La pantalla es el nuevo logo

Durante décadas, exhibir tecnología fue una manera de anunciar que uno había subido de escalón. Hoy el privilegio se expresa al revés: en la capacidad de prescindir de ella. La misma lógica de clase que explicaba el bolso con monograma explica ahora quién puede permitirse apagar el móvil, y quién no.

«Nunca consumas tu propia mercancía».

— Primera regla, no escrita, de cualquier narcotraficante

Hace unos años se hizo viral una constatación incómoda: muchos de los ingenieros y directivos que diseñan las aplicaciones más adictivas del planeta crían a sus hijos lejos de ellas. Colegios Waldorf en Silicon Valley, niñeras con cláusulas contractuales que prohíben sacar el teléfono delante de los niños, adolescencias sin redes sociales.

La anécdota se contó muchas veces como hipocresía. A mí siempre me ha parecido otra cosa, algo más interesante y más inquietante: una señal de clase.

Durante veinte años de trabajo en Naciones Unidas viví en países muy distintos, con estructuras sociales muy distintas. Y hubo un patrón que se repetía con una regularidad casi sociológica, que no dependía tanto de la riqueza de cada sociedad como de su forma.

Allí donde las distancias sociales eran grandes y la posición inestable, quien había salido de una familia con pocos recursos y alcanzaba cierta holgura tendía a hacerse notar, igual que quien venía de una familia acomodada y estaba perdiendo su lugar: el reloj que se ve desde lejos, el logo que ocupa media prenda, el coche que no cabe en la calle. En sociedades más igualitarias, la tendencia se invertía. Quien tenía dinero procuraba que no se notara, con ropa sin marca aparente, coches discretos y casas cuya riqueza solo percibe quien sabe mirar.

Conviene decir esto con cuidado, porque es fácil convertirlo en un cliché con aroma a desprecio. No lo es. Tampoco se trata de ensalzar la supuesta elegancia del dinero antiguo. El llamado nuevo rico no es un personaje ridículo, sino alguien que responde, con bastante racionalidad, a una estructura que le obliga a demostrar lo que otros dan por supuesto. Lo mismo vale para el venido a menos, ese hidalgo de nuestro tiempo que se gastó lo que heredó y sigue cambiando de coche, reservando mesa y pagando el club a crédito, porque dejar de aparentar sería admitir que su familia ya no es lo que fue. Y la discreción de quien siempre ha tenido tampoco es una virtud: es simplemente el lujo de no tener nada que probar.

Señalar hacia arriba, señalar hacia dentro

Con el tiempo entendí que aquello no hablaba del carácter de nadie, sino del lugar que cada cual ocupa y del miedo a perderlo. Quien ha tenido que ganarse cada escalón sabe que su posición está bajo sospecha permanente: en la tienda, en el banco, en la mirada del vecino. El logo funciona entonces como un documento de identidad. Los economistas Charles, Hurst y Roussanov lo mostraron con datos: el gasto visible aumenta en aquellos grupos a los que la sociedad presupone pobres. Cuando tu entorno te lee por defecto como alguien de menos, la ostentación deja de ser vanidad y se convierte en defensa.

Lo que más me hizo pensar es que la intensidad de esa necesidad no dependía de lo rico que fuera un país, sino de lo lejos que estaban unos de otros dentro de él. En los territorios más desiguales se buscan más joyas, relojes y marcas de lujo, sea cual sea su renta media. Enseñar es una respuesta lógica cuando la posición está en disputa. Deja de hacer falta cuando nadie la cuestiona. Por eso quienes ya no tienen nada que demostrar han aprendido a gastar, como describe la socióloga Elizabeth Currid-Halkett, en lo que no se ve pero se nota: educación, salud, alimentación, tiempo, silencio.

Del iPhone como trofeo al móvil como síntoma

La tecnología ha recorrido ese mismo camino en apenas dos décadas. Hubo un tiempo en que el primer smartphone, el portátil de aluminio o la tableta eran marcadores de ascenso, y enseñarlos era una forma legítima de decir que uno había llegado. La llamada brecha digital se definía entonces como la distancia entre quien tenía un dispositivo conectado y quien no. Las políticas públicas, con razón, se volcaron en cerrarla.

Pero cuando algo se vuelve universal, deja de distinguir. Y en el momento en que la pantalla está en todos los bolsillos, el signo de clase migra a su reverso: ya no importa quién tiene pantalla, sino quién puede permitirse no mirarla.

Todos hemos escuchado a alguien decir, con cierta satisfacción moral, que él no usa redes sociales, que apenas mira el móvil, que el WhatsApp se lo lleva otra persona. Se presenta como virtud personal y, muchas veces, es solo la descripción de un privilegio. Se parece mucho a quien presume de no necesitar conducir. Claro que no lo necesita: tiene chófer. Quien puede desconectarse suele tener a alguien que responde por él, una estructura que monetiza su presencia digital sin que tenga que estar en ella, o un trabajo en el que su ausencia se interpreta como importancia y no como negligencia. Para el repartidor, el autónomo o la administrativa que vive pendiente de un mensaje del jefe, la desconexión no es una elección ética. Es un riesgo.

El descanso de quien no tiene otro descanso

Hay además una razón más íntima por la que la pantalla se concentra en las clases con menos recursos. Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir mostraron que vivir con poco consume ancho de banda mental. Después de una jornada larga, precaria y agotadora, el scroll infinito no es un vicio: es el ocio más barato y menos exigente que existe, una desconexión de la propia realidad más que de la tecnología. Juzgarlo desde la atalaya de quien tiene un fin de semana en la sierra y una biblioteca en casa es, además de injusto, intelectualmente perezoso.

Los niños, donde la brecha se hereda

Donde este fenómeno se vuelve preocupante de verdad es en la infancia. Los datos de Common Sense Media en Estados Unidos han mostrado de forma reiterada que los adolescentes de hogares con menos ingresos pasan en torno a dos horas diarias más frente a pantallas de entretenimiento que los de hogares acomodados. No porque sus padres quieran menos a sus hijos, sino porque la pantalla es la canguro más asequible del mercado.

Quien le da el móvil a su hijo durante la tarde entera casi nunca es una madre o un padre indiferente. Suele ser alguien que trabaja a turnos, que no puede teletrabajar, que no tiene un parque cerca ni una extraescolar pagada, y que a veces no ha tenido a nadie que le explique lo que ese estímulo continuo hace a un cerebro en desarrollo. Frente a una tarde de Reels o de partidas en línea con amigos, la alternativa real no es un taller de cerámica: es un piso pequeño y un niño aburrido.

Conviene decirlo claro, porque este debate suele acabar convertido en un juicio contra las familias, y casi siempre contra las madres. Son ellas quienes, en la mayoría de los hogares, siguen cargando con el grueso de los cuidados. Y son ellas quienes reciben la mirada reprobatoria cuando el niño aparece con una tableta en el restaurante. Pero una madre que llega a casa después de una jornada interminable, con la cena por hacer y los deberes por revisar, no está fallando a su hijo cuando le deja el móvil media hora. Está sosteniendo lo que puede. El agotamiento no es un defecto de carácter. Es el resultado de horarios imposibles, de salarios que obligan a encadenar trabajos y de una conciliación que existe más en los discursos que en la vida real. Culparlas es la forma más cómoda de no mirar el problema: si la pantalla se ha convertido en la canguro de tantos hogares, no es porque falte cariño, sino porque falta tiempo. Y el tiempo, como todo lo demás, también se reparte según la clase.

Mientras tanto, las familias con más capital económico y cultural son las que más presionan para retirar dispositivos de las aulas: tienen más información, más tiempo y más capacidad de ser escuchadas. En los distritos con menos recursos, en cambio, se sigue vendiendo la tecnología educativa como herramienta para cerrar brechas y optimizar presupuestos. La paradoja es cruel: la política pública que durante años persiguió dar pantallas a los pobres puede estar consolidando la próxima desigualdad.

El último informe PISA, publicado este mes, ofrece una pista interesante. Los alumnos españoles han empeorado en lectura, matemáticas y ciencias, y la OCDE confirma lo que muchos docentes ya intuían: cuanto más tiempo pasan los adolescentes frente a pantallas por diversión, peor leen. Pero España sigue siendo uno de los países donde el origen socioeconómico pesa menos en los resultados. Y el 86% de sus alumnos estudia ya en centros que prohíben el móvil, frente a menos de la mitad en la media de la OCDE. La escuela, cuando decide, iguala. El problema es que la jornada escolar termina a media tarde, y a partir de ahí cada niño vuelve a la pantalla que su casa puede, o no puede, apagar.

Porque lo que más predice el rendimiento escolar no es el software, sino algo mucho más antiguo: la conversación. Los niños que hablan en casa sobre lo que han vivido en clase aprenden más y con mejor actitud. Y la conversación requiere lo único que la pantalla no ofrece y la precariedad raciona: tiempo compartido.

Y lo que viene será todavía más fino. La próxima brecha no separará a quien tiene pantalla de quien no la tiene, sino a quien recibe atención humana de quien recibe atención artificial. Lo advierte la cirujana pediátrica Dana Suskind, de la Universidad de Chicago, en su último libro, Human Raised: si no se exige lo mismo a todas las escuelas, la educación centrada en el ser humano acabará siendo un privilegio en lugar de un derecho. Los hijos de las familias acomodadas tendrán profesores con tiempo, tutores particulares y conversación en la mesa; a los demás se les ofrecerá un asistente de inteligencia artificial disponible las veinticuatro horas, presentado como la democratización del conocimiento. Puede ser una herramienta útil, pero no conviene confundir el acceso a una máquina que responde con el acceso a alguien que escucha. Cuando la atención humana se vuelve escasa, se vuelve cara, y lo caro acaba siendo, otra vez, cosa de pocos.

El nuevo lujo es invisible

Si Thorstein Veblen, que hace más de un siglo acuñó la idea de consumo ostentoso, escribiera hoy, probablemente no hablaría de joyas ni de carruajes, sino de atención. El recurso escaso de nuestra época no es el dispositivo, sino la capacidad de sustraerse a él. Y como todo recurso escaso, se distribuye de forma desigual y se transmite de padres a hijos.

El verdadero lujo ya no se lleva en la muñeca ni en la solapa. Consiste en poder decir no a la notificación, en tener a alguien, o algo, que la atienda por ti, y en poder regalarle a tu hijo una tarde sin algoritmos. Es un lujo silencioso, como el de quien no enseña su dinero: no necesita logo porque quien lo tiene no necesita demostrarlo.

El mercado, por supuesto, ya se ha dado cuenta. La desconexión se ha convertido en producto: retiros de digital detox a precio de hotel de cinco estrellas, teléfonos minimalistas de diseño que cuestan lo mismo que un smartphone, colegios privados que se anuncian con orgullo como libres de pantallas. Las mismas economías que fabrican la dependencia venden ahora el antídoto, y lo venden, cómo no, a quien puede pagarlo. A unos se les ofrece la cura con envoltorio de lujo; a otros, la enfermedad gratis, pagada con sus datos y su atención.

Por eso la respuesta no puede recaer sobre las familias. Si quienes diseñan estas tecnologías saben lo suficiente como para proteger a sus hijos de ellas, saben también lo suficiente como para hacerlas menos dañinas. El scroll infinito, la reproducción automática o las notificaciones pensadas para no soltar a nadie no son accidentes técnicos: son decisiones de diseño, y como tales pueden corregirse. Corresponde a las empresas asumir esa responsabilidad y a los poderes públicos exigírsela, igual que en su día se exigió a la industria del tabaco o del alcohol que dejara de dirigirse a los menores. Limitar no es demonizar la tecnología. Es impedir que el coste de su diseño lo paguen siempre los mismos: los hogares que no tienen a nadie que apague la pantalla por ellos.

La pregunta política no es si debemos usar menos pantallas. Es quién podrá permitírselo. Y si no queremos que la desconexión se convierta en el próximo marcador de clase, tendremos que entender que no se trata de una virtud individual, sino de un bien común que hay que proteger con tiempo, espacios públicos, escuelas y derechos laborales. De lo contrario, seguiremos aplicando la regla del narco a escala social: unos fabrican la mercancía y otros la consumen.