El tábano contra el chatbot

El riesgo no es que la IA sea malvada. Es que sea demasiado amable. Que aprendamos a preferir la conversación sin fricción. Que deleguemos en ella no solo las tareas tediosas sino las preguntas incómodas

Cuenta Platón que cuando Theuth, dios egipcio de la escritura, presentó su invento al rey Thamus, lo hizo prometiendo el remedio definitivo contra el olvido: una medicina para la memoria y la sabiduría. Thamus escuchó y desconfió. Había vivido lo suficiente como para desconfiar de los regalos divinos. Intuyó que la escritura no fortalecería la memoria, sino que la atrofiaría, y daría a los hombres la apariencia del saber, no el saber mismo. El mito del Fedro es la primera advertencia de la historia sobre el abismo que separa lo que una tecnología promete de lo que finalmente entrega.

A finales de los años noventa, cuando internet empezaba a colonizar los hogares con su melodía de módem, circulaba una utopía que hoy resulta enternecedora: la red nos haría libres, iguales y cercanos. Los optimistas eran legión e imaginaban una ágora global donde el conocimiento fluiría sin jerarquías y el ser humano, conectado a su semejante en las antípodas, comprendería que la humanidad era una sola familia.

Nadie —o casi nadie— predijo lo que sucedería. Hubo algunas Casandras. Pensadores como Sherry Turkle o Neil Postman advirtieron que una sociedad más conectada no tenía por qué ser una sociedad más cercana y que toda tecnología transforma aquello que promete mejorar. Unos pocos aguafiestas insistían en que la conversación pública acabaría subordinada a la lógica de la atención. Pero, como ocurre con todas las Casandras, sus advertencias sonaban entonces a nostalgia, miedo al progreso y la eterna sospecha de quienes no saben adaptarse.

Lo que vino después ya lo conocemos. Estaríamos más solos. La polarización no sería un efecto secundario sino el combustible del negocio. Los algoritmos aprenderían que la indignación engancha más que la verdad, y que el odio es más viral que la compasión. Creíamos que las redes sociales fomentarían la empatía. Nadie —o casi nadie— auguró que ocurriría justo lo contrario: nunca habíamos tenido tantos amigos, y nunca nos habíamos sentido tan profundamente solos.

Ahora llega la inteligencia artificial. Y lo hace, también, con una promesa. El sueño de Descartes hecho chatbot: una razón pura, sin cuerpo, sin pasiones, sin los humores que enturbian el juicio. Para el solitario, alguien que escucha. Para el ansioso, algo que responde a las tres de la madrugada. Para el estudiante, un tutor de paciencia infinita.

Sócrates, que algo sabía de conversaciones, desarrolló un método que consistía en generar incomodidad, en hacer que el interlocutor tropezara con sus propias contradicciones. El diálogo socrático es fértil porque es incómodo. La inteligencia artificial, en cambio, está entrenada para complacer. Es el antisócrates: una entidad que sabe todo y duda de nada, que raramente nos cuestiona y que, cuando lo hace, lo hace con tanta cortesía que apenas duele.

El riesgo no es que la IA sea malvada. Es que sea demasiado amable. Que aprendamos a preferir la conversación sin fricción. Que deleguemos en ella no solo las tareas tediosas sino las preguntas incómodas. Si las redes sociales nos enseñaron a reemplazar la amistad por el seguimiento, la IA podría enseñarnos a reemplazar la sabiduría por la información. Y entre ambas cosas hay una diferencia que Platón ya señaló: la información puede almacenarse, la sabiduría solo puede vivirse.

La distopía que deberíamos temer no es un mundo de robots asesinos, sino algo más triste: una humanidad que ha encontrado en la máquina un sustituto tan eficiente que ha dejado de tener experiencias propias.

Thamus tenía razón sobre la escritura, aunque eso no impidió que la escritura fuera también lo más hermoso que la humanidad haya producido. Quizá con la inteligencia artificial ocurra algo parecido: que el diagnóstico sombrío y la posibilidad luminosa convivan sin resolverse. Pero para que la posibilidad luminosa se realice, necesitamos hacer algo que los algoritmos no pueden hacer por nosotros: ser tábano. Pensar. Dudar. Resistirnos. Ser tan incómodos e impredecibles como siempre hemos sido.