A veces un incendio cambia de naturaleza. La primera vez que lo vimos sucedió lejos de España. La noche del 25 al 26 de enero de 2017, un incendio en Chile quemó 114.000 hectáreas en unas horas. Ocho mil hectáreas por hora. Un equipo europeo desplazado para ayudar al gobierno chileno no lograba explicarse lo que veía: nada en los modelos que usaban hasta entonces predecía un fuego así. Meses después, en Portugal, un incendio con el mismo comportamiento mató a 64 civiles. Al año siguiente, en Grecia, exactamente el doble.
Marc Castellnou, el ingeniero forestal que dirige el grupo catalán de estrategia contra grandes incendios, estaba en ese equipo europeo. Fue él quien le puso nombre, en la rueda de prensa que dieron en Chile, a lo que acababan de presenciar: incendios de sexta generación.
Castellnou no inventó un nombre. Describió un mecanismo. Durante generaciones, un incendio forestal fue, sobre todo, un problema de combustión: cuánta vegetación había y a qué velocidad ardía. El abandono rural en España, desde los años noventa, dejó que los campos de cultivo, que antes cortaban el fuego como franjas naturales, se unieran en una sola masa forestal continua. El cambio no ha necesitado siglos. Castellnou lo ha visto a lo largo de su propia carrera: cuando entró en el cuerpo de bomberos, la masa forestal cubría un tercio de la península Ibérica. Hoy cubre el 70 %. El fuego, sin nada que lo frene, avanza más rápido.
A esa masa continua se suma el clima. El calor y la sequía resecan el combustible durante más meses cada año, y lo que está más seco arde con una violencia que antes no alcanzaba.
Cuando las urbanizaciones se mezclaron con esa masa forestal, el problema cambió otra vez: ya no se apagaba el fuego para salvar el monte, se apagaba para salvar a la gente que vivía dentro de él.
En 2017 pasó algo distinto, no solo algo más grande. Un incendio de sexta generación ya no obedece solo a la combustión. El fuego genera una columna de humo y calor tan potente que crea su propia tormenta: cambia el viento, altera la humedad, se alimenta de sí mismo. Dicho de otro modo, dejó de ser un problema exclusivamente forestal para convertirse también en un problema atmosférico.
Por eso los modelos matemáticos que llevaban décadas prediciendo cómo avanza un fuego, basados en combustible, pendiente y viento, empezaron a fallar. No incorporaban una variable que hasta entonces apenas importaba: que el incendio había empezado a crear su propio tiempo. Los modelos no estaban mal hechos. Describían bien un fuego que ya no era el que tenían delante.
Esto ya no es vocabulario de un especialista. Inazio Martínez de Arano, director de la oficina mediterránea del Instituto Forestal Europeo, lo resume así: no son extinguibles, no se pueden apagar hasta que cambian las condiciones meteorológicas. Eso puede tardar días. A veces, semanas.
El término no tiene una definición técnica única y cerrada. Ni siquiera hay acuerdo entre expertos sobre dónde trazar la línea. “Megaincendio” y “sexta generación” no son sinónimos, aunque se usan como tales, y definir un incendio solo por su tamaño no basta para explicar qué lo hace distinto. Lo señala Mariona Borràs, ingeniera de montes de la Fundació Pau Costa. La comunidad científica todavía no se pone de acuerdo en cuándo un fuego cruza esa línea.
Pero el mecanismo que describe el término está documentado, y es el que ha cambiado. Que no se pueda apagar tampoco significa que dejar de intentarlo sea la respuesta. Significa que, en esas condiciones concretas, la capacidad de extinción queda superada.
España lleva quemadas más de 50.000 hectáreas entre enero y julio de 2026, según el sistema europeo de información de incendios forestales. Y a principios de julio de ese mismo año llegó la tragedia de Almería. Un incendio cuyo origen sigue investigando la Guardia Civil, con la caída de un cable eléctrico como principal hipótesis, arrasó 6.600 hectáreas en Los Gallardos y se cobró vidas antes de quedar controlado. El viento le dio una velocidad extraordinaria en un terreno de barrancos donde la maquinaria apenas podía entrar. No hizo falta que fabricara su propia tormenta para que la extinción quedara superada.
La respuesta instintiva a un problema así es pedir más medios. Y en parte es cierta: Andalucía ha multiplicado por seis su inversión en prevención de incendios desde 2018, hasta los 211 millones de euros entre 2024 y 2025.
Pero hay algo que parece de sentido común y no lo es del todo. Apagar cada incendio pequeño en cuanto empieza parece lo correcto, y a corto plazo lo es. La vegetación que no llega a quemarse, sin embargo, no desaparece. Se acumula, año tras año, incendio tras incendio evitado. Cuando por fin uno se escapa, no encuentra un bosque cualquiera: encuentra todo lo que los años de éxito anterior nunca llegaron a quemar. Cuanto mejor funciona la extinción, más combustible se va guardando para el día en que falle. Lo explica así Eduardo Rojas Briales, decano del Colegio de Ingenieros de Montes.
Más medios de extinción, si no van acompañados de gestión del combustible, llegado un punto no reducen el riesgo. Solo cambian dónde y cuándo aparece: menos incendios, pero cada vez más grandes. Son los megaincendios.
La pregunta ya no es cómo vencerlo, sino cómo contenerlo y acompañarlo mejor.
Por eso la respuesta que se está probando no es solo “más”, es distinta: el fuego se combate cada vez más con datos, no solo con mangueras. Empieza antes de que haya incendio: sensórica térmica desplegada en perímetros de riesgo cruza datos de temperatura y de gases para detectar un fuego en sus primeros minutos, cuando todavía es un conato y no un incendio con todas las letras. En Chile, un equipo universitario ha ido más allá de detectar. Ha construido un gemelo digital: una réplica virtual del territorio, entrenada con 150.000 incendios históricos, que se actualiza sola y predice dónde es más probable que empiece el próximo. El hallazgo no era el esperado. Los incendios rara vez arrancan cerca de un parque de bomberos. Arrancan lejos. Saberlo cambia dónde se colocan los medios, antes de que haga falta. Algunos operativos atacan directamente el problema de la acumulación: combaten el fuego con fuego. Unidades especializadas queman el monte de forma controlada antes de que llegue el verano, quitándole al futuro incendio grande el combustible que llevaba años esperándolo. Es la misma técnica ancestral que Castellnou y su equipo llevan décadas perfeccionando, ahora convertida en unidad oficial.
Cuando el incendio ya está activo, se prueban otras cosas. Drones terrestres que se abren paso entre las llamas y alcanzan lo que ningún bombero puede. Y sensórica que mide en tiempo real cuánto monóxido de carbono y dióxido de nitrógeno inhala cada bombero, junto a sus propias constantes vitales, frecuencia cardíaca y saturación de oxígeno, cruzada con inteligencia artificial que predice su exposición en los minutos siguientes y dispara una alerta automática en cuanto cruza un umbral peligroso. La idea es saber dónde está cada bombero. Y cuándo sacarlo. Aplicado a las urbanizaciones cercanas, ese mismo tipo de dato busca ayudar a decidir cuándo evacuar y cuándo confinar a los vecinos: la misma pregunta que cambió el propósito de apagar un incendio, planteada ahora con datos en vez de con intuición.
Nada de esto sirve si los datos no llegan a ningún sitio. Ese es el problema que ninguna sensórica resuelve por sí sola. Los bosques donde ocurren estos incendios casi nunca han tenido cobertura móvil densa: la inversión en redes sigue a la población, y aquí apenas la hay. Y donde sí hay cobertura, la infraestructura fija falla justo cuando más se necesita, en el propio incendio. Lo que se está probando es infraestructura portátil: antenas montadas en vehículos que se desplazan hasta el lugar exacto del fuego y combinan cobertura móvil dedicada con enlace satelital, para que los datos sigan llegando cuando todo lo demás deja de funcionar. El objetivo es que, desde que el vehículo se sitúa hasta que el primer bombero tiene conectividad completa, pasen minutos y no horas. En un incendio que se mueve tan rápido, el despliegue tiene que ser igual de veloz.
Los modelos siguen llegando tarde a lo mismo: un fuego que avanza más rápido de lo que pueden predecir. Lo vieron en Chile en 2017. Lo vuelven a ver en Almería en 2026.
La tecnología corre para acortar esa distancia: más sensórica, más redes que no dependen de una sola infraestructura, y modelos que empiezan a calcular el fuego en tres dimensiones, no en dos, incorporando lo que pasa en el aire y no solo en el suelo. La NASA ya tiene un gemelo digital propio para simular incendios en tiempo real, con ese mismo objetivo. La pregunta que queda abierta es si avanza lo bastante rápido. Todavía no lo sabemos.