¿Qué cuentan de nosotros las cosas que diseñamos?
Hace una semana visité el V&A East de Londres y esa pregunta me acompaño durante toda la visita. El museo es un enorme almacén donde el V&A expone parte de su archivo de cultura material. Mobiliario, moda, arte, arquitectura, artes decorativas, de épocas y disciplinas distintas, conviviendo sin demasiada jerarquía. El V&A East quiere ser un lugar abierto para el debate, la reflexión, el aprendizaje, el juego. Entré como quien visita un museo sin más. Salí con una incomodidad de la que todavía no me he recuperado.
Cuando miramos objetos del pasado, la distancia del tiempo nos ayuda a ver la estructura cultural, económica y política que les dio forma. Por ejemplo, una cúpula original del Palacio de Torrijos con artesonado árabe que podemos encontrar en los pasillos de este museo en Hackney Wick, comprime siglos de aculturación y más tarde apropiación y poder en una estructura decorativa. Muebles burgueses de salón con motivos orientales y maderas de procedencia lejana apuntan directamente a economías extractivas, y en muchísimos casos a la esclavitud. Vestidos que hoy miramos con la nostalgia estética de una serie de época propia de Netflix eran aparatos restrictivos y disciplinadores que las mujeres llevaban sobre el cuerpo cada día. O la cocina de Frankfurt de Margarete Schütte-Lihotzky, diseñada en 1926 para liberar tiempo a las mujeres trabajadoras.
Lo que hace el V&A East es poner estos objetos bajo una luz que deja ver con total transparencia los valores, las ideologías y los sistemas que los produjeron. Imperialismo, colonialismo, patriarcado, explotación de recursos, pero también grandes o pequeños intentos de emancipación y sus fracasos. Con los artefactos del pasado esta lectura cultural y política es sencilla y reveladora. Con los del presente, algo se nubla. Dejamos de ver el contexto que ancla cada decisión de diseño en el mundo. Las fuerzas que lo producen, los sistemas que lo sostienen, las vidas que afecta. Todo eso que en el V&A se ve con tanta claridad desaparece cuando es sobre el ahora. Yo lo sé bien. Me he dedicado al diseño toda mi vida. He tomado decisiones de diseño creyendo que eran cuestiones prácticamente técnicas, dejando fuera aspectos que pueden afectar de manera crítica a quienes lo usan y a otras capas del ecosistema.
Sin embargo, una vez que el museo te entrena la mirada con los objetos del pasado, podemos comenzar a ver lo que sucede con los del presente. ¿Qué se desprende cuando miramos los productos, tecnologías, experiencias o proyectos de diseño más paradigmáticos de nuestro tiempo? Capitalismo de plataformas, precarización, concentración de poder, extractivismo de datos, robo de la atención y del tiempo personal, consumismo anestesiado, guerra cultural.
En un futuro V&A, si alguien quisiera explicar quiénes fuimos, ¿qué expondría?
Ya no nos sirve exponer una silla o un exprimidor. Durante décadas el exprimidor fue el icono perfecto del diseño industrial, el objeto que todo el mundo ponía de ejemplo. Hoy el zumo se compra embotellado en plástico en la sección del supermercado de turno. El objeto ha sido sustituido por un sistema logístico. En el museo de dentro de doscientos años, la vitrina dedicada al primer cuarto del siglo XXI contendría algo muy distinto. Una batería portátil de móvil. Un tupperware. Un stories. Unos AirPods. Un vaso de papel y su tapa de plástico. Un código CAPTCHA. Un parche de insulina. Un meme. Una megamochila de reparto a domicilio. Una camita para perro. Un pasaporte. Un botón de «Me gusta». Una camara de vigilancia. Una maleta de cabina. Un catéter de quimioterapia. Una contraseña del WIFI. Un bitcoin. Un chatbot. La fachada de una casa de pueblo, un pueblo sin bar ni colegio. Porque la despoblación es también un objeto de diseño.
No son cosas bellas ni especiales. No tienen autor o autora reconocible. Pero describen con precisión el presente. Cuerpos medicalizados, trabajo permanente, movilidad constante, atención monetizada, afectos mediados por interfaces, supervivencia en plataformas.
La vitrina también incluye al famoso rectángulo de píxeles que aparece cincuenta veces al día en la vida de cualquier persona conectada. El banner de cookies. Ese aviso que nos informa de que van a rastrear nuestra actividad y que está diseñado, con precisión milimétrica, para que pulsemos «aceptar» casi por desesperación. Es el único artefacto de diseño contemporáneo que confiesa abiertamente que hay algo de lo que deberías protegerte y al mismo tiempo está construido para que no lo hagas.
Dentro de doscientos años, alguien lo mirará y entenderá con una claridad escandalosa el pacto que aceptamos. Sabíamos que nos vigilaban, que nos convertían en recurso. Nos lo decían.
Pero se me ocurre que en esa misma vitrina, en un lugar destacado, habrá también un sombrero de pava, una casita rosa a escala y una camiseta con el nombre «Ocasio» en la espalda. Porque si el banner de cookies es diseño que oculta, lo que Bad Bunny acaba de montar en la Super Bowl es diseño que muestra.
Un formato, un contenido de trece minutos vistos por millones de personas. En el centro del campo, una casita rosa, un pueblo entero recreado sobre el césped de un estadio de Santa Clara, California. Cientos de performers caracterizados de caña de azúcar y vegetación tropical porque la NFL no permitía estropear el césped con ruedas, así que el equipo de producción convirtió a personas en paisaje. Bad Bunny caminó entre cortadores de caña con esos sombreros de pava mientras cantaba «Tití Me Preguntó».
Dentro de la casita, decenas de artistas. Entre ellos Ricky Martin y Lady Gaga, que apareció con un vestido de marca local y una flor de maga. No el MAGA de Trump, sino la flor nacional puertorriqueña. Durante «El Apagón», canción protesta sobre la crisis eléctrica, la corrupción y la gentrificación, los bailarines treparon por la preciosa escenografía.
No es una lectura aislada. La artista e investigadora mexicana Suana Vargas desde hace años señala cómo el reguetón y en particular la figura de Bad Bunny, funciona como un dispositivo cultural capaz de hacer legibles las tensiones sociales y políticas globales. Como ella misma dice en su tésis “colonialismo y descolonización, raza, género, sexualidad, alegría y resistencia”. Analiza el reguetón no solo como género musical, sino como una pedagogía política que se cuela en los espacios del capitalismo cultural.
Pues bien, todo esto sucedía en el espectáculo de la Super Bowl mientras el Departamento de Seguridad Nacional comunica que no hay agentes de ICE en el estadio y Turning Point USA monta un contrashow con Kid Rock como respuesta patriótica. Mientras tanto Bad Bunny lleva un outfit entero de INDITEX. Y cierra diciendo «God bless America» nombrando uno a uno todos los países del continente americano y sus banderas ondean por el campo. Todo esto filmado como el mejor videoclip del momento. Distribuido y compartido en real time a través de todas las redes sociales.
Esto es diseño. Todo es diseño. El arquitecto Nacho Martín, en su reciente libro Mega: Las 7 maravillas del mundo digital ha analizado este tipo de performances, como experiencias y construcciones, ya sean físicas, digitales o simbólicas, capaces de condensar un momento histórico entero.
Ahora pienso en el artesonado del Palacio de Torrijos que vi en el V&A East. Dentro de doscientos años, la casita de Bad Bunny podría ocupar el mismo lugar en un museo. Y contaría una historia igualmente densa. La diáspora actual, el nuevo colonialismo, la resistencia cultural, en este caso a través del arte, la gentrificación que expulsa a los habitantes de sus propias casas, la existencia de organizaciones de control y odio como el ICE, su presencia en un evento masivo, el hecho de que «America» se presente de nuevo como un continente entero y no un solo país. Pero que EEUU deje de ser una excepción y pase a funcionar como síntoma adelantado de un declive occidental más amplio.
Y el momento exacto en que un artista latino decidió usar los trece minutos más caros de la televisión mundial para decir todo, sin traducción, sin disculpas. La diferencia es que esta vez no necesitamos doscientos años para verlo. Si queremos, claro.
El escritor italiano Silvio Lorusso escribió en su libro What Design Can’t Do que el diseño no resuelve problemas estructurales, pero es extraordinariamente eficaz haciéndolos vivibles y aceptables. El banner de las cookies hace vivible la vigilancia. La casita de Bad Bunny hace visible la resistencia. Los dos son diseño. Los dos cuentan quiénes somos. Pero operan en direcciones opuestas.
Las realidades que diseñamos cuentan todo de nosotros. El V&A East me permitió mirar el presente como si ya fuera pasado, con la distancia necesaria para ver lo que de cerca no vemos. Bad Bunny, anoche, hizo algo más difícil. Obligarnos a mirar el presente como presente.
*Stef Silva es Fundadora y Directora Creativa de Invisible, parte de Jungle