La mano de Dios y los goles de la Iglesia

La visita de León XIV a España dejó en Madrid una escena difícil de olvidar. En el Bernabéu, Manolo Lama y Paco González narraron los “goles de la Iglesia” ante más de 70.000 personas. Hubo presentadores de televisión, artistas, orquesta, mago, épica de gran final y un Papa sonriendo ante una liturgia convertida en acontecimiento de masas. La imagen era demasiado precisa para dejarla pasar: cuando incluso la Iglesia necesita ser narrada como si estuviera ganando un partido, algo profundo ha cambiado en la forma contemporánea de la autoridad.

Durante siglos, la Iglesia católica no necesitó demostrar que era relevante. Lo era. Organizaba calendarios, ritos de paso, jerarquías morales, formas de familia, culpas, consuelos y obediencias. Estaba en la escuela, en el cementerio, en la plaza, en el Estado y en la conciencia. No era una opción más dentro del mercado del sentido: era, para buena parte de la sociedad, el marco desde el que se interpretaba la vida.

Ese mundo ya no existe. La Iglesia conserva poder, patrimonio, influencia educativa, presencia institucional y una enorme capacidad simbólica. Pero ha perdido algo más difícil de recuperar: la capacidad de ser obedecida sin tener que convencer. Puede seguir hablando, ocupando espacio y haciéndose presente. Lo que ha perdido es la certeza de que todo eso se traduzca automáticamente en escucha, obediencia o necesidad.

El calendario añadió otra imagen elocuente. Mientras el Papa terminaba su viaje por España, Elon Musk cruzaba el umbral simbólico del billón de dólares de fortuna tras la salida a bolsa de SpaceX. Una institución milenaria intentaba reafirmar su autoridad moral mientras el capitalismo tecnológico coronaba a su propio profeta. Entre ambos quedaba el mundo real: millones de personas intentando llegar a final de mes.

Cuando la fe entra en el Bernabéu

La visita papal funcionó como una gran demostración de presencia. Multitudes, recorridos, jóvenes en primer plano, instituciones alineadas, gestos con los vulnerables, imágenes diseñadas para circular. No era solo ceremonia religiosa, sino una puesta en escena de autoridad que, por momentos, rozó lo hortera.

Mientras el Estadio Bernabéu se celebraban los goles simbólicos de la Iglesia, fuera del recinto había un país bastante menos celebrable. Según el último informe de EAPN, 12,6 millones de personas viven en España en riesgo de pobreza o exclusión social. Una de cada cuatro. La tasa AROPE (el indicador oficial de la Unión Europea para medir la pobreza y la exclusión social) sigue instalada en el 25,7%. No es una anécdota coyuntural. No es una mala racha. Es el suelo estructural de un país que crece, crea empleo, mejora algunas cifras macroeconómicas y, aun así, no consigue romper el núcleo persistente de vulnerabilidad que condiciona la vida cotidiana de millones de personas.

Ahí es donde la escenografía religiosa empieza a chirriar. No porque la Iglesia no pueda hablar de pobreza. Puede y debe hacerlo. De hecho, buena parte de su tradición social contiene una crítica profunda a la indiferencia, al descarte y a la idolatría del dinero. Lo incómodo es otra cosa: la facilidad con la que una institución capaz de organizar grandes demostraciones públicas de compasión puede evitar, al mismo tiempo, una conversación más exigente sobre poder, privilegios, patrimonio, fiscalidad, educación, abusos, reparación y coherencia.

La institución que habla de los pobres debe explicar su relación histórica con el poder. La que habla de cuidado debe responder con contundencia a las víctimas. La que habla de humildad debe revisar su excepcionalidad fiscal, educativa y simbólica. Y la que llena estadios en nombre de la dignidad humana debería preguntarse qué significa esa dignidad en un país donde cerca de 9,6 millones de personas viven bajo el umbral de pobreza y casi cuatro millones sufren carencia material y social severa.

Llenar un estadio no equivale a recuperar credibilidad. La credibilidad no se mide en ovaciones, sino en consecuencias. No en cuántas personas caben en una grada, sino en los privilegios a los que una institución está dispuesta a renunciar para estar del lado de quienes no caben en ninguna foto.

La izquierda y el espejismo del Papa bueno

La visita dejó otra imagen incómoda: la reacción de una parte de la izquierda institucional. No por la presencia protocolaria, comprensible en un país donde la Iglesia sigue siendo un actor histórico de enorme peso, sino por el tono. Por esa facilidad para convertir el encuentro con el Papa en una escena de entusiasmo casi fan. Por esa tendencia a olvidar, durante unas horas, que una cosa es coincidir en un diagnóstico social y otra muy distinta blanquear una estructura doctrinal.

León XIV puede hablar de paz, migrantes, pobreza y dignidad humana con una sensibilidad que incomoda a la derecha más cruel. Conviene reconocerlo. En un tiempo de xenofobia desatada, repliegue identitario y brutalidad convertida en programa político, no es menor que una autoridad global recuerde la obligación de cuidar al extranjero, proteger al débil y condenar la guerra. Hay palabras que importan precisamente porque otros han decidido abandonarlas.

Pero ese discurso no suspende el resto. El Papa sigue siendo el líder de una institución que mantiene posiciones profundamente conservadoras sobre el aborto, la familia, la autonomía de las mujeres y los derechos LGTBI. Ni la compasión migratoria ni la retórica social eliminan esas contradicciones. La defensa de la paz tampoco convierte automáticamente a la Iglesia en aliada del proyecto emancipador de la izquierda.

La izquierda debería poder hacer dos cosas a la vez: escuchar una apelación ética contra la crueldad y mantener una posición laica, crítica y coherente ante una institución que ha combatido durante décadas avances feministas, sexuales y democráticos. Puede valorar que el Papa incomode a la extrema derecha en materia migratoria sin olvidar que muchas conquistas progresistas se lograron frente a la resistencia de esa misma Iglesia que ahora algunos parecen querer abrazar en prime time.

Recibir al Papa no es el problema. Lo es tratarlo como una celebridad moral incontestable. Como si bastara con pronunciar las palabras paz, pobres o fraternidad para que todo lo demás quedara fuera de plano. Como si la izquierda, agotada de defender lo obvio en un mundo cada vez más brutal, necesitara una bendición externa para recordar que la justicia social también es suya.

La verdadera prueba está fuera de la foto. Según el informe de EAPN, uno de cada tres niños, niñas y adolescentes está en riesgo de pobreza o exclusión social: cerca de 2,7 millones, el tercer dato más alto de la serie histórica. La pobreza infantil es una fábrica de desigualdad futura. Condiciona la alimentación, la salud, la vivienda, el rendimiento escolar, las redes, las expectativas, la autoestima y la posibilidad real de participar algún día en igualdad de condiciones. Ninguna patria, fe o promesa tecnológica merece llamarse digna mientras la infancia siga empobrecida.

La coherencia política se mide ahí: en la capacidad de no confundir una coincidencia parcial con una alianza de fondo. Aplaudir una frase justa no obliga a comprar el paquete completo. Escuchar una apelación ética tampoco exige renunciar a la tradición laica. Reconocer el valor de una llamada a cuidar a los pobres implica recordar que ese cuidado no consiste solo en nombrarlos con emoción, sino en disputar presupuesto, propiedad, renta y poder.

El país que no cabe en la foto

El verdadero contraste de estos días no es entre religión y secularización. Es entre la solemnidad de los discursos y la vida de quienes llegan a final de mes haciendo ingeniería doméstica con facturas, alquiler, comida, transporte y suministros. La vivienda se ha convertido en uno de los grandes motores contemporáneos de pobreza. Según EAPN, el 43,6% de quienes viven de alquiler a precio de mercado está en riesgo de pobreza o exclusión social. La pobreza entre quienes alquilan a precio de mercado alcanza el 32,6%, más del doble que entre quienes viven en propiedad. La vivienda ya no es solo un derecho incumplido. Es una máquina de selección social. Decide quién puede ahorrar, quién puede cuidar, quién puede estudiar, quién puede emanciparse, quién puede separarse, quién puede tener hijos, quién puede decir que no.

Ese es el vacío que importa. No un vacío abstracto de sentido, sino un vacío material de seguridad. España no es un país sin recursos. Es un país con problemas severos de distribución, protección y prioridad política. Puede llenar estadios, organizar grandes eventos, y celebrar escenas de unidad moral. Pero sigue sin garantizar condiciones mínimas a millones de personas. Por eso el debate no debería centrarse en si la Iglesia consigue emocionar ni en quién aparece o deja de aparecer en la foto con el Papa. Debería centrarse en la capacidad real de las instituciones para reducir el sufrimiento evitable; en el poder puesto al servicio de la vida común, los privilegios que se revisan, las rentas que se redistribuyen y los derechos que dejan de ser promesas decorativas. También debería preguntarse qué país queda cuando se apagan los focos y la gente vuelve a casa, si es que tiene una casa a la que regresar en condiciones dignas.

La democracia no pierde solo cuando le arrebatan poder, sino también cuando deja de proteger y de prometer una vida mejor, una comunidad posible, una salida compartida. Entonces el vacío se llena igual: con goles de la Iglesia, con profetas tecnológicos o con cualquier espectáculo capaz de parecer esperanza durante unas horas.

La Iglesia llena estadios y los nuevos profetas cotizan en bolsa. Mientras tanto, 12,6 millones de personas siguen esperando algo bastante menos grandioso y mucho más urgente: llegar a fin de mes.