Cuando Nietzsche escribió que «Dios ha muerto» en 1883, no estaba celebrando una liberación: estaba señalando un vacío. Advertía que, al desaparecer los valores trascendentes que estructuraban la vida occidental, algo ocuparía su lugar. Y así fue. En el siglo XXI, ese vacío ha sido colonizado por una nueva fe: el crecimiento económico.
Dogmas del siglo XXI: el crecimiento como fe
El crecimiento ha devenido dogma. Se le rinde culto en cada boletín del FMI, en cada euforia bursátil que ignora el malestar social, en cada informe que canta repuntes del consumo como si fueran milagros. Como todo dios celoso, exige exclusividad: no admite límites, dudas ni alternativas.
Su lógica es sencilla: si algo crece, es bueno; si se estanca, es preocupante; si decrece, es pecado capital —nunca mejor dicho—. Esta moral contable rige hoy las decisiones políticas, condiciona los derechos sociales y modela los horizontes vitales. No importa si lo que crece es la desigualdad, la ansiedad o las emisiones. Mientras haya más, se aplaude.
Lo más inquietante es su aura de inevitabilidad. Nadie parece saber qué ocurriría si dejáramos de crecer. Nadie quiere saberlo tampoco. El capitalismo no se sostiene ya sobre la promesa de bienestar, sino sobre la amenaza del vacío. Ha dejado de ser un sistema económico: es una religión sin dioses, pero con dogmas. Y aunque no haya dioses, sí hay iglesia: una élite global que predica desde las cúpulas del capital financiero, los algoritmos y las grandes plataformas. Son los nuevos señores feudales del siglo XXI, no ungidos por la gracia divina, sino por el dividendo. El primer dogma es este: nada puede detener el crecimiento.
La piedra angular que sustenta el dogma es el Producto Interior Bruto. Diseñado en los años treinta por el economista Simon Kuznets como parte del sistema estadounidense de contabilidad nacional, el PIB fue concebido como un instrumento para cuantificar la producción de bienes y servicios en contextos de crisis.
No nació para medir el bienestar. De hecho, el propio Kuznets —Premio Nobel de Economía en 1971— advirtió desde el inicio que «es muy difícil deducir el bienestar de una nación a partir de su renta nacional». En 1962 fue aún más claro: «Los objetivos de más crecimiento deberían especificar de qué y para qué». Pero sus advertencias fueron ignoradas.
Décadas más tarde, Joseph Stiglitz criticaría el uso acrítico del PIB como indicador absoluto del progreso, denunciando lo que llamó «el fetichismo del PIB»: una obsesión cuantitativa que confunde producción con prosperidad y crecimiento con bienestar real.
A lo largo del siglo XX, convertimos el PIB en tótem: el número que ordena reformas, recortes e inversiones, aunque no mida salud, equidad ni bienestar. Es una ficción poderosa a la que atribuimos virtudes morales y políticas: nadie lo ve ni lo toca, pero todo orbita a su alrededor. Como en el cuento de Andersen, seguimos aplaudiendo el desfile del emperador sin admitir lo obvio: el crecimiento puede avanzar desnudo mientras el bienestar camina por otro lado. La pregunta no es cuánto crece el PIB, sino qué y a quién hace crecer.
Durante la pandemia de COVID-19, esa disociación entre crecimiento financiero y bienestar real alcanzó tal expresión que demostró los cimientos tan fuertes que tiene en nosotros la ficción del capitalismo como única vía posible. «La bolsa de tecnología Nasdaq registró un récord tras otro», informaba Deutsche Welle en agosto de 2020. Pero el contraste más brutal no se quedó en lo simbólico: tomó cuerpo en lo material.
Según Oxfam, los diez hombres más ricos del planeta duplicaron con creces su fortuna durante la pandemia, pasando de 700.000 millones a 1,5 billones de dólares. Con ese incremento se podría haber financiado una vez y media el coste total estimado para erradicar el hambre en el mundo hasta 2030. Es decir, con el excedente acumulado por diez personas durante una emergencia global se podría haber eliminado una de las formas más básicas de sufrimiento humano. El problema no es la falta de recursos: es, una vez más, su distribución.
La riqueza generada por la especulación bursátil durante la crisis no se redistribuyó para contener el hambre, reforzar la sanidad o garantizar vacunas para todos. Ese milagro no figura entre los que el capitalismo sabe conceder. Se acumuló en los mismos nodos de poder de siempre. Mientras las bolsas subían, más personas morían por hambre que por COVID-19, alertaba Oxfam. Pero eso no entró en las métricas del PIB. No alteró la ficción del crecimiento. De hecho, la reforzó.
Estos datos revelan la estructura moral del capitalismo contemporáneo: una economía desconectada de la vida. Un sistema capaz de crecer sin curar, de recuperarse sin incluir, de avanzar mientras deja atrás a millones. Un sistema que sigue funcionando porque seguimos creyendo en la ficción del crecimiento. Aunque ese crecimiento ya no implique bienestar, ni justicia, ni futuro.
Y como en toda religión, también tiene su infierno, reservado a quienes no producen, no consumen o no pueden sostener el ritmo. Que millones de personas vivan en la calle mientras sobran casas, recursos y soluciones no es un fallo del sistema: es parte de su liturgia disciplinaria. Países como Noruega han demostrado que erradicar el sinhogarismo es posible. En menos de tres décadas, han reducido su tasa a apenas 0,62 personas sin hogar por cada mil habitantes —una cifra casi cuatro veces menor que la de Estados Unidos— gracias a políticas sostenidas, un enfoque centrado en la vivienda permanente y una estrategia nacional coordinada entre Estado, municipios y sociedad civil.
En el corazón de este credo moderno, el crecimiento no es una herramienta: es un fin absoluto. Como profetizó sin querer Patricia Manterola en 2002: «Que el ritmo no pare, no pare, no». Fue la sintonía de la Vuelta a España, pero sirve como lema de esta religión sin dioses: aquí no se promete paraíso; solo se exige pedalear.
El templo del capital: publicidad, deseo y salvación
La publicidad ya no vende productos: fabrica sentido y deseo. Sus mantras —Just do it, Porque tú lo vales, Destapa la felicidad— ofician una liturgia laica donde el mercado es altar y el precio, palabra revelada. La salvación no llega tras la muerte, sino tras una compra satisfactoria. Y cuando no lo es —cuando el producto se rompe, no encaja o no transforma nuestra vida como prometía— no cuestionamos el sistema. Culpamos al producto o a nosotros por no elegir bien —ni comparar, ni leer, ni decidir—, pero, sobre todo, por no ser un buen discípulo.
Lo más perverso de este ritual no es su intensidad emocional; es la legitimidad económica y social que lo sostiene. En el capitalismo contemporáneo, lo que tiene precio se asume de forma automática como valioso. El mercado es el altar y el precio, su palabra revelada. Desde la crítica formulada por Mariana Mazzucato, la economía dominante ha desplazado el debate sobre el valor hacia una concepción puramente subjetiva, donde ya no importa cuánto trabajo, conocimiento o utilidad encierra un producto. Lo único que cuenta es cuánto está dispuesto a pagar el consumidor.
Como en un Pentecostés neoliberal, el precio desciende sobre las mercancías y les otorga su alma. Como ciertos altos cargos eclesiásticos que predicaban la humildad mientras acumulaban riquezas y privilegios, los extractores de valor no crean nada divino, pero viven como si fueran ungidos por el mercado. No alimentan al rebaño, pero se reparten el diezmo.
Y, sin embargo, en el imaginario contemporáneo, esa distinción entre producir y capturar se ha vuelto invisible gracias a la liturgia de la publicidad. En línea con Mazzucato, el capitalismo contemporáneo ha naturalizado la idea de que todo lo que tiene precio crea automáticamente valor. Una asunción que, además de ser confusa, responde a una lógica profundamente ideológica: en lugar de preguntarnos qué aporta en realidad a la sociedad, aceptamos el precio como una revelación indiscutible del valor, aunque el aporte a nuestro planeta, más allá del económico, sea profundamente negativo. El precio actúa como dogma: legitima lo absurdo, absuelve lo inútil y consagra lo especulativo.
Esto se vuelve especialmente alarmante en la economía digital, donde las grandes plataformas tecnológicas obtienen la mayor parte de sus beneficios no por lo que producen, sino por los anuncios que venden. Actividades improductivas como rastrear clics o empaquetar datos personales se contabilizan como crecimiento en el PIB, mientras los servicios que de verdad usamos ni siquiera figuran como valorados.
Naomi Klein lo llamó «capitalismo del desastre»: una arquitectura económica que necesita crisis para avanzar. Dicho en clave alegórica, cada crisis convoca a un viejo dragón y a sus dos bestias. Una representa el poder político, que impone normas, reprime y controla; la otra, el poder económico, que seduce, vende y convierte todo en mercancía.
En el mundo actual, ese dragón es el miedo, usado de forma estratégica para justificar decisiones drásticas. Es lo que Naomi Klein llamó la «doctrina del shock»: aprovechar situaciones traumáticas para aplicar políticas que, en condiciones normales, generarían rechazo. La primera bestia sería el pensamiento neoliberal, que recorta derechos y servicios públicos en nombre de la eficiencia. La segunda, el mercado global, que convierte casi todo lo que necesitamos para vivir —agua, aire, salud, vivienda— en algo con precio, pero no siempre con acceso.
Y así, como en el Apocalipsis, todo el mundo termina inclinándose ante un número. No el del cordero, sino el de la bestia. Según el texto bíblico, nadie podía comprar ni vender sin llevar la marca de la bestia o el número de su nombre. Hoy, ese número se ha reencarnado en otros códigos: el PIB, la cotización en bolsa, el precio del petróleo o la rentabilidad trimestral. Como en la visión de Juan en Patmos, el dragón entrega su poder a las bestias, que actúan como intermediarias del caos: no redimen, pero facturan, como diría Shakira.