El mercado de la desgracia: cuando pedir ayuda genera beneficios

La economía de la atención obliga a competir con cualquier otro estímulo disponible hasta la desgracia y el sufrimiento deben adaptarse a la gramática de la plataforma.

I need a dollar dollar, a dollar is what I need

Hey, hey

Well I need a dollar dollar, a dollar that’s what I need

Hey, hey

Said I need dollar dollar, a dollar is what I need

And if I share with you my story would you share your dollar with me?

I Need a Dollar, Aloe Blacc 2010

«Necesito ayuda para pagar el alquiler». «A mi madre le han diagnosticado cáncer y no podemos asumir los gastos». «Compartid, por favor: nos quedan diez días para evitar el desahucio». A veces ni siquiera se pide dinero. Basta con pulsar todos los botones posibles: dar a “me gusta”, comentar aunque sea con un punto, guardar la publicación, compartirla o verla hasta el final para convencer al algoritmo de que esa historia merece seguir circulando. Otras veces, al final del carrusel, aparece también un número de Bizum, un enlace a una campaña de financiación colectiva o una cuenta bancaria.

Este tipo de publicaciones suele encontrarme a horas intempestivas, cuando me despierta a las tres de la mañana el llanto de alguno de mis hijos y termino mirando el móvil con un ojo abierto y el otro todavía negociando con el sueño. Entre recetas, vídeos políticos, anuncios de cosas que no necesito y fotografías de gente aparentemente descansada, aparece alguien pidiendo ayuda. Durante unos segundos tengo la impresión de que esa persona se dirige directamente a mí. Sin embargo, antes de llegar hasta mi pantalla, su historia ha tenido que superar a un intermediario mucho menos sentimental: el sistema que decide qué contenidos veo y en qué orden.

Meta reconoce que sus sistemas de inteligencia artificial clasifican las publicaciones mediante predicciones sobre el comportamiento de cada usuario. Una de las señales que emplean es la probabilidad de que compartamos un contenido, interpretada como indicio de que puede resultarnos valioso o interesante. A partir de esas señales, Meta decide qué se muestra, qué queda relegado y a quién alcanza cada publicación. Quien pide ayuda puede escribir y publicar su campaña, pero no controlar las condiciones de su circulación. No estamos ignorando que siempre ha habido personas obligadas a recurrir a la ayuda de desconocidos. La novedad no está en pedir auxilio, ni siquiera en hacerlo públicamente, sino en que una infraestructura tecnológica privada administre ahora el encuentro entre quien necesita ayuda y quien podría prestársela.

Tu like no ayuda a quien más lo necesita

Una artículo publicado en 2025 en la revista International Journal for Equity in Health llegó a la conclusión de que la financiación colectiva no corrige automáticamente las desigualdades existentes: con frecuencia las reproduce. El estudio señala que el capital social, la posición socioeconómica y el diseño de las plataformas favorecen a quienes ya parten con ventaja. Poner una herramienta al alcance de todos no democratiza necesariamente sus resultados. Tener una cuenta permite publicar, pero no garantiza ser visto. Poder abrir una campaña no implica disponer de una comunidad capaz de impulsarla. La conexión técnica no elimina las desigualdades sociales; puede convertirlas en señales que los sistemas aprenden y refuerzan.

Algo parecido encontró un estudio de 2025 sobre TikTok, basado en casi 25 millones de vídeos publicados por cerca de siete millones de usuarios. Los investigadores concluyeron que facilitar la publicación no democratiza la visibilidad: la atención sigue concentrándose en unos pocos centros. La “esfera pública digital” está abierta a todo el mundo, pero no todo el mundo recibe un altavoz. Y el reparto de esos altavoces no depende únicamente de la calidad, la necesidad o la justicia de aquello que se cuenta. Depende de sistemas optimizados para predecir qué puede retenernos, provocar una reacción o generar una nueva interacción.

La economía de la atención obliga así a una petición de ayuda a competir con cualquier otro estímulo disponible. No porque alguien decida caso por caso quién merece ser escuchado, sino porque el sistema optimiza aquello que puede retenernos y generar interacción. Opera a través de objetivos, métricas y criterios de optimización. Si el sistema está diseñado para anticipar aquello que compartiremos, comentaremos o miraremos durante más tiempo, seleccionará los contenidos que mejor respondan a esas probabilidades. El resultado puede ser que algunas formas de sufrimiento se adapten mejor que otras a la gramática de la plataforma. La plataforma no inventa nuestras preferencias humanas, pero puede convertirlas en regla de distribución.

Una investigación publicada en PLOS ONE, basada en una muestra aleatoria de 637 campañas médicas de GoFundMe en Estados Unidos, encontró desigualdades sistemáticas en el acceso y en los resultados de estas campañas. Las personas pertenecientes a grupos raciales y de género marginados obtenían peores resultados, mientras que las mujeres asumían una parte desproporcionada del trabajo digital de cuidado necesario para organizar y mantener las campañas. El estudio demuestra que los resultados estaban relacionados solo de manera limitada con elementos que los usuarios podían controlar directamente, como añadir fotografías, vídeos o actualizaciones. La conclusión resulta bastante menos meritocrática que los manuales para hacerse viral. No siempre fracasa quien no ha contado bien su historia, no ha elegido una fotografía suficientemente poderosa o no ha publicado a la hora correcta. En muchas ocasiones, el resultado depende de la red de contactos disponible, de la posición social de partida, de la confianza que despierta un determinado perfil y de mecanismos de distribución que el usuario no puede conocer ni gobernar.

A pesar de ello, las plataformas consiguen presentar cada éxito o fracaso como un asunto individual. Cuando una campaña no funciona, la persona puede pensar que se expresó mal, que no insistió lo suficiente o que no logró conmover. Es una forma de poder especialmente eficaz: aquella que consigue que cada individuo se responsabilice de un resultado producido por una arquitectura que no controla. Mientras tanto, la plataforma obtiene actividad. Una petición genera reproducciones, comentarios, mensajes, compartidos y tiempo de permanencia. La solidaridad es auténtica, pero también se integra en un modelo comercial que convierte cada emoción en información sobre nuestro comportamiento. La plataforma no paga la deuda, el tratamiento o el alquiler, pero sí extrae valor de las interacciones que la historia produce.

Esto no significa que las empresas tecnológicas provoquen deliberadamente cada injusticia que atraviesa sus servicios, aunque conviene recordar que decisiones impulsadas por Elon Musk, como el desmantelamiento de USAID, podrían causar más de 14 millones de muertes evitables hasta 2030 si los recortes se mantienen. El problema es más estructural. Estas compañías han construido sistemas cuya escala y complejidad les permiten influir en la distribución de la atención sin responder por cada una de sus consecuencias. Se presentan como intermediarios neutrales, aunque seleccionan, clasifican y priorizan. Afirman que conectan a las personas, pero controlan las condiciones materiales de esa conexión.

La tecnología que perfeccionó la mendicidad

Hay, además, una paradoja difícil de ignorar. Hemos desarrollado tecnologías capaces de procesar cantidades inimaginables de información, predecir comportamientos, automatizar tareas y conectar a millones de personas en cuestión de segundos. Sin embargo, una parte de ese prodigio técnico se utiliza para que alguien siga teniendo que suplicar públicamente dinero para comer, conservar su casa o afrontar una enfermedad. Hemos perfeccionado la máquina, pero seguimos utilizando buena parte de su potencia para organizar la mendicidad.

No es que falten recursos para reducir buena parte del hambre, la enfermedad evitable o el sufrimiento material. Lo que falta es la decisión política de distribuirlos de otra manera. Y la contradicción se vuelve todavía más indecente cuando una parte de la riqueza y del poder necesarios para afrontar esos problemas se concentra precisamente en manos de quienes controlan las infraestructuras donde las personas exhiben su necesidad. Los propietarios de las plataformas no solo poseen una parte extraordinaria de los recursos disponibles: también administran el escenario en el que los demás compiten por migajas de atención y ayuda.

Las redes presentan esta escena como una celebración de la conexión humana: una persona pide auxilio, una comunidad responde y la tecnología hace posible el encuentro. Pero también puede leerse al revés. Mientras unas fortunas se acumulan gracias a sistemas capaces de convertir cada emoción en datos, millones de usuarios utilizan esos mismos sistemas para recaudar pequeñas cantidades con las que resolver urgencias que una sociedad más justa podría evitar.

Si me preguntan, el gran fracaso de nuestra época no es tecnológico, sino político. Hemos construido herramientas capaces de conectar a casi toda la humanidad, pero no una sociedad capaz de impedir que millones de personas tengan que utilizar esa conexión para pedir lo imprescindible. El escándalo no es que alguien solicite ayuda mediante un reel de Instagram. Es que, rodeados de una riqueza y una capacidad técnica sin precedentes, sigamos llamando innovación a un sistema que ha modernizado la forma de mendigar sin eliminar las razones por las que todavía es necesario hacerlo.