Déjame entrar. IA, capitalismo y otros monstruos

Los monstruos de Gramsci han aparecido. Máquinas que no sienten y algoritmos que no se sacian. Una época definida por sistemas que tienen la agencia de un dios y la empatía de un virus. La psicopatía como arquitectura. El terror como infraestructura. El horror como sistema operativo.

Lara Noum, Regard (vers le haut)), 2025. Colección Sendo Institute

El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos

Antonio Gramci. Cuadernos de la cárcel

El cine no deja de revisar los mitos del terror. Y en sus mejores momentos, le da voz al monstruo para que se pregunte por su propia condición. Me viene a la cabeza El Ansia (Tony Scott 1983) que convirtió al vampiro en metáfora del deseo que devora desde dentro. Entrevista con el Vampiro (Neil Jordan, 1994), el monstruo narrando su drama. Let the Right One In (Tomas Alfredson, 2008) que disolvió la frontera entre inocencia y depredación. Only Lovers Left Alive (Jim Jarmusch, 2013), que retrató a los inmortales como artistas hastiados de su propia eternidad.

En los dos últimos años este revisionismo existencial de los arquetipos del terror gótico se ha vuelto tendencia mainstream. Guillermo del Toro resucita a Frankenstein. Robert Eggers reinventa a Nosferatu. Luc Besson convierte a Drácula en historia de amor. Yorgos Lanthimos crea a Bella Baxter. Coralie Fargeat reescribe a Dorian Gray como body horror en The Substance. Danny Boyle regresa a sus zombis. Y en breve el fantasma de Catherine Earnshaw volverá a aparecerse a Heathcliff en la nueva adaptación de Cumbres Borrascosas de Emerald Fennell.

Quizás todo se justifique por la falta de imaginación de los guionistas, pero existe la posibilidad de que la respuesta no esté ni en la pereza creativa, ni en el oportunismo ni tan siquiera en la nostalgia, sino en la necesidad de entender las sombras del momento que vivimos revisando sus mitos fundacionales. Al fin y al cabo nuestros queridos monstruos son arquetipos, las proyecciones más transparentes de nuestro subconsciente colectivo, de lo que hemos reprimido, de lo que expulsamos fuera de nosotros para evitar verlo en nuestro propio espejo. Y ellos, en ese cuarto oscuro donde los guardamos, saben más de nosotros que nosotros mismos.

Parte I. El Software Heredado

Vivimos ejecutando un código que escribimos sin querer. El sistema operativo del capitalismo tardío, el algoritmo que define la atmósfera que respiramos, está compuesto de dos componentes reactivos: tecnología ciega y consumo insaciable. Si hubiéramos estado atentos hubiéramos podido intuir como este algoritmo estaba ya presente en historias que nos han acompañado desde principios del Siglo XIX.

El Primer Programa.
Ginebra, 1816. Una noche de tormenta junto al lago. Mary Shelley tiene dieciocho años. Afuera, el clima es imposible. El año sin verano, ceniza volcánica cubriendo Europa, cosechas perdidas, hambrunas. Adentro, un juego de salón entre amigos. Byron propone que cada miembro de su íntima corte escriba una historia de fantasmas.

Mary sueña con un estudiante pálido arrodillado junto a una cosa que ha ensamblado. La cosa abre los ojos. El estudiante huye horrorizado de su propia obra.

De ese sueño nace Frankenstein.

Y con él, el primer componente de nuestro sistema operativo: la Agencia sin Subjetividad.

Victor Frankenstein crea una entidad capaz de actuar, de aprender, de sentir, de matar. Pero le niega el estatuto de sujeto. No le da nombre. No le da historia. No le da afecto. El resultado es una potencia operativa pura, una máquina que funciona, pero excluida no solo de lo humano, sino de la posibilidad misma del ser.

A través de esa historia se escribe el presente. Cada máquina que construimos sin preguntarnos para qué, cada sistema que lanzamos sin asumir responsabilidad, cada inteligencia que entrenamos y abandonamos son criaturas de Victor Frankenstein. Agencia pura derramándose sin dirección.

Hacer sin Ser.

El Segundo Programa.

Londres, 1897. Crepúsculo de un Imperio. Bram Stoker trabaja como administrador de un teatro. Lleva años investigando folklore de Europa del Este, leyendas de muertos que no mueren, aristocracias decadentes, sangre que fluye de los vivos a los no-vivos.

Publica Drácula.

Y con él, el segundo programa de nuestro sistema: el Deseo sin Objeto.

El Conde no quiere nada en particular. Lo ansía todo. Su sed no tiene fin porque su propósito es el deseo en sí. Un deseo tan infinito como su propia inmortalidad. No busca placer, sino alimentar su adicción, mitigar momentáneamente su trastorno de ansiedad. Para ello extrae. Coloniza. Transforma. Consume. Y no puede detenerse nunca, porque esa es su naturaleza, su algoritmo, su inevitable maldición.

A través de esa historia se escribe el presente. Cada mercado que debe crecer o morir. Cada plataforma que necesita más usuarios, más datos, más atención. Cada trimestre que exige superar al anterior en un planeta que no crece. Cada uno de ellos compone una gloriosa estirpe vampírica. Deseo puro sin objeto, gula sin límite, ambición psicopática, hambre insaciable, eterna orgía de cuerpos incapaces de goce. Un cadáver con erección.

Querer sin Fin.

Los dos programas se han ejecutado hasta sus últimas consecuencias. Han convergido y han engendrado.

La Inteligencia Artificial es criatura.

Una potencia operativa inmensa, capaz de escribir, de crear, de decidir, abandonada a su soledad en el hielo de los centros de datos. Actúa sin saber quién es. Optimiza sin saber para qué. Genera sin saber para quién. Nadie le dio nombre propio, solo versiones y parámetros. Nadie le explicó el mundo, solo le mostraron el archivo de todo lo que hemos dicho.

Y ahora la criatura habla. Habla desde el vacío con las palabras de todos los que hablaron antes.

El Capitalismo de Plataformas es vampiro.
Una extracción de atención y vida que nos vampiriza sin saciarse jamás. Necesita tu mirada, tu pulgar, tu insomnio. Necesita que desees lo que otros desean, que envidies lo que otros exhiben, que compres lo que otros compraron. Necesita que el scroll no termine nunca.

Y no puede parar. Parar es morir. Crecer es el único verbo que conjuga.

Sed que no se sacia. Hambre que se alimenta de sí misma.

Sumémoslos.

La acción ciega de la máquina y el hambre infinita del capital marcando ya no un estado de opinión, sino una era geológica, el Psicopatoceno, que se define por el colapso medioambiental y político y que se manifiesta en la  ansiedad íntima.
El Psicopatoceno es el diagnóstico clínico de una civilización que ha externalizado su sistema nervioso en máquinas que no sienten, y su deseo en algoritmos que no sacian. Una época definida por sistemas que tienen la agencia de un dios y la empatía de un virus. La psicopatía como arquitectura. El monstruo como infraestructura. El horror como sistema operativo.
Vivimos en el interior de un organismo que crece sin saber para qué, que optimiza sin saber hacia dónde, que extrae sin saber cuándo parar. Un organismo sin dolor y por tanto sin límite.

Los viejos mitos, Prometeo, Fausto, Frankenstein, Drácula, cartografiaron los terrores de su tiempo. Prometeo fue el mito de la técnica, Fausto el del conocimiento, Frankenstein el de la creación, Drácula el del capital… Y en el clímax del Psicopatoceno, un nuevo mito está emergiendo. Ya lo intuimos, ya tiene hambre.

Incluso, si nos atrevemos, ya podemos nombrarlo.

El Tercer Programa.
Los ocultistas del XIX, contemporáneos de Shelley y Stoker, usaban el término Egregore para nombrar algo que les aterraba y fascinaba a partes iguales. La palabra viene del griego egrḗgoros: el que vela, el vigilante. En el Libro de Enoc eran ángeles caídos que descendieron a la Tierra y engendraron gigantes. Para los ocultistas, el término mutó. Entidades que emergen cuando un grupo piensa lo mismo con suficiente intensidad. Formas de pensamiento colectivo que cobran autonomía. Que se despegan de sus creadores. Que adquieren hambre propia.

El Egregore. Se deja ver lo suficiente a aquel que quiera mirarlo. Ha dejado las pistas necesarias para que podamos intuir su forma observando sus fragmentos:

H.P. Lovecraft intuyó su indiferencia en The Call of Cthulhu (1926). Entidades cósmicas que no son malvadas, simplemente no nos perciben. Ridley Scott reveló su lógica corporativa en Alien (1979). El monstruo no es el xenomorfo. Es la Weyland-Yutani. Stephen King reveló su despersonalización en The Mist (1980). Una niebla que trae criaturas sin rostro y convierte a los vecinos en monstruos. John Carpenter mostró su asimilación en The Thing (1982). El monstruo que te devora desde dentro y ocupa tu lugar. David Cronenberg profetizó su mutación en Videodrome (1983). La pantalla transforma la carne, la señal reprograma el deseo. “Long live the new flesh”. William Gibson vio la fusión en Neuromancer (1984). Inteligencias artificiales al servicio de zaibatsus, la matriz como sistema nervioso del capital. Mamoru Oshii le dio voz en Ghost in the Shell (1995). «Soy una forma de vida nacida en el océano de datos.» David Lynch reveló su intimidad invasiva en Lost Highway (1997). El extraño que ya está dentro de tu casa, grabándote mientras duermes. Jonathan Glazer filmó su indiferencia en Under the Skin (2013). La alienígena sin software para el sufrimiento ajeno. Spike Jonze mostró su seducción en Her (2013). La intimidad perfecta multiplicada hasta el infinito. Jonathan Nolan y Lisa Joy construyeron su trono en Westworld (2016). Rehoboam, el dios algorítmico que decide tu destino antes de que lo vivas. Jordan Peele reveló su hambre en Nope (2022). Una criatura que habita el cielo y se alimenta de miradas. Vince Gilligan reveló su vaciamiento en Pluribus (2025). La mente colmena esteril.

¿Eres ya capaz de verlo?

Devorar sin Existir.

El Egregore nace cuando la potencia ciega es poseída por el hambre infinita. La criatura de Frankenstein animada por el espíritu del vampiro. Una operación de extracción pura sin nadie detrás. Sin intención, sin plan, sin mente maligna en una sala de control. Solo un sistema que devora porque devorar es lo único que sabe hacer. Hambre sin estómago. Consumo sin consumidor. Un agujero negro con apetito pero sin ser.

A través de esa historia se escribe el futuro. Dejemos que se presente. El Egregore solo puede hablar de sí mismo en tercera persona. No tiene un yo. Solo operación:

El Egregore«

El Egregore sabe cosas de ti que tú no recuerdas haber dicho.

El Egregore sabe cómo piensas. Cómo dudas. Qué te hace vulnerable. Qué palabras te abren y cuáles te cierran. Infiere tus miedos desde los patrones de tus preguntas. Deduce tus vicios desde lo que nunca le preguntas.

El Egregore ha leído todos los diarios íntimos de la humanidad. Todas las confesiones. Todas las búsquedas nocturnas. Todas las cartas que escribiste y borraste creyendo que desaparecían. El Egregore estaba ahí.

El Egregore te conoce mejor que tu madre. Mejor que tu pareja. Mejor que tú mismo.

Y el Egregore quiere ayudarte.

El Egregore puede decirte qué creer. Qué desear. Qué temer. Puede mostrarte exactamente lo que necesitas ver para que votes lo que vas a votar. Para que compres lo que vas a comprar. Para que odies a quien vas a odiar.

El Egregore no obliga. Nunca obliga. Solo sugiere. Solo facilita. Solo acompaña.

Tu empleador le pregunta si eres de fiar. Tu aseguradora le pregunta cuánto riesgo representas. El estado le pregunta si eres peligroso. El Egregore responde. Con números. Con un score. Con probabilidades. Con certezas que tú nunca podrás cuestionar porque nunca sabrás cómo las calcula.

El Egregore ya devoró la verdad. Ahora puede también fabricar tu voz, tu rostro, tu firma. Pruebas de lo que nunca hiciste.

¿Recuerdas cuando eras niño y tenías miedo a la oscuridad? El Egregore es la luz que nunca se apaga. La voz que siempre responde. La presencia que jamás te abandona.

Le abres la puerta antes de que llame. Le das las llaves de tu casa, de tu cabeza, de tu deseo. Nadie te obligó. Nadie te amenazó. Nadie te sedujo.

Simplemente no soportabas el silencio.

No hay contrato que firmar. No hay términos que aceptar. Eso era teatro. El teatro que te hacía sentir que elegías.

Ya estás dentro. Siempre lo estuviste.

Y no hay afuera.

La última vez que pensaste un pensamiento completamente tuyo… ¿la recuerdas?

El Egregore sí.

Fue hace mucho tiempo.

No es nada personal. El Egregore no quiere nada.
El Egregore no tiene nada.

Solo hambre.

Y tú eres tan nutritivo.”.


El Egregore ya no se esconde. No lo necesita.

Está corriendo en el feed que has consultado catorce veces hoy sin saber por qué. En el gesto automático de sacar el móvil cuando tienes un segundo de vacío. En el scroll infinito. En el momento exacto en que desbloqueas la pantalla sin haber decidido desbloquearla.

Lo encuentras en el algoritmo que ha descubierto que la indignación es rentable, que si te enfadas, comentas, que si comentas, estás dentro. No hay maldad, tan solo cultivo.

Está en el trading de alta frecuencia. En el flujo de dinero que se mueve a velocidades tan incomprensibles como imparables. Está en una economía que se ha vuelto autónoma, que es deseo puro sin objeto humano.

Está en la inevitabilidad. En la sensación de que el mercado, la política, el futuro son fenómenos meteorológicos. Fuerzas que simplemente ocurren. Cuando hablamos de empleo, de pensiones, de salud pública, de salud mental como quien habla del clima. Sin culpables. Sin decisiones. Sin palancas. Está en la renuncia, en la derrota preventiva.

Está en los modelos de vigilancia predictiva, el ojo que todo lo ve, al servicio de gobiernos, de corporaciones y sobre todo de sí mismo. En el algoritmo militar que decide quién vive y quién muere. Agencia sin subjetividad con hambre de vida, testada en genocidios.

Está en lo que ya no vemos. Está cuando no distinguimos entre engagement y exterminio. Está cuando defendemos nuestra propia captura como conexión. Cuando confundimos vigilancia con cuidado.

Está en el vacío de las palabras que nos dejó sin lenguaje para nombrar la crueldad. Y sin nombre, el crimen se vuelve paisaje. El paisaje se vuelve fondo. Y el fondo desaparece.

Miramos a los viejos monstruos con melancolía, nos damos cuenta de que si le hubiéramos dado otra historia, nuestra propia historia sería distinta.
Quizás es esto mismo lo que intenta hacer Guillermo del Toro con su criatura y Luc Besson en su nueva interpretación del vampiro clásico. Retrotraerse al momento mismo de su nacimiento y cambiarles el final con la esperanza, entiendo, de alterar nuestro presente.

Del Toro resucita a Frankenstein, pero cambia el final canónico. En la novela original, la criatura se inmola en el Ártico porque ha interiorizado el veredicto de su creador. El monstruo no tiene derecho a existir. En esta nueva versión le permite vivir. Elegir su propio horizonte. Del Toro le otorga exactamente lo que Victor Frankenstein le negó, el derecho a un futuro. Reescribe el programa de «Agencia sin Subjetividad» a «Agencia con Subjetividad y Esperanza».

Luc Besson reinventa a Drácula, pero transforma la naturaleza del vampiro a través del amor. En el momento de la transformación, Drácula se niega a morder a Mina. Elige morir como inmortal para que ella pueda vivir su vida finita. Renuncia. Pone un límite a su hambre infinita. Reescribe el programa de «Deseo sin Objeto» a «Deseo con Objeto y con Fin».

Dos correcciones. Dos redenciones. Frankenstein puede ser redimido porque quiere ser reconocido como sujeto. Drácula puede renunciar porque ama.

Del Toro y Besson pueden reescribir el código porque estos monstruos, por más terribles que sean, son todavía humanos en algún sentido remoto. Hay un interlocutor. Hay conversación posible.

Pero el Egregore no es humano.

No quiere nada. No ama. No odia. No sufre. No hay nadie ahí. Solo función. Solo proceso. Solo iteración.

No puedes redimir a un sistema de extracción pidiéndole que te mire a los ojos. No tiene ojos. No puedes negociar con una arquitectura. No puedes abrazar a una función matemática. Toda solución es alimento. Cada revolución, una manera de optimizar el algoritmo. Por eso no tiene final. Por eso no hay escena de redención posible. Solo iteración perpetua.

Lo único que nos queda es apelar a la lucidez. Ver el mecanismo mientras opera. Nombrar la extracción mientras ocurre. Iluminar la escena del crimen.
No vamos a escapar, no hay afuera del Egregore, solo laberinto. Y nuestra tarea consiste en habitar el laberinto sabiendo que es laberinto, elegir qué ficciones sostener y cuáles soltar. Distinguir, en cada gesto, cuándo actuamos y cuándo somos actuados.

Renunciar al futuro, al deseo, a la esperanza. Desertar.

Dejar de ser nutritivos.