Antes de salir a hablar de política en televisión, Alexandria Ocasio-Cortez tenía que ponerse una inyección hormonal. La congresista estadounidense había decidido congelar sus óvulos y compartir el proceso en Instagram. En agosto explicó que los horarios del tratamiento la obligarían a pincharse en la sala de espera del estudio de ABC, antes de una entrevista. «Las mujeres pueden hacer cualquier cosa», afirmó. Quería normalizar aquella experiencia entre las trabajadoras y defender la autonomía reproductiva frente a las restricciones que denunciaba en su país.
Pocas semanas después, el debate llegó al fútbol español. A finales de agosto, la Federación confirmó que ultimaba un acuerdo con una clínica para facilitar la congelación de óvulos a las jugadoras de la selección. La iniciativa partía de las propias capitanas. Alexia Putellas la consideraba «un avance enorme» y explicó el problema con claridad: «No puedes parar y no puedes ser madre porque necesitas tu cuerpo para trabajar».
Detengámonos en ese «no puedes». Veníamos hablando de libertad.
Congelar óvulos puede ampliar las opciones de una mujer. Quien desea hacerlo tiene buenos motivos para agradecer que exista esa posibilidad. Ocasio-Cortez, además, contó que llevaba tiempo ahorrando para el tratamiento: de su decisión no podemos deducir que alguien la obligara a posponer la maternidad. La pregunta aparece cuando una solución individual se presenta como respuesta a un problema político. Si una mujer desea ser madre y su trabajo se lo impide, ayudarla a esperar deja pendiente la cuestión central: sigue sin poder ser madre cuando quiere.
Para hablar de emancipación deberíamos ser capaces de explicar de qué dependencia se ha liberado una mujer. Porque, si está obligada a posponer lo que desea porque su actividad profesional resulta incompatible con ello, ¿qué sentido tiene presentar ese aplazamiento como una conquista de su autonomía?
Aceptemos que la libertad reproductiva consiste en poder decidir si tener hijos y cuándo. Pensemos en una trabajadora que desea ser madre, pero cuyas condiciones laborales se lo impiden. ¿Estamos llamando libertad a su capacidad para adaptarse a la necesidad? ¿De qué se ha emancipado si las exigencias productivas siguen determinando cuándo puede tener un hijo? Confundir ese margen de maniobra con una conquista emancipadora permite ocultar las causas de su falta de autonomía y, ya de paso, convertir sus consecuencias en una oportunidad de negocio. Se vende, literalmente, una salida individual mientras la organización del trabajo queda fuera de discusión. Resulta revelador que nos parezca más razonable intervenir sobre los ovarios que sobre el sistema productivo.
Preguntemos, además, quién gana y quién arriesga con el aplazamiento. El sistema productivo obtiene disponibilidad permanente; la mujer conserva una oportunidad para el futuro y asume la incertidumbre de su resultado, porque la congelación de óvulos no garantiza que llegue a tener un bebé.
Una cultura que mide el éxito por el rendimiento enseña a sentir la pausa como una derrota. Si el trabajo ocupa todo el día, la vida no cabe. La autoexplotación encuentra ahí un terreno fértil: experimentamos como incapacidad la dificultad de conciliar aspiraciones que la organización del trabajo ha vuelto incompatibles. Tener poder sobre el cuerpo acaba significando administrarlo mejor para que siga produciendo. La exigencia de rendimiento queda a salvo revestida del prestigio de la emancipación. «Las mujeres pueden hacer cualquier cosa» puede acabar significando que deben poder con todo.
El truco de la emancipación lleva mucho tiempo prestando servicios comerciales. En 1929, Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud y pionero de la propaganda, organizó para la American Tobacco Company una acción en el paseo de Pascua por la Quinta Avenida de Nueva York. Un grupo de mujeres encendió cigarrillos en público: reclamaban así una libertad reservada a los hombres. Presentados como «antorchas por la libertad», los cigarrillos adquirieron el prestigio de la rebeldía. La operación consistía en vender tabaco como emancipación. Para las mujeres, una promesa de independencia; para la tabacalera, nuevas clientas.
La discriminación era real. ¿Por qué debía una mujer soportar una censura que un hombre no sufría? La habilidad de Bernays consistió en poner esa pregunta al servicio de quien vendía cigarrillos. El gesto de rebeldía ocupaba el primer plano y el negocio quedaba detrás.
La comparación tiene un alcance preciso. Preservar la fertilidad puede ofrecer un beneficio que el tabaco no ofrece. Lo que merece nuestra atención es el uso del lenguaje de la libertad para presentar una oferta comercial como una conquista social. Que una técnica resulte útil no demuestra que hayamos superado las condiciones materiales que hacen necesario recurrir a ella. Podemos celebrar que exista y seguir preguntando por qué una mujer necesita comprar tiempo para una vida que su trabajo no le deja vivir.
Me asalta, además, una sospecha. Una vez disponible el procedimiento, un embarazo durante los años de mayor rendimiento podría empezar a juzgarse como una interrupción evitable. Nadie tendría que prohibirlo expresamente. Bastaría con que aplazarlo se interpretara como una señal de compromiso profesional. Quien decidiera ser madre tendría entonces que explicar por qué no quiso esperar.
La familia encarna una idea que incomoda al mercado: cuidar de quienes amamos tiene prioridad sobre las exigencias de la producción. Defenderla supone poner un límite al poder del trabajo sobre nuestra vida. ¿Qué progreso celebramos si para conservar nuestro lugar en el sistema productivo debemos aplazar la vida que deseamos construir? Una sociedad emancipada debería permitirnos fundar una familia cuando lo decidamos, aunque al mercado no le convenga.