En mis clases de Relaciones Internacionales siempre llega un momento incómodo. Una explica el equilibrio de poder, la interdependencia, la disuasión, el papel de las instituciones y la rivalidad entre grandes potencias; intenta transmitir que el sistema internacional puede ser injusto, violento y profundamente desigual, pero también inteligible. Y entonces alguien pregunta cuál es el orden que manda ahora, qué lógica organiza todo esto, y la respuesta más honesta ya no se parece a ninguna de las teorías con las que intentamos leer el sistema internacional.
No es que falten conceptos: es que los hechos se dedican a humillarlos. El tablero sigue ahí, sí, pero cambia de forma a mitad de partida. Lo que ayer era una alianza hoy es una amenaza; lo que ayer era dependencia gestionable hoy es vulnerabilidad estratégica; lo que ayer era una provocación retórica hoy amanece convertido en operación militar con nombre de videojuego. Eso es lo más difícil de enseñar ahora mismo: no que el mundo sea complejo, sino que se ha vuelto (demasiado) caprichoso.
Los hedgers y el arte de no casarse con nadie
Zaki Laïdi e Yves Tiberghien proponen una categoría muy útil para leer este momento: los hedgers. Es decir, Estados que intentan afirmarse sin correr demasiado riesgo, participar sin elegir del todo, ganar influencia sin ponerse completamente al servicio de Washington o de Pekín. Su lista incluye a India, Indonesia, Vietnam, Emiratos Árabes Unidos, Brasil, Arabia Saudí, Sudáfrica y Qatar. Su tesis es clara: no vivimos exactamente en un mundo bipolar ni en uno plenamente multipolar, sino en un sistema híbrido donde una competencia estructurante entre Estados Unidos y China convive con espacios de maniobra abiertos por potencias medias del Sur Global.
Laïdi y Tiberghien sostienen que estos países han ido construyendo margen de maniobra con comercio, finanzas, liderazgo regional, presencia en foros globales y capacidades militares. No son actores revolucionarios. No buscan derribar el sistema. Buscan algo bastante más modesto y bastante más inteligente: no quedarse debajo cuando los gigantes vuelvan a chocarse. Arabia Saudí, por ejemplo, ha reducido drásticamente su dependencia exportadora de Estados Unidos: del 24% de sus exportaciones en 1990 al 4% en 2024, mientras China se convertía en socio central para muchos de estos actores.
El concepto es bueno no solo porque describe una estrategia diplomática, sino porque retrata una época. Los hedgers son la versión estatal de algo que hoy nos atraviesa a todos: la imposibilidad de depender demasiado de una sola estructura, de una sola promesa, de una sola certidumbre. Los Estados diversifican alianzas. Las empresas diversifican proveedores. Los hogares diversifican ingresos. Los trabajadores diversifican identidades. La época entera se ha vuelto una pedagogía de la cobertura.
A veces se habla de incertidumbre como si fuera una emoción un poco melodramática, una exageración psicológica, una niebla generacional. No lo es. Tiene indicadores. Tiene informes. Tiene organismos internacionales diciendo, con el lenguaje gris que les caracteriza, que esto se está poniendo feo. Muy feo. El Banco Mundial proyectó en enero que la economía global crecerá un 2,6% en 2026 y advirtió de que, si estas previsiones se cumplen, la década de 2020 va camino de ser la más débil para el crecimiento mundial desde los años sesenta. Añadía además un dato demoledor: a finales de 2025, aproximadamente una de cada cuatro economías en desarrollo seguía con renta per cápita por debajo de los niveles de 2019.
El FMI va en la misma dirección: su World Uncertainty Index se había duplicado desde enero de 2025 y la incertidumbre global había alcanzado un nivel “excepcionalmente alto”, con pocas razones para pensar que vaya a disiparse pronto. Lo importante no es descubrir que existe incertidumbre; con eso siempre hemos convivido. Lo importante es asumir que el temblor ha dejado de ser episódico para convertirse en una condición estructural del sistema.
En Europa tampoco sobran precisamente los motivos para la tranquilidad. El BCE rebajó en marzo su previsión de crecimiento para la eurozona al 0,9% en 2026 y elevó la inflación esperada al 2,6%, vinculando esa revisión, en buena medida, a los efectos globales de la guerra sobre materias primas, renta real y confianza. Y luego está la dimensión humana, que desaparece demasiado a menudo cuando hablamos de estrategia como si fuera un ajedrez sin cadáveres. ACNUR estimaba que, a finales de junio de 2025, había 117,3 millones de personas desplazadas por la fuerza en el mundo.
No es solo una cifra enorme. Es una cifra obscena. Es una cifra que debería impedirnos usar la palabra “volatilidad” con demasiada ligereza.Pero el dato global se vuelve todavía más elocuente cuando se mira de cerca. ACNUR advierte de que la escalada en Asia y Oriente Próximo estaba golpeando a países que ya acogían 24,3 millones de personas desplazadas por la fuerza. Es decir: la nueva crisis no irrumpe en un terreno vacío, sino sobre sociedades, fronteras y sistemas humanitarios que ya estaban al límite. Entre el 2 y el 27 de marzo, más de 200.000 personas cruzaron a Siria a través de los pasos oficiales, y en Turquía el 55% de las personas iraníes llegadas entrevistadas por ACNUR eran familias. No estamos viendo una emergencia aislada, sino emergencias que se apilan unas sobre otras, como si el mundo hubiese perdido ya cualquier pretensión de pausa.
De la geopolítica a la cotidianidad
Por eso la idea de los hedgers me parece tan fértil. Porque habla de potencias medias, sí, pero también de nosotros. Nosotros también hacemos hedging: frente al alquiler, frente al salario insuficiente, frente al algoritmo, frente al próximo giro de mercado, frente al siguiente idiota con arsenal. Hemos aprendido a no fiarlo todo a una sola estabilidad porque intuimos que cualquier estabilidad puede evaporarse en cuestión de semanas.
La vida contemporánea se parece cada vez menos a una trayectoria y cada vez más a una gestión de riesgos. Ulrich Beck describió esta mutación como la entrada en una sociedad del riesgo: un mundo en el que el progreso ya no solo reparte beneficios, sino también amenazas. Viéndolo hoy, cuesta no pensar que aquella idea se ha quedado incluso corta. Ya no proyectamos. Contingenciamos. Ya no pensamos el futuro como promesa de mejora, sino como repertorio de amenazas plausibles. Una guerra regional dispara el precio de la energía e inflación. Un arancel decidido por un presidente con complejo de emperador trastoca el comercio, inversión y empleo. Una plataforma puede alterar el ecosistema informativo de millones de personas con un minúsculo cambio de diseño. Todo está conectado, sí, pero cada vez de una forma menos coherente y mucho más histérica.
La incertidumbre extrema se ha cronificado dentro del sistema. El sobresalto no es ya la excepción, sino el entorno: el sistema operativo de nuestra época. Y conviene añadir algo más, porque aquí no solo hay complejidad estructural o riesgos difusos. Hay también una concentración obscena de capacidad de daño. Buena parte del destino colectivo depende hoy del capricho, los intereses o el narcisismo de un puñado de hombres con poder desmesurado. El sobresalto no cae del cielo: también tiene autores.
Capricho de ricos, desgracia de todos
Vivir en un mundo donde una parte obscena del destino colectivo depende del capricho de una élite de multimillonarios que ha conseguido convertir su riqueza en capacidad de mando resulta, además de peligroso, intelectualmente insultante. Trump no es el único, pero sí el más estridentemente visible: un presidente al que la Casa Blanca presenta como encarnación de la fuerza estadounidense y a quien Forbes le atribuye una fortuna de 6.200 millones de dólares. La guerra en Irán ha servido para exhibir esa obscenidad política en tiempo real: la voluntad de un solo magnate puede alterar mercados, alianzas, rutas energéticas y la vida de miles de millones de personas.
No voy a diagnosticarle nada a nadie; bastante tiene ya el mundo con la ligereza con la que se toman decisiones de alcance planetario. Pero sí conviene decirlo: que una porción tan grande de la seguridad internacional, del comercio global y del humor de los mercados dependa del temperamento de un solo dirigente constituye una forma muy sofisticada de estupidez histórica. Tantos años hablando de progreso para terminar aquí. Al menos antes el disparate no se retransmitía en directo. Nos prometieron una globalización de complejidad distribuida; lo que padecemos, demasiadas veces, es una vulnerabilidad ferozmente concentrada.
Es una imagen perfecta de nuestra decadencia: mucha nube, mucho dato, mucha gobernanza, mucho panel de expertos (que no expertas), y al final medio planeta pendiente de qué decide un señor desde un atril. Hemos sofisticado las cadenas de valor e infantilizado la arquitectura del poder. Tenemos una economía interdependiente del siglo XXI y una política internacional que a ratos parece administrada por hombres atrapados en una fantasía imperial del XIX, solo que con iluminación LED y un autocontrol que brilla por su ausencia.
Esta distopía contemporánea no funciona como una gran ruptura cinematográfica. No llega con una sirena, un fundido en negro y Morgan Freeman narrando el final de la civilización. Llega por acumulación. Por goteo. Por desgaste. Un mes es Ucrania. Otro, Gaza. Luego Irán. Después los aranceles. Después la energía. Después la IA. Después la vivienda. Después otra vez los precios. Aquí está, creo, el núcleo del problema. El peligro de nuestro tiempo no es solo que todo pueda ir mal. Es que nos estemos acostumbrando a considerar perfectamente normal vivir esperando lo peor. Que el sobresalto se convierta en el tono natural de la vida pública. Que la política renuncie a organizar el horizonte y se limite a gestionar sobresaltos. Que lo razonable ya no sea aspirar a vivir mejor, sino tratar de vivir un poco menos expuestos.
Quizá la primera tarea política, y también intelectual, consista precisamente en eso: negarse a naturalizar el sobresalto. Negarse a aceptar que la única forma adulta de estar en el mundo sea intentar cubrirse del desastre. Y negarse, sobre todo, a llamar realismo a una civilización que ha concentrado demasiadas decisiones en demasiadas manos. Porque aceptar como normal un mundo gobernado por el miedo, la codicia y el capricho no es realismo: es rendición.