Acompáñame en este ejercicio de nostalgia, violencia y cringe, porque esto ya lo hemos vivido.
Son los años 2000 y la televisión es el epicentro del hogar español. En Crónicas Marcianas, Aída Nízar le espeta a un señor en silla de ruedas “Dios da a cada uno lo que se merece”; en Operación Triunfo, Rosa López pasa un examen semanal sobre una báscula para que toda España vea cuántos kilos ha perdido; y en El Juego de tu Vida, a cambio de 50.000€, una joven confiesa a su familia que les robaba dinero y que ejercía la prostitución.
Mientras el país se acostumbra a llamar «telebasura» a todo esto, llega a nuestros hogares otro enemigo colectivo: el videojuego. Miles de padres y madres se devoran las uñas viendo a sus hijos encadenar horas matando gente en el Grand Theft Auto o el Call of Duty. Todo a través de una tecnología que no entienden pero que la prensa presenta como la antesala de la adicción y violencia juvenil.
Poco después, el tiempo coloca las cosas en su sitio. En 2009, Cuéntame cómo pasó inauguraba el Premio Nacional de Televisión y el Congreso de los Diputados declaraba por unanimidad al videojuego como «industria cultural». Ambas tecnologías pasaron del banquillo de los acusados a consolidarse como espacios legítimos de creación. Y la clave no fue la censura, sino la madurez: llegaron las regulaciones por edades, los límites publicitarios, las ayudas públicas y, sobre todo, el desarrollo de una mirada crítica ciudadana sobre ellas.
Resultó que jugar al jueguecito del móvil diseñado exclusivamente para monetizar tu adicción no genera el mismo impacto que jugar al Animal Crossing o al Zelda, y que ver a Jordi González entrevistar a cambio de 10.000€ a la madre de “El Cuco” no genera el mismo impacto que ver Pelopicopata o El Ministerio del Tiempo. Porque la cultura ni es buena ni es mala en sí misma. Es una práctica humana al servicio de quien la produce, capaz de rozar el cielo con un Nocturno para piano de Chopin, acariciar el infierno con el falso documental de propaganda nazi El Judío Eterno, y habitar un fascinante limbo posmoderno con un short de YouTube de Romano Aspas clavando su pupila en tu pupila para, tras esnifar agua de mar, recordarte que esto no es vida, es un bidón.

Romano Aspas esnifando vida
Hoy, en pleno 2026 y con «la caída de los influencers» sobre la mesa, el patrón se repite. La creación de contenido digital es nuestra práctica cultural contemporánea y, lejos de merecer una purga, requiere de la agilidad que no tuvimos hace 15 años para saltar la fase de “todo mal porque todo basura”, aspirando a crear otra industria cultural tan potente como el cine, el teatro o la danza.
Farmear aura es cultura
El perímetro de la palabra “cultura” lleva milenios en disputa. Desde lo sagrado y lo económico hasta lo identitario y lo histórico, han sido infinitos los prismas que han intentado resolver esta conversación, dando lugar a divertidos eufemismos inventados para camuflar que, casualmente, cultura siempre termina por ser lo que nos da la gana. “Alta y baja cultura”, “esto no es cultura, es entretenimiento”, “pero qué va a ser cultura, si no se le entiende cuando canta”.
Como profesional de las políticas culturales, hay pocas cosas que me importen menos que ese debate. Cultura será todo lo que una comunidad decida que es cultura. Si dicen que el reggaetón es cultura, pues cultura es, si dicen que la televisión es cultura, pues cultura es y, pese a mi fastidio, si dicen que los toros son cultura, pues cultura serán. Lo que corresponde a las instituciones garantes del bien común no es decidir qué entra en el club, sino asegurar que todo el mundo pueda entrar en él en igualdad de condiciones para después sostener con recursos y atención aquello que genera un especial valor social.
Y por mucho que tuitees cual Pérez-Reverte “meteorito ya por favor” al ver cómo miles de jóvenes se reúnen en la plaza del pueblo para farmear aura mediante movimientos de Fortnite y TikTok, o al ver cómo Lola Lolita se compra un chalet de 3 plantas en Madrid gracias a promos de 10 segundos grabadas en 10 minutos, la creación digital seguirá siendo una práctica cultural cada vez más practicada y consumida por todas las generaciones. Puedes optar por una enmienda a la totalidad basada en aquel estudio de la Universidad de EnMisTiemposEstoNoPasaba o puedes detenerte a pensar cómo se regula, cuida e incentiva todo lo potencialmente positivo que traerá.
Por si te ayuda a decidir, el contexto es idóneo para la segunda opción. Recientemente, creadores digitales como El Xokas, Fabiana Sevillano, RoRo o Carliyo han sufrido críticas masivas por evidenciar un ligero distanciamiento con la realidad de la clase trabajadora, con la evidencia oftalmológica sobre los eclipses e incluso, en algún caso, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y si bien el cuestionamiento generalizado que auguraba “La caída de los influencers” me pareció un revulsivo lógico, me interesa mucho más lo que ocurrió después: el nacimiento de la crítica.

Fabiana Sevillano molesta por tener “un mes de verano”
Creadores como Kappah o El Rubius reflexionaron en sus publicaciones sobre sobre la urgencia de diferenciar qué contenidos aportan valor y cuáles no. El mundo digital está dibujando sus propios raseros basados en la originalidad, la ética o el modelo de negocio para hacer lo mismo que hace un programador teatral, el curador de un museo o el jurado de el Premio Planeta: evaluar qué creaciones merecen apoyo y cuáles pueden caer en el olvido.
Institucionalizar lo digital: estándares, equidad y patrimonio
Y como la crítica ciudadana ya está en marcha, la crítica institucional puede contar con agua en la piscina para lanzarse. Necesitamos artefactos públicos que medien lo que es mejor de lo que es peor, como en tantas otras disciplinas. Veamos algunos ejemplos que sonarán raros hasta que dejen de sonarlo:
Por un lado, necesitamos estándares. No es lo mismo un vídeo divulgativo de La Gata de Schrödinger que una publicidad de 7 segundos sobre un artilugio con más huella de carbono que tu gato. Parece obvio, pero nunca está de más oficializar la obviedad. Si tenemos un Premio Nacional de Televisión, no creo descabellado imaginar un Premio Nacional de Creación Digital que diga a millones de jóvenes “oye, pues de entre todas esas cosas que ves, creemos que esto está bastante guay”. Si el sector público no fija estándares de calidad, lo hará el mercado a través de algoritmos opacos basados únicamente en la retención publicitaria
Por otro lado, necesitamos equidad. Creer que el éxito en redes sociales se debe exclusivamente al esfuerzo o a la suerte es comprar un relato idílico y meritocrático que, al menos en teoría, habíamos superado. El éxito de los creadores digitales está altamente influenciado por cuestiones de género, clase, contexto, territorio, color de piel. Como la vida misma. De hecho, aunque algunas plataformas han dado voz a las periferias, a menudo caen en el tokenismo (el influencer rural, la influencer trans, el creador racializado), premiando la excepcionalidad en lugar de igualando el terreno de juego. Igual que becamos el cine o el teatro, necesitamos líneas de apoyo para que creadores con proyectos brillantes, pero sin recursos materiales, puedan competir.
Por último, necesitamos gestión del patrimonio. Se estima que, cada día, se suben 20 millones de vídeos a YouTube, 34 millones a TikTok y 750.000 a Instagram. Entre ellos, podemos encontrar vídeos del nuevo partido Núcleo Nacional diciendo cosas parecidas a las que dijo un señor alemán una vez, vídeos de bailarines como @Marsh.xll creando coreografías que animarán a millones de jóvenes a bailar con sus amigos y vídeos del 99% de la población española de luna de miel en Japón. Al igual que construimos bibliotecas, museos y archivos para proteger el conocimiento impreso, debemos documentar y dinamizar el patrimonio digital de nuestras sociedades. Ocurrió con el OXO Museo del Videojuego y ocurrirá algún día con un Museo Digital. Sí, se vienen exposiciones de memes.
Pero institucionalizar la cultura digital no solo consiste en gestionarla como producto, sino en preparar a la ciudadanía como creadora de ese producto. Una tarea que nos lleva directamente al sector demográfico que está en el centro de la diana: la infancia.
¿Es que nadie va a pensar en los niños?
Estas reflexiones llegan no solo tras muchos años de freírme el cerebro a base de scroll en TikTok, sino también de participar en diversos grupos de trabajo nacionales e internacionales para decidir cómo regular la cultura digital de la juventud. Y mi diagnóstico es optimista pero con una salvedad: las decisiones sobre cómo crea cultura la juventud en TikTok las están tomando personas que no han visto un vídeo de Nil Ojeda o Marina Rivers en su vida.
Hoy, el consenso social parece apostar por la vía rápida: prohibir el acceso de los menores a ciertas plataformas. Y la verdad, como torniquete de emergencia es una medida lógica, al menos hasta que los poderes públicos logren auditar y domar a unos algoritmos extractivos que hoy dificultan cualquier intento de consumo sano. Sin embargo, como solución a largo plazo, me parece un parche peligroso. Si expulsamos la educación digital de la escuela pública y de la adolescencia para relegarla al ámbito estrictamente privado (“ya lo harás cuando tengas 18”), la historia nos advierte del resultado. Aprender a ver TikTok, a discernir la información y a protegerse de la polarización se convertirá en un privilegio de clase. Los chavales con familias estructuradas y recursos tendrán una guía. El resto, se dará de bruces contra la selva algorítmica el mismo día que cumplan 18 años
Haríamos bien en sacudirnos del adultocentrismo a la hora de elaborar un pensamiento tan particular como este. Nos llevamos las manos a la cabeza al ver a un adolescente hipnotizado por Twitch, pero parecemos ignorar que los baby boomers siguen consumiendo aproximadamente 360 minutos diarios de televisión lineal frente a los 95 de la Gen Z, según mediciones de Barlovento Comunicación. ¿Nos preocupa la adicción de la Gen Z a las pantallas, pero nos parece normal que un adulto pase cinco o seis horas diarias frente a la televisión? El diseño que busca secuestrar nuestra atención funciona para todos. Simplemente se consume en formatos distintos.
Todos somos susceptibles de atraparnos por pantallas que consumimos y nos consumen, que nos atrapan, acompañan, politizan, informan, enseñan, adoctrinan, polarizan, movilizan, divierten y conectan. Todos estamos de acuerdo en que más vida offline equivale a, en general, más vida. Pero el mayor error que podemos cometer como sociedad es comprar el relato derrotista que reduce el ecosistema digital a un vertedero tóxico irrecuperable del que solo podemos salvarnos mediante retiros espirituales sin wifi. Porque al otro lado de la pantalla hay miles de creadores digitales liderando un mundo digital apasionante, profundamente curioso y desbordante de imaginación, que merecen que no solo aprendamos a apagar las pantallas, sino también a mirarlas para celebrar a quienes hacen que valgan la pena.
Kike Labián es Premio Nacional de Juventud en la Categoría de Cultura y Acumen Fellow. Director de Arte e Innovación Social en Harmon.