Nietzsche, Temu, scroll infinito y ansiolíticos

El nihilismo no es, como suele repetirse con demasiada ligereza, la negación de todo valor. Es algo más hondo y más perturbador: la lenta erosión de aquello que, sin darnos cuenta, nos sostenía.

Hay filósofos que piensan su tiempo. Y hay otros que piensan el nuestro antes de que exista. Friedrich Nietzsche pertenece a esta segunda especie. No porque anticipara el iPhone, el satisfyer o las gafas de realidad aumentada, sino porque supo diagnosticar la lógica espiritual que habitaría estos dispositivos. Vio venir una forma de vida: el nihilismo.

El nihilismo no es, como suele repetirse con demasiada ligereza, la negación de todo valor. Es algo más hondo y más perturbador: la lenta erosión de aquello que, sin darnos cuenta, nos sostenía. No es que dejemos de creer; es que nuestras creencias se vacían por dentro. Lo que creemos deja de sostenernos. El mundo sigue en pie, pero sus cimientos se han vaciado, y el individuo permanece en equilibrio precario, como una estructura que se sostiene sin saber por qué no cae. Suspendido en una insoportable levedad, que no es liberación, sino vértigo.

De esa erosión silenciosa emerge la figura que Nietzsche temía: el último hombre. Alguien perfectamente adaptado a una sociedad enferma. Alguien que ha aprendido a vivir sin grandes preguntas, sin grandes riesgos, sin grandes intensidades. “Hemos inventado la felicidad”, dice, recostado en el sofá, mientras la pantalla ilumina un rostro que ya no busca nada. No hay en él tragedia, pero tampoco hay altura. Ha renunciado a la tensión de llegar a ser algo más para instalarse en la comodidad de simplemente estar bien. Ha confundido bienestar con plenitud.

Si Nietzsche mirara nuestro presente, probablemente vería a ese último hombre multiplicado y perfeccionado. Este sujeto se delata en sus hábitos, gestos mínimos, casi imperceptibles.

Pretende llenar su vacío existencial consumiendo. La compra impulsiva se convierte en un gesto automático: añadir al carrito, recibir el paquete, experimentar un placer inmediato… y volver a empezar El catálogo infinito de Temu promete un objeto barato que parece capaz de colmar una falta que, en realidad, ni siquiera sabe nombrar. Pero lo que se adquiere no es tanto el objeto como la sensación fugaz de estar lleno. No necesita lo que compra; necesita no sentirse vacío. No es una forma de vida: es una forma de distraerse de ella. El último hombre aplaza la vida como aplaza sus pagos en Paypal: como si siempre quedara un mañana disponible para empezar a vivir.

El scroll infinito es, quizá, la forma más visible de esta actitud. Ante el vacío o el tedio, el último hombre no se detiene: lo cubre. Desliza el dedo, una y otra vez, en una corriente inagotable de imágenes, vídeos e información que no exige ni atención ni compromiso. Todo pasa, nada permanece. El tiempo deja de ser algo que se habita y se convierte en algo que hay que llenar, como quien tapa una grieta que no quiere mirar. No importa el contenido; importa que no haya interrupción, que el flujo no se detenga, que el silencio no tenga ocasión de irrumpir. Porque es en ese silencio donde podría abrirse la pregunta que se evita: ¿qué estoy haciendo con mi vida?

No es solo una pérdida de tiempo. Es una forma de evitar el encuentro con uno mismo.

El scroll infinito funciona como una anestesia cotidiana. Mantiene al individuo ocupado, entretenido, distraído, pero también superficial, incapaz de sostener un proyecto a largo plazo. El último hombre prefiere una sucesión interminable de estímulos antes que el riesgo de pensar, crear o transformarse. Ha sustituido la intensidad por la continuidad, la profundidad por la inmediatez, la vida por su simulacro.

Donde este diagnóstico de Nietzsche se vuelve más incisivo es en la forma en que este individuo gestiona el malestar: como si fuera una enfermedad. No se pregunta por el sentido de su ansiedad o de su vacío, sino que los narcotiza con pastillas y terapias. Pero él dolor no es un problema que haya que suprimir, sino un síntoma que exige ser interpretado. La ansiedad, el vacío o la depresión son, en muchos casos, señales de que algo en la vida no está siendo afirmado. De que estamos adaptándonos a una forma de existencia empobrecida. De que hemos aprendido a sobrevivir, pero no a vivir.

Hemos transformado una cuestión existencial en un problema técnico. Ya no preguntamos: “¿qué me está diciendo este malestar?”. Preguntamos: “¿cómo dejo de sentirlo cuanto antes?”. Y en ese desplazamiento perdemos algo decisivo: la posibilidad de que el dolor sea una puerta y no solo un obstáculo.

El último hombre ya no es una advertencia. Es un retrato.