Querido amigo:
Estás enfadado. Y tienes razón.
Has descubierto que el mundo no funciona como te prometieron. Que el mérito no garantiza nada. Que el esfuerzo no acumula estabilidad, sino desgaste. Y que el futuro se ha convertido en un territorio extranjero al que tú no tienes derecho de entrada.
Necesitas un culpable y alguien te ha señalado a tus padres.
Te han dicho que ellos compraron casas por el precio de un coche. Que ellos heredaron estabilidad y te han legado incertidumbre. Que vivieron mejor y que, en algún momento, decidieron cerrar la puerta tras de sí.
Y tú lo has creído porque el relato parece convincente.
Te han enseñado a pronunciar la palabra boomer con desprecio. Te ha dicho que el boomer es el propietario satisfecho, el jubilado blindado, el beneficiario de un Estado del bienestar que él mismo destruyó después de habitarlo. El boomer es quien compró barato, vivió estable y ahora te pide sacrificios desde la seguridad de su salón en propiedad. El boomer es el ladrón de tu futuro.
Te han dado un enemigo visible para que no veas el mecanismo invisible.
El boomer tiene rostro. El neoliberalismo no. El boomer vive en un piso que tú ves desde la puta calle. El sistema que te aliena es una abstracción sin dirección postal. El boomer puede ser odiado. El sistema solo puede ser transformado.
Pero el boomer no es tu enemigo,es tu coartada para la desesperanza, para abandonarte a la indiferencia, para ser lastre de la historia, para desactivar la transformación, para cerrar la puerta de todo futuro posible.
Cada generación vivió sostenida por una certeza: el futuro está abierto.
Como nos muestra Ernst Bloch, la existencia humana no se agota en el presente, vivimos en la tensión entre el ya y el todavía no. El ya es el mundo que has recibido: los derechos conquistados, las libertades heredadas, las seguridades construidas por quienes te precedieron. El todavía no es el mundo que aún no existe y que depende de tu acción, la sustancia misma de la esperanza humana. No vivimos solo en lo que es, sino en lo que puede llegar a ser.
Durante siglos, cada generación habitó esa tensión como una responsabilidad. Recibía un mundo incompleto y se sentía obligada a continuarlo. Sabía que la historia no era tanto una herencia que conservar, como una tarea que proseguir. Cada generación es un relevo. La historia, una carrera de antorchas en la que los mayores legan sus canequitas a los más jóvenes para que perseveren en el camino hacia la liberación.
Has heredado derechos y libertades por los que no tuviste que luchar. Has entrado en un mundo cuyas conquistas te parecen naturales, como si hubieran existido siempre. Y, al mismo tiempo, has dejado de sentir que debas ampliarlo. Has aceptado los frutos, pero has abandonado la siembra. Habitas exclusivamente el ya. Has dejado caer el testigo. Actuar es introducir el todavía no en el corazón del ya. Es negarse a aceptar que el mundo está terminado. Pero tú has dejado de creer que el mundo pueda mejorar, y por eso no actúas. Y al no actuar, confirmas tu propia profecía.
No te han derrotado. Te has retirado.
Las sociedades, cuando no pueden explicar sus contradicciones, las dramatizan. Transforman tensiones sistémicas en antagonismos personales. Es un mecanismo antiguo: el poder más eficaz no es el que reprime, sino el que manipula los simbolos con los que los individuos interpretan su sufrimiento.
Tu precariedad es estructural. No depende de la voluntad de tus padres. Es el resultado de un sistema económico que ha descubierto que puede funcionar sin garantizar estabilidad a quienes lo sostienen.
Un sistema no puede ser odiado. No tiene cuerpo. No tiene rostro. No tiene biografía.Tus padres sí.
Experimentas la sensación difusa de que tu situación no solo es injusta, sino inevitable. De que no hay alternativa. De que lo único que queda es redistribuir la culpa. El conflicto generacional es el teatro moral de esa impotencia. El resentimiento es el afecto propio de quien no puede actuar sobre la causa real de su sufrimiento y necesita inventar un culpable.
“Boomer” no es una categoría real. Es una simplificación narrativa. Una de las operaciones más peligrosas del pensamiento político es la transformación de individuos en abstracciones. Dentro de lo que llamas boomer hay pobres y ricos, protegidos y vulnerables, privilegiados y derrotados. Muchos de ellos no heredaron estabilidad, sino que la construyeron lentamente. Pero la narrativa que consumes necesita borrar esas diferencias para producir una ficción: la idea de que existe un sujeto colectivo que tomó decisiones egoístas contra ti.
No es sociología. Es teología secular. El boomer al que señalas es una figura metafísica: el habitante de un paraíso perdido que ahora te niega la entrada.
Tu enfado es real. Pero ha sido cuidadosamente orientado hacia un objeto que no puede cambiar nada. El conflicto generacional cumple una función decisiva: canaliza la frustración sin amenazar el sistema que la produce. Te permite odiar sin comprender. Te permite protestar sin cuestionar. Te permite sentirte rebelde mientras sigues siendo funcional.
El boomer no te robó el futuro; fue el último en tener uno. El cambio que ansías solo es posible cuando la esperanza se contagia de una generación a otra. Pero la pulsión revolucionaria que siempre acompañó al espíritu joven, en ti se ha degradado hasta convertirse en mero instinto de supervivencia.
El verdadero escándalo no es que tus padres vivieran mejor que tú, sino que tú hayas dejado de esperar que tus hijos vivan mejor que ellos.