Durante la crisis, una ciudad de unos 83.000 habitantes ha tenido que afrontar en apenas dos días la llegada de una multitud casi equivalente a su población. Sería frívolo minimizar la angustia de los ceutíes, la saturación de los servicios públicos o la necesidad de ordenar las fronteras. Una política humanista ha de poder proteger a la población, gestionar los flujos y exigir responsabilidades a quienes han utilizado a seres humanos como instrumento de presión. Con todo, una emergencia administrativa no autoriza una condena antropológica.
Nos fascina Odiseo porque su viaje ha llegado hasta nosotros convertido en relato. Sabemos cómo se llama, de dónde viene, a quién echa de menos. Homero nos ha dejado entrar en su miedo y hasta en sus engaños. Ninguna de sus islas es un punto suelto en el mapa: forma parte de una vida que viene de algún lugar y se dirige hacia otro. El migrante de Ceuta, en cambio, comparece ante nuestra mirada desprovisto de pasado y de porvenir. Lo vemos durante el instante del cruce, cuando todavía carecemos de cualquier información que pueda singularizarlo. Quedan fuera los años anteriores, la persona de la que se despidió y la idea de futuro que le sostuvo dentro del agua. Odiseo posee una biografía; el migrante queda subsumido bajo una categoría. Admiramos a quien tiene historia y tememos a quien ha sido convertido en cifra.
La narración concede a Odiseo algo parecido a un pasaporte moral. Sabemos que ha amado, combatido, cometido errores y añorado su casa. Esa intimidad nos permite comprender incluso sus acciones más discutibles. A quienes llegan a Ceuta les aplicamos el procedimiento inverso: juzgamos primero y acaso conozcamos después. Los conocemos a partir de la frontera. La palabra «migrante» se antepone a cualquier otra condición y termina absorbiéndolas todas.
Odiseo posee, además, una posición social reconocible. Es rey de Ítaca, guerrero victorioso y miembro de un mundo que Europa ha adoptado como genealogía cultural. Su movilidad se interpreta como aventura porque la emprende un hombre poderoso. Cuando viajan los privilegiados hablamos de exploración, cosmopolitismo o nomadismo digital; cuando se desplazan los pobres recurrimos a términos como presión, oleada o invasión. El movimiento humano adquiere prestigio o se vuelve sospechoso según el pasaporte, la renta y el color de quien se mueve. Hemos romantizado la movilidad como expresión de libertad mientras criminalizábamos a quienes más arriesgan para ejercerla.
Hay otra diferencia aún más profunda. Odiseo viaja para regresar. Su odisea confirma la existencia del hogar y concluye con la restauración del orden perdido. El migrante de Ceuta viaja para fundar un futuro en un lugar que todavía no le reconoce como propio. Su desplazamiento pone en cuestión la distribución heredada del mundo: quién puede residir dónde, qué oportunidades quedan reservadas por nacimiento y cuánto debe determinar una vida el azar geográfico. La nostalgia de Odiseo tranquiliza porque reafirma las fronteras; el proyecto del migrante las vuelve discutibles.
La forma en que ambos aparecen ante nosotros acentúa esa asimetría. Odiseo ocupa el centro del encuadre; quienes cruzan el Tarajal suelen aparecer desde lejos, apiñados y prácticamente indistinguibles. Uno tiene rostro; los otros forman una masa. El plano general cuenta la magnitud de la emergencia y, al mismo tiempo, miente acerca de las personas. Donde hay miles de decisiones, temores y motivos distintos empezamos a percibir un único cuerpo dotado de una intención hostil.
A Odiseo le concedemos, por último, el beneficio de la complejidad. Puede ser valiente y cruel, ingenioso y embustero, víctima de los dioses y responsable de sus desgracias. Esa ambivalencia ha mantenido vivo al personaje durante casi tres milenios. Del migrante esperamos una inocencia sin fisuras para considerarlo digno de acogida. Debe haber sufrido mucho, comportarse de manera ejemplar, expresar gratitud y demostrar cuanto antes su utilidad. Cualquier delito individual amenaza con contaminar al grupo entero; cualquier fracaso se interpreta como prueba de una incompatibilidad colectiva. Al héroe le permitimos tener sombras. Al extranjero le exigimos una pureza que jamás reclamaríamos a nuestros compatriotas.
Reconocer a Odiseo en Ceuta significaría devolver a quien llega cuanto la palabra «migrante» le ha arrebatado: una historia que empezó mucho antes del Tarajal y un porvenir que podría enriquecer el nuestro. Nos obligaría a detener la mirada sobre el cuerpo exhausto que sale del agua y formular la pregunta que el miedo suele ahogar: ¿quién eres? Alcínoo, rey de los feacios, acogió al náufrago entre los suyos y quiso escuchar de sus labios el relato de su viaje. Esa nueva mirada sacaría al migrante tanto del santoral de la compasión como del banquillo de la sospecha. Ni la travesía acredita una bondad irreprochable ni la entrada irregular convierte a nadie en delincuente. Las responsabilidades seguirían siendo personales y las leyes conservarían toda su vigencia; precisamente por ello habrían de aplicarse a individuos concretos, atendiendo a sus actos y circunstancias, en lugar de administrarse sobre una multitud declarada culpable de antemano.
La frontera que atraviesa quien llega a Ceuta es la que separa a los seres humanos con biografía de las multitudes sin rostro.