La otra burbuja tecnológica: ¿cuánto vale el software cuando cualquiera puede crearlo?

Claude Cowork no es otro chatbot al que hacerle preguntas. Es un sistema de IA que actúa, que hace cosas. Entre ellas escribe código, desarrolla programas o crea agentes comlejos, una capacidad que cuestiona el modelo de negocio de toda la industrria del software

2026. Y de repente, el mercado se pregunta: ¿Qué sucede con la industria del software cuando cualquiera puede crearlo?

En enero de 2026, Wall Street pulsó el botón del pánico y, en un solo día, se evaporaron 285.000 millones de dólares. El Nasdaq 100 llegó a caer un 2,4%. Una vez más, el sector tecnológico entraba en caída libre. Pero esta vez el golpe no iba dirigido a la infraestructura, como había ocurrido el año anterior con DeepSeek. Esta vez apuntaba directamente al software.

Un índice compuesto por empresas de software de Goldman Sachs se desplomó un 6%, su peor jornada desde el «día de la liberación» de Trump. Pero el software no fue el único golpeado.

A principios de febrero, proveedores de datos de mercado como Experian o Wolters Kluwer, junto a empresas de servicios de outsourcing como Infosys o Tata, veían también sus cotizaciones desplomarse.

El detonante estaba claro: a comienzos de enero, Anthropic había lanzado Claude Cowork junto a una serie de complementos especializados. Entre ellos, una herramienta legal capaz de automatizar la revisión de contratos y la redacción de informes jurídicos. Los inversores leyeron el anuncio y empezaron a vender. Ponerse en la trayectoria directa de los grandes modelos de IA era una decisión muy arriesgada.

Claude Cowork no es otro chatbot al que hacerle preguntas. Es un sistema de IA que actúa, que cambia cosas. No se limita a sugerir: ejecuta. Cualquier persona sin conocimiento técnico puede usarlo para automatizar tareas cotidianas: gestión documental, análisis de datos o procesos administrativos. La herramienta lee archivos, ordena carpetas, redacta textos, procesa gastos y cruza información entre PDFs y hojas de cálculo. Todo a través de instrucciones, ya sea escritas o habladas, en lenguaje natural.

Hace solo unos meses, estas solicitudes tendrían por respuesta frases del tipo «habría que instalar esto» o «primero hay que configurar aquello». Ahora este agente de IA lo hace directamente. No hay que aprender comandos ni buscar instrucciones: simplemente funciona.

Visto con perspectiva, la evolución tecnológica que nos ha llevado aquí ha sido secuencial pero vertiginosa. Copilot fue el primer paso: autocompletaba código, pero solo predecía la siguiente línea. ChatGPT cambió el enfoque. Permitió conversar sobre el código y recibir explicaciones. Cursor fue más allá: metió el asistente en la misma pantalla en la que se veía el código, sin necesidad de saltar de un sitio a otro. Claude Code ha dado el siguiente paso: la IA ya no solo sugiere, sino que puede leer, escribir, ejecutar y actuar dentro del ordenador del usuario.

El resultado de cada uno de estos pasos va más allá de una mejora de productividad. Cambia la función del desarrollador, que deja de escribir línea a línea y pasa a orquestar. Es decir, coordina agentes, define criterios de calidad y revisa resultados. Lo transformador es que ahora no hace falta ser un experto.

Anthropic ha llevado a cabo una simplificación radical. A diferencia de muchas empresas de IA, controla la tecnología desde dentro. No usa herramientas de otros, sino que construye todo de principio a fin. Eso le permite lanzar herramientas completas, como las legales, sin intermediarios.