El gigante asiático nunca ha tenido buena fama, sobre todo si consideramos las décadas en las que el régimen ha hecho estragos con su dictadura. Sin embargo, en menos de cinco años, la percepción de una de las naciones más grandes del mundo está dando un giro radical: un lavado de cara que utiliza sofisticadas técnicas de poder blando para difuminar las atrocidades cometidas hasta ahora.
En un momento histórico tan convulso, donde Estados Unidos suele interpretar al villano por antonomasia, los demás países están redefiniendo su identidad y su comunicación. Lo hacen con nuevas estrategias que permiten apreciar las bondades de sus gobiernos mediante una apertura nunca vista. Asia está «con el guapo subido» e influye cada vez más en nuestras vidas. Desde Japón y Corea del Sur hasta Indonesia, Tailandia y China, el universo cultural de Oriente tiene un peso incuestionable.
De hecho, China es el referente por excelencia en materia de soft power, capaz de hacer equilibrismos entre sus tensiones geopolíticas con Taiwán y el lanzamiento global de los Labubu. Es una potencia capaz de generar una verdadera histeria colectiva en torno a la cultura del cuteness (lo tierno o mono), transformando un simple producto comercial en uno de los objetos más deseados del mercado actual.
Entre tendencias de TikTok y el algoritmo de la simpatía
Otro de los pilares fundamentales en esta escalada de simpatía es TikTok, donde se ha vuelto viral el trend de «volverse chino». Se trata de videos donde usuarios jóvenes muestran su supuesta transformación cultural a base de beber agua caliente al despertarse o replicar las rutinas cotidianas más típicas del país comunista.
La línea entre la propaganda y las técnicas de poder blando es sumamente sutil; a veces ambas se cruzan y se entrelazan, volviendo complejo trazar la frontera. Estamos acostumbrados a la propaganda clásica que todos los Estados ejercen en mayor o menor medida, pero resultar agradable y gustar es un paso más allá. A menudo se logra mediante acciones imperceptibles que modifican la percepción de la población, tanto dentro como fuera de sus fronteras.
El soft power ayuda a disipar las fricciones hacia una nación y genera una imagen sólida y amable a través de una miríada de actividades muy eficaces. Los Labubu son solo una pieza de este engranaje. En esta misma dirección, el extenuante trabajo de sus equipos de comunicación se enfoca en consolidar una nueva narrativa impulsando, por ejemplo, una mayor integración del Año Nuevo Chino y sus festividades en las principales capitales occidentales. Cada detalle se diseña al milímetro para propiciar un cambio lento e inexorable.
Está claro que, desde hace un tiempo, esta superpotencia está conquistando el corazón de una vasta legión de seguidores. Y lo hace con amabilidad y buen rollo, casi sin que nos percatemos de ello.
El contraste de las dos superpotencias
Se abren las fronteras para que los turistas descubran las bellezas del país y la hospitalidad de su gente. En los foros internacionales se alaba su eficiencia energética y el ambicioso programa de actualización de la sanidad pública. Los extranjeros que residen allí se muestran encantados con una capacidad para solventar los problemas de salud como en ningún otro lugar, mientras que el merchandising impulsado por plataformas como Temu llega a los rincones más recónditos del globo. Incluso firmas como Adidas se suman al fenómeno con colaboraciones especiales para el año zodiacal.
Mientras tanto, la antigua superpotencia estadounidense despliega portaaviones y amenazas con su lema de siempre, basado en la fuerza y el conflicto. Son dos estrategias completamente distintas, situadas en las antípodas de la comunicación; tan estridentes entre sí, pero igual de eficaces para captar el interés de la comunidad internacional.
El cambio respecto a los niveles de contaminación ha sido abrumador. Esas imágenes de Pekín envuelta en una capa espesa de esmog parecen de hace un siglo, más cercanas a las ilustraciones de la Primera Revolución Industrial que a la realidad de hoy. En definitiva, Xi Jinping está on fire, limpiando los residuos de una mala prensa internacional que ahora, a menudo, opta por callar. Mientras nos crispamos con los focos de violencia norteamericanos, se diluyen las noticias sobre el control ciudadano y el crédito social que antes se difundían sin cesar, retratando la sumisión de la población como una distopía al estilo de El juego del calamar.
La diplomacia del pato laqueado y el giro de guion
Ahora todo parece positivo y entrañable como un Labubu. Olvidamos en un pestañeo el peligro que intuíamos en el país y participamos en el Año Nuevo Chino como si fuera una festividad propia, atraídos como moscas por su estética exótica.
Sus detractores acusan al gigante asiático de mantener un régimen comunista hermético, mientras otros apuntan a una estructura de capitalismo liberal sin escrúpulos. Sea como sea, no paramos de hablar de él, fascinados por una realidad que aún conocemos muy poco y que nos resulta vanguardista. La percepción está cambiando de manera irreversible: de golpe, China es un referente en tecnología, comercio y un partner fiable para los negocios, respaldado por un goteo constante de casos de éxito y el magnetismo de su cultura.
Por no hablar de la gastronomía, que nos conquistó hace años. Hemos pasado de los clásicos rollitos de primavera de la cocina cantonesa a los noodles y las empanadillas al vapor en todas sus variantes. Los baos se han convertido en el equivalente al pan de los dioses, la cocina de Sichuan es tendencia absoluta y el último en conquistar nuestros paladares es el pato laqueado. Como diríamos en España: «¿A quién no le va a gustar un pato laqueado de la dinastía Ming del siglo XIV?»
A nivel estratégico, el fenómeno es tan potente que incluso cuando EE. UU. amenaza con vetar TikTok, se genera un efecto bumerán que empuja a muchos occidentales a explorar las redes sociales asiáticas y descubrir una faceta más humana y cercana de su población, rompiendo antiguos prejuicios. Mientras los dragones bailan su danza sinuosa, se minimiza el riesgo del control masivo y nos quedamos con el dato de que China ha reducido sus emisiones a un ritmo de vértigo. Coches eléctricos, paneles solares e infraestructuras colosales llenan los informativos, abriendo una ventana a un mundo tecnológico que antes asociábamos erróneamente a productos baratos y de mala calidad.
El resurgir de Oriente
Xi Jinping y el Partido Comunista se frotan las manos. Su popularidad internacional rara vez había sido tan alta. No porque las dinámicas internas del gobierno hayan cambiado, sino porque ha cambiado la forma en que los miramos tras este retoque estético de precisión quirúrgica.
De pronto, ya casi nadie menciona a Ai Weiwei ni sus críticas a la censura. Aquellos colectivos que recogían firmas contra la vulneración de derechos en las plazas públicas han desaparecido del paisaje urbano. Temas que hasta hace nada ocupaban la opinión pública —como las sospechas y teorías sobre el origen de la pandemia en un laboratorio— hoy se perciben como algo demodé. ¿Que Trump impone aranceles? Los empresarios asiáticos sugieren deslizar los nombres de las marcas occidentales que producen gran parte del lujo global en sus fábricas. Ya ni siquiera suena a represalia; se percibe casi como un favor informativo hacia los consumidores.
Todo está tan bien hilado y estructurado que asusta lo atractiva que se ha vuelto China de la noche a la mañana. Es el poder de la comunicación, donde incluso un ejército de influencers locales despliega una sutil actividad diplomática que dispara el deseo de viajar a una región inmensa.
Atraer o morir es una de las leyes de la naturaleza, y China la está usando para proyectarse como el próximo líder de la empatía global. La Ruta de la Seda se ha vuelto digital, y nuestra fascinación por la superpotencia aumenta con cada nueva tendencia. Es el retrato de la decadencia de Occidente y el resurgir de Oriente en el tablero del ajedrez mundial.