La paciencia cognitiva: una competencia clave en la era de la IA

vivimos en una era de aceleración sin precedentes donde la velocidad, la eficiencia y productividad se han convertido en paradigmas. En este contexto, emerge con urgencia un concepto que es fundamental para la educación, el trabajo y la salud mental: la paciencia cognitiva

Sabemos que vivimos en una era de aceleración sin precedentes donde la velocidad, la eficiencia y productividad se han convertido en paradigmas. En este contexto, emerge con urgencia un concepto que es fundamental para la educación, el trabajo y la salud mental: la paciencia cognitiva. Maryanne Wolf, neurocientífica cognitiva, la comenzó a vincular en 2018 con la lectura profunda. Hoy la entiendo como la capacidad y la voluntad de reservar tiempo de calidad para pensar de forma autónoma, con atención sostenida y sin recurrir a herramientas digitales o de inteligencia artificial.

Llevo años impartiendo un curso de comunicación y oratoria en la universidad. Cada año pido a mis estudiantes que preparen un discurso sobre un problema real y una propuesta de solución. Este ejercicio, además de desarrollar sus competencias comunicativas, me ofrece una ventana privilegiada hacia sus preocupaciones generacionales.

Hace ocho o nueve años, los temas dominantes eran el reciclaje, la contaminación y la sostenibilidad ambiental. Hace cuatro o cinco años, el protagonismo lo tomó la salud mental, en un contexto marcado por la pandemia y la soledad estructural de la vida universitaria. Pero hace dos o tres años algo llamó poderosamente mi atención: casi la mitad de los discursos giraban en torno a su dificultad para mantener la atención y su adicción a las redes sociales y a los dispositivos móviles.

A estas alturas, pocos se extrañan ya. Según el Pew Research Center, alrededor del 48% de los jóvenes afirma que las redes sociales tienen un impacto mayoritariamente negativo en las personas de su edad. En paralelo, se ha visto un alza en los casos de ansiedad y menor capacidad de atención sostenida a causa de las redes sociales y la IA. Ya en 2018, un  estudio demostraba que el 54% de los Millennials y la generación Z decían que no estaban rindiendo como debieran y no podían desarrollar su potencial. Estoy seguro de que esa cifra ha empeorado.  La investigadora Gloria Mark, de la Universidad de California, ha documentado con precisión cómo el tiempo medio de atención sostenida en una tarea ha caído de 150 segundos en 2004 a apenas 40 segundos en mediciones recientes. Esta erosión no es trivial: afecta directamente a la calidad del aprendizaje, deteriora las relaciones interpersonales, compromete la salud mental y tiene implicaciones incluso en el funcionamiento de nuestras democracias, que dependen de ciudadanos capaces de leer, deliberar y sostener argumentos complejos. En 2025, el 42% de los jóvenes europeos entre 16 y 30 años identificaba las redes sociales como su principal fuente de información sobre asuntos políticos y sociales.  Pero la pérdida de atención no es un problema individual de autodisciplina; es un fenómeno estructural alimentado por entornos tecnológicos diseñados expresamente para capturar y fragmentar nuestra concentración. De todo ello, hablaba en detalle hace dos años en un ensayo que titulé “Estar o no estar” publicado por el IE Center for the Governance of Change. 

Pero este año, los discursos de mis estudiantes han evolucionado. Junto a la preocupación por la atención, han emergido con fuerza dos nuevos problemas para ellos. El primero, la dependencia de la inteligencia artificial generativa para la mayoría de cosas que hacen en su día a día; y en segundo lugar,  la presión por ser eficiente y rápido, y mostrar resultados de forma inmediata, relegando a un segundo plano el proceso de aprendizaje. A pesar de los beneficios de estas herramientas de IA generativa, los jóvenes perciben más riesgos: una media del 68% de la juventud les inquieta más la idea de depender en exceso de estas herramientas en su día a día. Mis estudiantes no solo perciben este fenómeno: lo sufren.

Creo que los testimonios que escuché no son intuiciones aisladas.  Lo que observo ahora en mis aulas añade una capa adicional a este fenómeno. La inteligencia artificial generativa ofrece una tentación poderosa: el resultado sin el proceso. Cada vez con mayor frecuencia, los estudiantes, y también muchos profesionales, tienden a externalizar el pensamiento antes de haberlo ejercido. Se le pide a la IA que estructure, que argumente, que sintetice, antes de haberse formulado siquiera una hipótesis propia.

Este comportamiento es lo que la profesora Barbara Oakley define como delegación cognitiva”(cognitive offloading), la tendencia a delegar procesos mentales o cognitivos en herramientas externas. Si bien esta práctica puede ser eficiente en muchas situaciones, esto ha venido a generar una externalización masiva del esfuerzo cognitivo. El sociólogo Michael Gerlich, publicó un estudio que demostraba que existe una correlación negativa entre el uso constante de herramientas de IA y las habilidades de pensamiento crítico, afectado principalmente por la dependencia creciente a externalizar procesos cognitivos. Este nuevo problema se asemeja al “Efecto Google” o “Amnesia Digital”: en lugar de retener la información, recordamos únicamente dónde encontrarla. El problema, entonces, no es la herramienta; el problema es la secuencia. Cuando el resultado precede al pensamiento, la cognición queda atrofiada.

Aquí es donde la paciencia cognitiva se vuelve una competencia crítica. En los discursos de mis estudiantes, ellos la reclamaban, pero creo que también aplica a muchos contextos profesionales. Propongo incorporar un pequeño pero significativo protocolo: antes de abrir cualquier herramienta de IA, dedicar un intervalo breve —mejor con papel y bolígrafo— a definir el objetivo, esbozar una estructura de pensamiento y formular la propia posición. Este gesto aparentemente sencillo cambia radicalmente la calidad de la interacción posterior con la tecnología, evitando caer en una forma de pereza cognitiva, e incentivando la evaluación crítica del propio pensamiento.  No se trata de eficiencia; se trata de agencia cognitiva. Se trata más bien de dejar de ser receptores pasivos de respuestas para convertirnos en agentes que formulan, evalúan y refinan ideas.

La neurociencia respalda esta propuesta con solidez. El cerebro no está diseñado para operar en un estado de estimulación continua, necesita períodos de desconexión para consolidar el aprendizaje, procesar emociones y generar pensamiento creativo. Diversos estudios han demostrado que la memoria y los procesos creativos se fortalecen precisamente en momentos de pausa, cuando el cerebro se reorganiza y fija la información. Estos periodos de desconexión digital también ayudan a fortalecer la Red Neuronal por Defecto, fomentando la introspección y ayudando al cerebro a la resolución de problemas y la sostenibilidad de la salud mental a largo plazo. Muchas organizaciones de la sociedad civil están impulsando el Movimiento Off que persigue precisamente esto.

Por el contrario, la exposición prolongada e ininterrumpida a pantallas y estímulos digitales está asociada a mayores niveles de ansiedad y depresión, peor calidad del sueño, sedentarismo y reducción del rendimiento académico. Esto viene a conocerse como “la paradoja de las redes sociales.” Según un estudio publicado por el “American Journal of Preventive medicine” en 2017, el 25% de las personas más activas en redes sociales tenían tres veces más probabilidades de ser parte del 25% de personas que se encontraban más solas, aumentando el riesgo de sufrir de depresión y ansiedad. De igual manera, el 45% de la juventud señala que las redes sociales afectan negativamente a la cantidad de sueño. Esta hiperestimulación constante interfiere en la capacidad de concentración sostenida y atención.

Los intervalos sin tecnología, por tanto, no son un lujo ni una nostalgia; son una condición fisiológica para el funcionamiento cognitivo óptimo.

Conviene por tanto replantearnos cómo usamos la IA generativa: no como una barra libre de respuestas inmediatas. Pensar primero, estructurar un prompt después, con un alcance deliberadamente acotado. La calidad del pensamiento que precede al prompt determina la calidad del resultado. En este sentido, la inteligencia artificial tiene la capacidad de potenciar o atrofiar nuestras habilidades cognitivas. La IA amplifica lo que llevamos dentro. si llegamos con ideas propias, las desarrolla; si llegamos vacíos, amplifica el vacío.

La paciencia cognitiva debe institucionalizarse en nuestros espacios de aprendizaje y de trabajo. Quizás incluso debemos empezar a hablar de justicia cognitiva: el derecho de estudiantes y profesionales a disfrutar de períodos de concentración ininterrumpida y trabajo profundo. En universidades y empresas se habla mucho de innovación, creatividad y productividad, pero raramente de las condiciones cognitivas que las hacen posibles. Proteger el tiempo de pensar no es una medida retrógrada ni un gesto de resistencia al progreso. Para poder seguir innovando, debemos proteger las capacidades cognitivas que lo hacen posible.

Borja Santos Porras es Decano Asociado IE School of Politics, Economics and Global Affairs.