A finales de agosto nació el Rhine Group para forzar la agenda de competitividad que Draghi propuso en 2024 y que sigue sin aplicarse. Lo dirige junto a Patrick Collison, fundador de Stripe, con Luis Garicano, economista de la London School of Economics, como director ejecutivo. La razón para crearlo la resumió este último durante la presentación del grupo: «La agenda de reformas está muy bloqueada«.
Si no se corrige esta situación, la consecuencia, en palabras de Draghi, será «una lenta agonía». Hacia 2040, la fuerza laboral europea se reducirá en cerca de dos millones de personas cada año. Sin las reformas no habrá productividad y sin ella el crecimiento se estanca.
Actualmente la Unión Europea es muy lenta, tarda años en retirar una barrera entre sus propios miembros. Una empresa que vende o compra en varios países europeos sigue enfrentándose a normas, trámites y costes distintos en cada uno, como si fueran mercados separados en vez de uno solo.
Tres fotos del mismo retraso
Un año después de la publicación del informe, un primer balance recorrió Bruselas con una cifra: solo el 11,2% de sus 383 reformas habían sido aprobadas. El dato venía de un proyecto independiente, el Observatorio Draghi, que distinguía entre leyes aprobadas y las que estaban anunciadas o en proceso. Desde esa primera medición, lo ha repetido dos veces más: 15,1% en enero y 15,7% en julio de 2026. Sesenta reformas completadas de 383. Contando también las que se han aplicado solo en parte, el total sube al 41,3%.
El ritmo se ha frenado. Entre septiembre y enero, las leyes aprobadas avanzaron casi cuatro puntos. Entre enero y julio, seis décimas. El porcentaje cuenta todas las reformas por igual. Sin embargo, en la economía no pesan lo mismo. Dos o tres de las grandes cambiarían el día a día de una empresa sin mover apenas la cifra global.
El mismo Observatorio explica dónde se está avanzando y dónde no. Avanza sobre todo en programas de financiación y en trámites que la Comisión Europea puede simplificar por su cuenta. El avance más débil está en la reforma del mercado único. Esa exige algo distinto: que 27 gobiernos nacionales cedan una competencia que hoy conservan.
El desglose por sector confirma el patrón, contando también lo aplicado en parte. Cada sector tiene detrás una historia distinta.
- Defensa ha pasado del 14,3% al 78,6% en un año. Coincide con la urgencia geopolítica, aunque coincidir no es causar. Puede que sus reformas fueran también más fáciles de sacar adelante. Sea por lo que sea, ningún otro sector se acerca a ese salto.
- Transporte se queda en el 51,2%, y el motivo se puede ver con los ojos. Hay una imagen que lo resume, y tiene ya cinco años. En 2021 la Comisión Europea puso en marcha un tren simbólico, el «Connecting Europe Express», para enseñar hasta dónde llegaba la integración ferroviaria. Cruzó 33 fronteras y tres anchos de vía distintos. Por el camino tuvo que cambiar de locomotora varias veces, porque la electrificación y la señalización cambian de un país a otro. Siguen cambiando hoy. La agencia europea de ferrocarriles todavía cuenta miles de normas técnicas nacionales. Y el transporte de mercancías, el que le importa a una empresa, avanza más despacio que el de viajeros.
- Materias primas críticas llega al 47,4%. La Unión aprobó en 2024 una ley que promete permisos de minería en 27 meses para los proyectos declarados estratégicos, una fracción de lo que tardan hoy. El Tribunal de Cuentas Europeo, que audita a la Comisión, revisó esa ley en 2026 y sacó dos conclusiones. La primera, que los objetivos de la ley no se apoyan en cálculos sólidos. La segunda, que los atascos de financiación, permisos y trámites siguen igual.
- Energía se queda en el 21,7%, y de ahí solo un 1,2% son reformas completadas del todo, sin contar las parciales. España es el caso extremo. Produce electricidad renovable barata y apenas tiene por dónde sacarla: la conexión con Francia ronda los 3 GW, cerca del 2% de su potencia instalada, cuando Bruselas fija un 15% para 2030. París lleva años frenando los nuevos enlaces por los Pirineos. El comisario europeo de Energía, Dan Jørgensen, lo dijo en voz alta a principios de 2026: «A veces, Francia ha sido reticente a las interconexiones«.
- Digitalización llega al 29,8%, con solo un 6,4% completado del todo. La razón no es solo falta de voluntad política. Las telecomunicaciones lo enseñan bien: las licencias de espectro y las reglas de competencia siguen siendo nacionales, 27 regímenes distintos, y eso ha hecho inviable que un operador paneuropeo salga rentable. Y sin operadores de tamaño continental, nadie invierte al nivel que la infraestructura digital necesita.
La conclusión no es que avance lo que Bruselas puede hacer sola. Defensa desmiente esa lectura: también necesitaba el acuerdo de 27 gobiernos, y aun así dio el mayor salto de los cinco. Avanza lo que tiene una amenaza detrás, con permiso de 27 países o sin él. Es la explicación que mejor sirve para Energía, una competencia tan compartida como Defensa y que sigue casi parada: ahí nadie siente la misma urgencia.
La cifra más citada, puesta a prueba
Casi todos los discursos sobre esto repiten el mismo dato, incluido el de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. Las barreras que todavía existen entre países europeos equivalen, en su efecto sobre el comercio, a un arancel del 45% en productos y de hasta el 110% en servicios. No hay aranceles formales dentro de la Unión, pero las trabas administrativas producen un efecto parecido. La cifra viene de un estudio del Fondo Monetario Internacional.
La cifra es real, y está discutida. Un análisis del centro de estudios económicos CEPR, firmado por los economistas Keith Head y Thierry Mayer, la cuestiona con un título que no deja lugar a dudas: la Unión Europea no se impone a sí misma un arancel del 45%. Su objeción no es solo metodológica. Sostienen que la cifra exagera precisamente la parte de las barreras que una decisión de la Comisión podría rebajar. Y añaden que hay reformas con más beneficio potencial y más urgencia, como el gasto en innovación y en I+D. Es un ataque directo a la idea de que el mercado único sea la reforma que más importa.
Otro trabajo académico añade una segunda objeción: el método de cálculo puede confundir barrera regulatoria con preferencia del consumidor por lo local. Un francés que prefiere comprar queso francés a español no es una barrera comercial. Según el estudio y el año de los datos, las estimaciones van del 13%, sobre la UE15 con datos de 2017, al 67%, sobre el conjunto de bienes en 2026. Esa horquilla no es un matiz: separa un problema grave de uno menor.
Lo que sí sostienen todos los estudios, más allá del número exacto, es la tendencia: el Tribunal de Cuentas Europeo, el auditor independiente de la Comisión, publicó en marzo de 2026 que el 60% de las barreras a servicios identificadas en 2002 seguían en pie veinte años después. El comercio de servicios entre países de la Unión sigue representando solo una quinta parte del comercio total entre ellos. Los servicios, en cambio, son alrededor del 70% de toda la economía europea.
No hay una velocidad, sino varias
Hasta ahora, dos preguntas distintas se han tratado como una sola: si el ritmo agregado se acelera, y si ese avance se reparte por igual entre sectores.
La segunda pregunta ya tiene respuesta. El reparto ya es desigual, y lo confirma el propio desglose por sector. La distancia entre el sector más avanzado y el más rezagado es mayor ahora que hace un año, con Defensa disparada y Energía sin moverse.
Lo que sigue incierto es el ritmo agregado, y ahí sí caben dos futuros a marzo de 2027.
- Que las barreras caigan de verdad. La agenda avanza en serio en servicios y contratación pública, y el efecto de esas barreras empieza a bajar de forma sostenida en la mayoría de los sectores, no solo en los que ya iban bien. Si esto ocurre, tiene sentido consolidar: una sola infraestructura para toda Europa en vez de varias locales, un centro de datos en vez de cinco, un contrato único en vez de veintisiete.
- Que se cumpla sobre el papel, pero no en la práctica. El resto, en torno al 75% con el mismo criterio. Se siguen aprobando leyes, la cifra de cumplimiento sigue subiendo, pero las barreras de fondo apenas cambian. El reparto desigual de hoy se mantiene o se agrava. Es el escenario que ya tiene dos años de datos detrás, y la desaceleración de los últimos seis meses lo respalda.
Si una empresa europea tiene que decidir si invertir pensando en un mercado único o no, la respuesta es clara. Un sistema que se adapte a las normas de cada país sirve en los dos casos. Cuesta más, pero es más seguro.
Las señales que hay que vigilar
No hace falta esperar a marzo de 2027. Hay cuatro señales con fecha que permiten cambiar de previsión antes.
En marzo de 2026 se lanzó un mecanismo con seis medidas prioritarias sobre el mercado único, con revisión periódica de los líderes europeos. Si esas revisiones empiezan a contar leyes aprobadas en vez de barreras efectivamente retiradas, confirma que el cumplimiento va a seguir siendo sobre el papel. La primera lectura útil llega este otoño.
Esa quinta parte del comercio interno que representan los servicios lleva años sin moverse. Si la proporción empieza a subir de forma sostenida, es la señal más fuerte de que las barreras están cayendo de verdad. Precisamente porque es un dato que se mueve muy despacio.
Otra confirmación de lo mismo: que las próximas leyes sobre servicios y contratación pública salgan con excepciones para países concretos.
Si el Consejo Europeo reafirma en diciembre el plazo de marzo de 2027 con objetivos medibles, en vez de suavizarlo, hay margen para el escenario optimista. Si lo suaviza, no lo hay.
Hay una señal que no confirma si el reparto es desigual, que ya lo es, sino si se agrava. Llegaría a finales de este año, si Europa suspende las rebajas arancelarias pactadas con Estados Unidos sobre acero y aluminio, por incumplir el límite acordado del 15%. Si en esa misma revisión trimestral energía o servicios siguen sin moverse, ahí está la prueba: la brecha entre sectores sigue ampliándose, no cerrándose.
Por dónde empezar
Lo primero es identificar las cinco barreras que más encarecen la propia operación, no las que más se discuten en Bruselas. La lista europea no tiene por qué coincidir con la de una empresa concreta. Si lo que encarece de verdad son barreras nacionales o de un sector muy específico, ninguna solución pensada para toda Europa las va a resolver.
El acceso a la electricidad hay que comprobarlo antes que el precio. La industria europea sigue pagando el doble que la estadounidense, y la diferencia se ha ampliado en la última década. Pero en España el obstáculo real no es el coste, es la conexión: en 2026, el 88% de los nudos de la red de distribución tenían menos de 1 MW de capacidad disponible. Solo en 2024, España rechazó 11 GW de solicitudes de conexión industrial por falta de capacidad de red, centros de datos incluidos. La electricidad española es, en teoría, la más barata del continente gracias a las renovables. Esa ventaja tampoco llega entera a la factura industrial. Un consumidor electrointensivo paga hoy un 55% más que en Francia y un 8% más que Alemania, según los datos de AEGE de julio de 2026. Pesan los cargos del sistema y una compensación de emisiones menor que la alemana. El mapa de capacidad de la propia zona se comprueba primero. Sin hueco para conectar, ningún precio importa.
Vigilar la adopción de tecnología no solo dentro de la propia empresa, también entre los proveedores. Declarar que se usa IA no es lo mismo que tenerla en producción, igual que aprobar una ley no es lo mismo que retirar una barrera. Según Accenture, poco más de la mitad de las grandes empresas europeas todavía no ha escalado ninguna inversión grande en IA. Y la brecha con los proveedores, muchos de ellos pequeñas y medianas empresas, es mayor: en la Unión Europea, alrededor del 55% de las grandes empresas usa inteligencia artificial, frente a solo el 19% de las pequeñas y medianas, según los últimos datos de Eurostat, de 2025. Una gran empresa suele salir beneficiada de esa diferencia, aunque una parte de ese 55% siga sin pasar del piloto. Sus proveedores casi nunca llegan siquiera a probarlo.
Y poner una fecha para revisar cualquier decisión que se tome con estos datos, que son los disponibles en agosto de 2026. Sin fecha de revisión, la decisión sigue en pie, aunque las condiciones que la justificaban hayan cambiado. Es la misma disciplina que le falta a la propia Comisión: da por completadas más de la mitad de las iniciativas de su hoja de ruta de competitividad. Ese dato no mide lo mismo que las 383 recomendaciones que audita el Observatorio, y este sigue viendo solo un 15,7% de ellas completadas del todo.
Europa sabe lo que le pasa: el informe lo dejó por escrito en 383 recomendaciones. Lo que no ha encontrado es la forma de aplicarlo, y el Rhine Group nace para eso. La próxima medición del Observatorio dirá si esto ha sido un diagnóstico del diagnóstico o el principio del remedio.