciones ha de ser entendida como una meta per se, lo cuál aumentará la autoestima y la sensación de realización». 

Tilín tilín tilín ¡Bingo! Este elemento, que pudiera resultar de una aplastante obviedad, es clave para los esclavos del postergar. Postergar no significa no hacer nada, ni mucho menos, significa no hacer lo que se debe hacer. Los objetivos, la meta, por así decirlo, es lo que se escapa. Como si a un galgo le diese por perseguir las liebres de los prados circundantes al canódromo, en vez de al señuelo destinado a hacerle terminar el circuito. Al final, el lebrel; bichejo famélico que no ha aprendido a cazar nunca, se siente impotente con la presa en la boca y, frustrado, la deja moribunda en el suelo. Mientras tanto, la carrera ya ha acabado, él ha sido descalificado y el dueño lo tendrá, como castigo, la tarde sin probar bocado. Se queda el pobre galgo sin premio, sin liebre y sin papeo. Este es el destino del procrastinador desorganizado al que, a veces, como a Wright o Thompson, le sale bien la jugada, pero que casi siempre termina con el tiro por la culata. Pero es que el procrastinador es un vicioso, un baboso pendiente de placer instantáneo con el fatídico martirio de la impaciencia. ¡Más le valdría dejar la solución soluble, y demorarse sin interrupciones en moler el café por las mañanas! Sea como fuere, lo que está claro es que quien posterga lo hace porque encuentra algo mejor en descarrilar de su propósito. Todo lo bueno engorda, y todo lo bueno invita a la procrastinación. 

Este hecho lleva formando parte del espíritu humano… podemos suponer que desde que se abrió la veda de la multiplicidad de oportunidades. De hecho, Aristóteles ya acuñó el término acrasia, que venía a definir ese incoherente impulso humano hacia una acción, aunque una acción alternativa le sea más ventajosa. Cómo acostarte con el hermano de tu marido o, bueno, según en qué zonas rurales, con tu hermano directamente. Pero la acrasia es un Todo de lo específico de la procrastinación; una ambición por abarcar más de lo posible, o un despiste que no se corrige ni con cristales progresivos. Sin embargo, hay algo de positivo en este gesto, como ya hemos mencionado; una expectativa de «todo va a salir bien», un cierto optimismo o, si no, una asunción de las consecuencias que responde fabulosamente frente a la incapacidad de asumir errores que reina en la posmodernidad. Además de esa hermosa aura de rebeldía púber… de anticapitalismo roñoso… de autosatisfacción antisistema, la misma de Lester Burnham en American Beauty. Porque, Arghhh, ¡qué bien sienta mandarlo todo al carajo! 

La perversión de esa pureza procrastinadora, de esa revolución pasiva, ha sido, no obstante, alcanzada con un maligno ensañamiento. Si la caja tonta ya, desde su democratización en los años cincuenta, hizo una incisión genética para lavar el cerebro del vulgo, vomitando contenido en un viaje a través de la pereza y la galbana boba, las redes sociales han plantado bandera en el K2 de la alienación humana. Se han convertido en un adhesivo eléctrico; en un neuroestimulante como el Crack, más parecido a la ludopatía que a pasarse de la raya con el Candy Crush.

Las redes, dejando de lado los beneficios que acarrean de conectividad, originalidad y difusión, son también un billete a una sublime narcosis. Apagan la responsabilidad monopolizándola para ellas. Seducen a una constante procrastinación vacía, dotada de un sistema de recompensa ágil, adictivo y venenoso. ¡Okey!, nadie duda que la heroína proporciona una satisfacción babilónica… que rinde un servicio ejemplar a los receptores de placer… como tampoco nadie duda en ver El Caballo como un poni cadavérico con viaje sólo de ida a los cementerios de la salud y el equilibrio social. De igual manera debería suceder con las redes. No obstante, la heroína es la antítesis de la productividad, salvo para comunas negras y pobres, rincones oscuros de farolas amarillentas con alumbrado químico, donde su autodestrucción beneficia a más de uno, incluido al dealer. Mientras, las redes dopan el capitalismo líquido con pinchazos en las nalgas bien cargados de datos y motivaciones de consumo, que lo ponen a correr como cuando a un penco le dan con una fusta. Y, por supuesto, al igual que con la heroína, el dealer se llena los bolsillos. Por si fuera poco, no sólo con dinero, sino con poder. El poder de la información, el poder de sostener gran parte del sistema de comercialización, el poder, en definitiva, de gestionar un modo de vida que, masivamente al menos, es ahora difícil de abandonar.

Las redes son viciosos centros de procrastinación. Toda su ergonomía está pensada para hacer perder el tiempo al usuario, ya que es en ese impasse improductivo cuando más rentable es la información del sujeto. En un nihil facere, sosteniendo el portátil con la panza, o reflejando la poco agraciada papada en la pantalla del smartphone, es el instante en el que menos esfuerzo dedicamos a la reflexión y más fácilmente nos rendimos a la seductora provocación de la simpleza. El like es la vagancia hecha gesto. Su uso, casi inconsciente, satisface esa sensación de realización de la que habla John Perry, pero con estimulantes y muy ventajosas consecuencias para los titiriteros que dan vida a la función entre bambalinas. Existe, además, una visceral paradoja. Postergar debería ser, en parte, sinónimo de cierta naturalidad en la imagen. Una desenfadada caricatura de nosotros mismos erguida sobre la despreocupación. Las redes, sin embargo, como le pasaba al bueno de Dorian Gray, pintan un cuadro de nuestro aspecto que poco tiene que ver con la realidad. Vendida nuestra alma a la mentira del filtro, procrastinamos en no dedicar tiempo a nuestras tareas por hacer de nosotros una versión manufacturada de piel lisa, cachas firmes, pómulos hinchados y gesto Abercrombie & Fitch. ¡Un auténtico apocalipsis-de-imágenes-radioactivas que azuza el cáncer de la comparación, la envidia y el deseo insatisfecho! Y eso es lo que muchos toman para desayunar… alérgicos, como lo está Era, a una procrastinación silenciosa, reflexiva, autocrítica y relajante, y encomendados, por el contrario, al jaleo perpetuo de las imágenes sucesivas y el narcisismo democrático de Rebajas… ¡Qué locura de precios! Una carrera difícil de ganar para el sosiego… Sería como hacer competir un coche alemán, ¡un caballero teutón!, contra un Seat-mierda-Ibiza del 96.  Ya se sabe quién va a ganar. Porque, en la vida real, David se da con la honda en la cabeza de los nervios y Goliat gana la pelea incluso antes de empezar. Vaya, he aquí un pensamiento poco optimista, poco procrastinador…

Volviendo al tema: la explotación del despiste es parte y todo de las redes sociales. Pero no sólo Facebook, y sus sucedáneos zuckerbergianos, echan leña en las hogueras de la postergación. YouTube, con todo lo bueno que pueda tener, es una plataforma concebida para fomentar lo más posible perder el tiempo. Los líderes de la distracción se rebozan encabritados de gusto en los agujeros negros, túneles cuánticos por los que saltar de universo en universo, logrando convertirse en sabios de cualquier cosa menos de lo que deben. Veamos, uhm, ¿cómo se hace una tabla de Excel?, uh, mira lo que hay ahí, el nuevo videoclip de Bad Bunny… Vaya, espera, mejor aún; clic en el siguiente, un video de unos filipinos construyendo una piscina en mitad del bosque… eh, clic en el siguiente, cinco tíos levantando un Mini Cooper color huevo como si fuese una bailarina de alterne… ¡Atento!, clic en el siguiente, ¿cómo se hacen las puntas de los bolígrafos?… Buah, clic en el siguiente, mecheros explotando en los bolsillos… ¡No jodas!, clic en el siguiente, ¡Combustiones espontáneas grabadas por cámaras públicas! ¡VIDEO 100% REAL!… Qué va… Clic en el siguiente, filipinos construyendo una fuente en mitad del bosque… Clic en el siguiente… Clic en el siguiente… Clic en el siguiente… La leche, ya son las seis. ¿Se puede saber qué cojones tenía que hacer? 

Haría falta un GPS de la necesidad; una correa eléctrica, como la de los chuchos rebeldes, que reubicase los objetivos primordiales de las personas frente a una pantalla con internet. ¿Acaso sirve de algo todo ese embrollo? Se acaba con el cerebro apelmazado de información, como si a una capa de bicarbonato le echasen medio litro de vinagre de manzana. Una emulsión tremenda que, poco a poco, se desvanece dejando sólo un angustioso olor a fracaso. El gas amarillo de información inútil que ilumina el cerebro se debate: o entender todo ese tiempo perdido como un valor positivo, o como una acumulación de escombros… modorra mal gestionada; ¡desconcentración satisfecha!

Si hubo alguna vez un Yo adolescente catapultado de orgullo por creerse instigador de una revuelta social al hacer el vago, paliando la productividad, pateando el consumismo y rebelándose contra el poder, a este debería caérsele la cara de vergüenza pasando las horas en aplicaciones que han transformado su lucha procrastinadora en una beneficiosa empresa de vigilancia y recopilación de datos. Encima, guardar bajo la carcasa del móvil las tareas para dedicar tiempo a una exhibición instagrameada de la vida se ve con mayor legitimidad cada vez. Una tendencia al alza, más a más cuando las generaciones de padres futuros serán tan parte de la enfermedad como sus vástagos.

Pero tampoco puede uno convertirse en un cretino del futuro y marcarse la de Ted Kaczynski, que en el anarco-primitivismo no hay tostadoras, por más que algunas tesis de El Manifiesto de Unabomber suenen coherentes. Más aún cuando Kaczynski da a entender que las metas vitales en la sociedad postindustrial son sustituidas por metas artificiales que impiden la satisfacción de los procesos orgánicos de poder. Lo cual, si avanzamos casilla hasta la sociedad digital… uhm… cágate lorito…

Una procrastinación estructurada, de metas hábiles, reconocida a sí misma en la tranquilidad del No-Hacer-Lo-Que-Debo-Hacer, por otro lado, No-Haciendo-Nada, es, a pesar de todo, posible. Y, predicando con el ejemplo, válgame Dios qué es lo primero que voy a hacer en cuanto este punto, que tanto he procrastinado en pulsar, quede grabado.

Sobre la firma

Galo Abrain

Periodista y escritor. Ha firmado columnas, artículos y reportajes para The Objective, El Confidencial, Cultura Inquieta, El Periódico de Aragón y otros medios. Provocador desde la no ficción. Irreverente cuándo es necesario.