¿Cuatro años para dar una respuesta? Parece que los tiempos de la Iglesia son otros.
Desde que ChatGPT fue engendrado, el mundo tecnológico ha vivido en una competición desenfrenada por llegar antes. La carrera de la IA se ha convertido en el metrónomo al que el resto del mundo, quiera o no, ha tenido que bailar. Los grandes modelos de lenguaje nos han acostumbrado a que cualquier pregunta, por compleja que sea —filosófica, médica, jurídica, existencial—, merece unos segundos como respuesta. Confundimos velocidad con inteligencia. Vivimos en una cultura sin demora. Todo debe ser inmediato: la comunicación, el deseo, la producción, la opinión y hasta el duelo. El tiempo de espera se ha convertido en una anomalía. Pensar despacio empieza a parecer una forma de incompetencia.
Tomarse cuatro años en este momento histórico es un acto de heroísmo. León XIV resistió la presión de lo urgente para honrar la gravedad de lo importante. A veces, la valentía consiste, precisamente, en no hacer. Para el valiente, “actuar es reposar”.
En Doce hombres sin piedad, la cámara de Sidney Lumet refleja esta tipología de coraje. Once jurados quieren juzgar rápido e irse a casa. El muchacho acusado parece culpable. Todo resulta evidente. Solo uno, el número 8, se niega a votar. No porque esté seguro de la inocencia del acusado, sino porque considera obsceno decidir el destino de un ser humano con esa rapidez. La película es una defensa de la lentitud moral frente a la precipitación colectiva. Es, justamente, esa resistencia la que termina salvándolo todo y a todos. Magnifica Humanitas ha nacido del mismo impulso de demora: antes de pronunciarse sobre algo que afecta a la humanidad entera, hay que sentarse, escuchar y tomarse el tiempo que el asunto merece.
En el actual contexto de aceleración, que la Iglesia Católica haya tardado cuatro años en articular su posición sobre la IA es una declaración de principios. Los cuatro años no son un retraso sino la condición de posibilidad del documento. Sin duración, no hay pensamiento porque el tiempo verdadero, el vital, es el tiempo vivido desde dentro, el tiempo que madura. El tiempo real no transcurre, crece. No pasa: espesa. Los cuatro años de Magnifica Humanitas son 1.460 días de sedimentación: de conversaciones que cambian a quienes las tienen. Sin esa duración, el documento sencillamente, no habría podido ser. La duración no es el envase del pensamiento. Es su materia prima.
La poderosa voz que recoge la encíclica surgió, según explicó el propio León XIV, de escuchar a científicos, ingenieros, políticos, padres y maestros, pero también —dijo— “otras voces muy inquietantes” relacionadas con armas autónomas y sistemas capaces de generar exclusión. El padre Brendan McGuire, antiguo ingeniero de Silicon Valley reconvertido en sacerdote, habla de un diálogo de diez años entre la comunidad tecnológica y la Santa Sede. Diez años de encuentros. Diez años de escucha. Diez años de reformulación.
Pensar es, por definición, detenerse. El pensamiento es la actividad que interrumpe el flujo de la acción para examinarlo. Sin ese stop no hay juicio moral posible, solo conducta automática. La cultura sin demora elimina no solo el tiempo de reflexión sino la posibilidad misma del juicio, que como afirma Hannah Arendt, es la facultad política por excelencia. La banalidad del mal, recordaba la filósofa, no nació de monstruos sino de personas que nunca se detuvieron a pensar.
La encíclica resulta interesante no solo por lo que dice, sino por la forma temporal de la que emerge. Irónicamente, el hecho de que haya tardado cuatro años es la prueba irrefutable de que fue escrita por humanos. No nace de una lógica de optimización, sino de un proceso de discernimiento comunitario. Borradores, desacuerdos, escucha, reformulaciones. Exactamente aquello que un modelo de lenguaje no puede experimentar: la responsabilidad de tener que convivir con las consecuencias de las propias palabras.
La política, que debería ser el espacio institucional de esa deliberación, ha capitulado ante el paradigma temporal que la encíclica critica. Los ciclos electorales han colonizado el tiempo del pensamiento político: hoy se gobierna en modo reactivo, respondiendo a la última encuesta, al último escándalo, al último trending topic. La demora —ese espacio entre el estímulo y la respuesta donde ocurre el juicio— ha sido expulsada de la vida política. Nadie escucha. Nadie se hace cargo de lo que dice.
León XIV sube a la tribuna y le dice a Silicon Valley que la propiedad privada de la IA no es absoluta; que algoritmos, patentes, plataformas digitales e infraestructuras tecnológicas deben considerarse bien común. Ningún jefe de Estado se ha atrevido a formularlo con esa claridad. Hay en Magnifica Humanitas algo de la vieja parresía cívica: el coraje de decir públicamente aquello que una sociedad preferiría no escuchar.
El Papa conecta la historia de la esclavitud colonial con la cadena de suministro del iPhone; rompe con la fantasía inmaterial de «la nube» y recuerda que detrás de cada prompt hay minas, trabajadores invisibles, consumo energético y cuerpos explotados; propone un socialismo de los datos; convoca a los sindicatos y les recuerda que su papel no es decorativo; impugna el dogma neoliberal de que el mercado se autorregula y distribuye bienestar por defecto; cuestiona los modelos educativos reducidos a la capacitación técnica y el rendimiento productivo; advierte de que quien controla la tecnología termina condicionando la democracia.
Ninguna de esas verdades es popular. Ninguna le granjeará aplausos en Davos. Y sin embargo las dice, con la serenidad de quien sabe que la función del que ocupa esa tribuna no es gustar sino alumbrar.
La crítica más radical al capitalismo digital no la ha escrito ningún partido de izquierda ni ningún think tank progresista. Ha llegado desde una institución bimilenaria que todavía conserva algo que nuestra época considera un defecto: tiempo para pensar.
Esperemos que a León XIV no le hagan un Juan Pablo I.