Lo inesperado se convirtió en norma, y nadie sabía ya cómo orientarse
Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso
Tucídides, historiador y general ateniense del siglo V a.C., escribió estas líneas al intentar comprender cómo el mundo griego, convencido de la solidez de sus equilibrios políticos, se precipitaba hacia una guerra larga, confusa y sin un horizonte claro de salida. No describía solo una batalla, sino el momento en que un orden entero empezaba a perder sentido, cuando las reglas que habían organizado la vida colectiva dejaban de ofrecer orientación y el futuro se convertía en una sucesión de decisiones tomadas a ciegas.
En Davos, más de dos mil años después, la sensación no era muy distinta. El Foro siempre ha querido verse a sí mismo como la cabina de mando de la globalización: un espacio cerrado y sofisticado desde el cual se vigila el panel de control del mundo. Durante unos días de enero, líderes políticos, financieros y tecnológicos se sientan juntos, comparten gráficos, cifras y promesas, y mantienen la ficción de que el sistema sigue siendo gobernable. Sin embargo, Davos 2026 se pareció menos a una cabina y más a una zona de turbulencias: demasiadas manos en los mandos, demasiados pilotos improvisados y, sobre todo, una sensación compartida de que ya nadie sabe con certeza hacia dónde se dirige el avión.
En los pasillos del Fórum ya no se hablaba tanto de crecimiento, disrupción o eficiencia. Las palabras dominantes fueron otras: preparación, contingencia, resiliencia y ese just in case repetido casi como un mantra defensivo. No como conceptos estratégicos, sino como reflejos. Como una forma de admitir sin decirlo que el mundo ha dejado de ser un proyecto colectivo y se ha convertido en una suma de planes de emergencia individuales, en una política de mínimos cuyo objetivo ya no es construir algo nuevo, sino simplemente evitar que todo se descontrole.
Antonio Gramsci escribía estas palabras desde una celda, detenido por el fascismo de su época: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en ese interregno surgen los fenómenos morbosos más variados.” No era una reflexión abstracta, sino la descripción de un sistema que se descomponía sin disponer aún de un nuevo marco para reorganizarse. En Davos, esa frase se repetía casi sin citarse: el viejo orden liberal se debilita, pero el nuevo no existe todavía, y el espacio entre ambos se llena de ansiedad, improvisación y síntomas que, hoy como entonces, resultan inquietantemente familiares.
La política de la coerción y el retorno del chantaje
El protagonista invisible de Davos 2026 fue, una vez más, Donald Trump. Incluso cuando no estaba en la sala, su sombra lo ocupaba todo. En los pasillos, en las cenas privadas y en los encuentros bilaterales improvisados, su nombre aparecía como una referencia constante, casi como una variable estructural del nuevo orden global. En un foro diseñado para celebrar la cooperación, Trump ha convertido la cooperación en una forma de transacción coercitiva: no como un horizonte compartido, sino como un intercambio condicionado, donde cada gesto de apertura viene acompañado de una amenaza implícita. Si aceptas mis términos, seguimos siendo aliados; si no, pagas el precio.
El episodio de Groenlandia fue revelador. No tanto por el territorio en sí, ni siquiera por su valor estratégico en el Ártico, sino por lo que simboliza: la normalización del chantaje económico entre socios, la conversión de la soberanía en moneda de negociación. Trump lo expresó con una frialdad casi contable: “Puedes decir que sí y estaremos muy agradecidos, o puedes decir que no y lo recordaremos”. No hay aquí diplomacia, ni multilateralismo, ni siquiera realismo clásico. Hay una lógica puramente instrumental: el poder entendido como la capacidad de imponer costes, de hacer que el desacuerdo resulte más caro que la sumisión.
Esta visión hobbesiana del mundo, el orden como resultado del miedo, se ha invertido. Ya no se trata de evitar el caos, sino de administrarlo. El miedo no desaparece, se convierte en herramienta de gobierno. Las alianzas dejan de basarse en valores compartidos y pasan a organizarse como sistemas de gestión del riesgo, como si el contrato social internacional se hubiera transformado en una póliza de seguros revisable en cualquier momento.
Para Europa, el mensaje fue especialmente inquietante. Ursula von der Leyen respondió con una frase que sonaba más ética que geopolítica: “En política, como en los negocios, un acuerdo es un acuerdo”. Pero la propia necesidad de recordarlo revela hasta qué punto esa premisa ya no es obvia. Cuando hay que subrayar lo que antes se daba por supuesto, es porque el suelo normativo empieza a resquebrajarse. La soberanía, que durante décadas fue un tabú entre aliados occidentales, vuelve a ser objeto de negociación bajo presión, como si ya no existieran límites claros entre cooperación y subordinación.
Multilateralismo transaccional y la estetización del poder
El anuncio del nuevo Peace Board de Trump fue uno de los momentos más surrealistas de todo Davos, no tanto por su contenido explícito como por lo que revelaba, casi sin querer, sobre el tipo de orden que empieza a tomar forma. Un organismo que promete gestionar conflictos globales, Gaza, Ucrania, quién sabe qué más, mediante un sistema de acceso basado en contribuciones económicas, donde un asiento permanente puede comprarse por mil millones de dólares, no es simplemente una anécdota extravagante. Es una declaración política en sí misma: la legitimidad convertida en producto financiero, la autoridad transformada en servicio premium, la paz reconfigurada como suscripción.
La composición del consejo —monarcas, ex burócratas soviéticos, líderes perseguidos por la justicia internacional— parecía una parodia involuntaria del sistema multilateral, una caricatura grotesca de lo que durante décadas se presentó como gobernanza global. Pero en realidad expresaba algo más profundo y más inquietante: el paso de un orden basado en normas compartidas a uno basado en acceso, influencia y capacidad de pago. Ya no importa quién eres, qué representas o bajo qué principios actúas, sino qué puedes ofrecer, a qué redes perteneces y cuánta capacidad tienes de comprar presencia. No se trata de reformar las instituciones existentes, sino de rodearlas, vaciarlas de sentido y sustituirlas simbólicamente por plataformas de poder privado, más flexibles, más opacas y, sobre todo, menos sujetas a cualquier tipo de rendición de cuentas.
Walter Benjamin, filósofo alemán marcado por el exilio y la derrota frente al nazismo, advertía que todo documento de cultura es también un documento de barbarie. El Peace Board encarna con precisión esa ambigüedad: se presenta como promesa de paz, como innovación institucional, como respuesta pragmática a un mundo ingobernable, pero se funda sobre una arquitectura de exclusión, sobre una lógica que normaliza la desigualdad de acceso y convierte la violencia estructural en condición de entrada. No es una corrección del multilateralismo, sino su estetización: una puesta en escena elegante del poder desnudo, donde la forma sustituye al contenido y el gesto simbólico reemplaza a cualquier principio normativo.
Davos siempre ha convivido con esta tensión entre discursos morales en público y cálculos pragmáticos en privado, entre retórica humanista y realismo económico, pero este año la estética cambió de manera perceptible. Ya no se disimula el carácter transaccional del orden global; se exhibe. Ya no se presenta como excepción incómoda, sino como nuevo estándar operativo. Como si el cinismo hubiera dejado de ser una patología para convertirse en norma, como si la política internacional hubiera asumido definitivamente que no hay valores que proteger, sino únicamente posiciones que negociar.
Gobernar el riesgo, no el futuro
En ese contexto, algunos de los presentes dejaron de simular consenso y pasaron a practicar desacuerdo explícito. El malestar, que llevaba un buen tiempo circulando en privado, se hizo público en boca de líderes que hasta ahora habían administrado la crisis sin nombrarla. Mark Carney, primer ministro de Canadá, lo formuló con una claridad casi brutal: «No estamos en una transición, sino en una ruptura».
La vieja promesa, mercados abiertos bajo protección estadounidense, reglas estables, previsibilidad institucional, ya no funciona. La interdependencia, que durante décadas se presentó como garantía de cooperación, se ha convertido en arma, en mecanismo de presión, en instrumento de chantaje. La globalización no desaparece, pero cambia radicalmente de sentido: deja de ser integración y pasa a ser exposición. Estar conectado ya no significa pertenecer a un sistema compartido, sino quedar vulnerable a decisiones tomadas en otros lugares, por actores que no rinden cuentas y cuyas prioridades no necesariamente coinciden con las propias.
Ulrich Beck, sociólogo alemán que teorizó la “sociedad del riesgo”, describía esta situación como una modernidad que produce peligros que ya no puede controlar. En Davos, esa intuición parecía haberse convertido en sentido común operativo: alianzas flexibles, compromisos temporales, coaliciones diseñadas para sobrevivir al próximo shock, no para construir estabilidad a largo plazo.
Mientras las cámaras se centraban en Trump y en la inteligencia artificial, el cambio climático seguía ahí, como un ruido de fondo constante, menos visible pero mucho más estructural. Lo que había cambiado, sin embargo, no era tanto el diagnóstico como el lenguaje. Ya no se hablaba de descarbonización como imperativo moral, sino como estrategia competitiva. No por una súbita conversión ética de las élites, sino porque los costes de no actuar se han vuelto financieramente insostenibles. Seguros en retirada, cadenas de suministro frágiles, infraestructuras expuestas a eventos extremos: el capitalismo empieza a reconocer, casi a regañadientes, lo que llevaba décadas externalizando. El daño ambiental deja de ser una externalidad y se convierte en una variable central del modelo de negocio, un factor que afecta directamente a balances, inversiones y estabilidad sistémica.
Lo que se hace visible es una crisis más profunda: no solo ecológica, sino del propio imaginario económico. Una impugnación directa de la idea misma de crecimiento, de valor y de progreso sobre la que se ha construido la modernidad. Y, sin embargo, en Davos esa reflexión seguía encapsulada en lenguajes técnicos, financieros, despolitizados, como si bastara con ajustar métricas, diseñar nuevos instrumentos de mercado o refinar modelos de riesgo para resolver un problema que es, en el fondo, ontológico. La naturaleza, como el trabajo, aparece gestionada como riesgo y no como relación: se mide, se asegura, se monetiza, se integra en hojas de cálculo, pero rara vez se piensa como base material y simbólica de un proyecto colectivo.
Quizá por eso, una de las escenas más honesta del Foro fue la de Larry Fink, consejero delegado de BlackRock, reconociendo abiertamente que Davos ya no representa el espíritu del tiempo, que las élites hablan entre sí en un mundo que desconfía profundamente de ellas. No es solo una crisis de imagen, sino de sentido. Davos nació como espacio de coordinación en un mundo relativamente estable, con un mínimo consenso sobre reglas, instituciones y horizontes comunes; hoy intenta coordinar un mundo fragmentado, con actores que ya no comparten ni diagnósticos ni expectativas, y donde la cooperación se ha convertido en excepción. Esa pérdida de centralidad no se vive ya solo desde fuera, sino también desde dentro.
Davos es hoy, más que nunca, un espacio hiperselectivo que pretende representar intereses globales sin mecanismos reales de rendición de cuentas: una escenografía sofisticada de diálogo en un contexto de profunda asimetría. Lo nuevo no es tanto la estructura, sino el hecho de que ahora se verbaliza. Por eso el malestar no es solo externo, sino también interno. Muchos de sus propios participantes parecen admitir, ya sin demasiados rodeos, que están discutiendo dentro de una burbuja, como si el Foro hubiera pasado de ser cabina de mando a simulador de vuelo: una representación impecable del control, sin control real.
Frente a esta deriva, Jürgen Habermas, filósofo y teórico alemán de la democracia, ha insistido durante décadas en que la legitimidad política no puede derivarse ni del mercado ni de la mera eficacia técnica, sino de procesos de deliberación pública en los que los afectados puedan reconocerse como autores de las normas que los gobiernan. No se trata de consenso perfecto, sino de condiciones mínimas de diálogo simétrico, transparencia y posibilidad real de disentir. Sin esos presupuestos, la gobernanza global deja de ser política y se convierte en una tecnología de gestión del desacuerdo.
Repetirlo puede parecer ingenuo, incluso anacrónico, en un mundo dominado por la lógica de la fuerza, la urgencia y el miedo. Pero quizá precisamente por eso sea necesario insistir. No como nostalgia, sino como defensa de un multilateralismo imperfecto, revisable y lleno de tensiones, pero aún basado en reglas compartidas y en alguna forma de Estado de derecho transnacional. En un contexto donde esas reglas se erosionan, insistir en ellas se convierte, de hecho, en una forma mínima pero necesaria de resistencia frente a dinámicas autoritarias que amenazan con normalizar la exclusión, la opacidad y la subordinación del vulnerable al más fuerte.
Exigir estas condiciones a nuestros líderes, con independencia de siglas, afinidades o pertenencias de grupo, no es una postura ideológica, sino una responsabilidad cívica básica. Lo contrario no es neutralidad: es alinearse, por omisión, con una política que ya no se legitima por valores compartidos, sino por coerción, cálculo y temor.
Aquí resuena una intuición profunda de Hannah Arendt, pensadora marcada por el exilio y por su análisis del totalitarismo, cuando recordaba que la política no consiste en optimizar sistemas ni en maximizar eficiencias, sino en crear un espacio común donde una sociedad se reconoce a sí misma, se da reglas compartidas y define su horizonte de sentido. Cuando ese espacio se sustituye por la mera gestión de intereses, la política pierde su dimensión normativa y se convierte en pura administración de fuerzas: deja de ser un proyecto colectivo y pasa a ser un cálculo permanente de costes, amenazas y beneficios.
La pregunta, entonces, deja de ser qué mundo queremos construir, y se desliza hacia una mucho más pobre, más defensiva, casi resignada: qué mundo somos capaces de aguantar. No qué es justo, ni qué es deseable, ni qué es legítimo, sino simplemente qué es soportable.