La zona de interés: Trump, extractivismo y el oceano más tóxico

Hay una forma muy rápida de explicar el mundo que quiere Trump: uno sin árbitro. Y en este tablero sin árbitro no estamos “volviendo” al imperialismo: estamos dejando de disimular. Cuando una administración decide salirse de marcos multilaterales -incluida la arquitectura climática-, no solo está haciendo un gesto ideológico; está reclamando un mundo (aún) más transaccional, donde el poder se mide menos por reglas comunes y más por quién controla energía, materias primas y rutas.

La política no vive en un plano abstracto -como si fuera el mundo de las ideas de Platón-: vive en la geología. No va de banderas; va de petróleo, de minerales, de océanos como sumideros y de territorios convertidos en “zona de sacrificio”. De ahí el giro de Washington no es solo diplomático: es material. El problema -o mejor dicho, uno de los tantos problemas- es que esa fantasía de “mano libre” llega justo cuando el planeta nos está diciendo que no aguanta ni un minuto más de improvisación. El Instituto Potsdam (PIK) y el Planetary Boundaries Science Lab publicaron en 2025 un diagnóstico contundente: ya hemos sobrepasado siete de los nueve límites planetarios que delimitan una “zona segura” para la vida tal y como la conocemos, y el último en cruzarse ha sido el de acidificación oceánica.

Y aquí hay una ironía que ya roza lo obsceno: el siglo XXI presume de satélites, IA e “innovación”, pero seguimos sosteniendo nuestra existencia material en una lógica muy antigua: extraer valor de otros territorios y volcar los costes -ambientales, sociales, políticos- fuera del plano principal. La política del extractivismo no es solo un asunto de minas o petróleo: es una arquitectura de poder. Es decidir qué se explota, quién se beneficia, quién paga y quién se queda con el paisaje después.

La acidificación del océano es el indicador perfecto de esa contabilidad trucada porque revela el truco más viejo del sistema: convertir lo invisible en gratuito. El mar ha funcionado durante miles de millones de años como un estabilizador gigantesco. Como recordó Sylvia Earle en la presentación del informe: el océano genera oxígeno, regula el clima y sostiene la diversidad de la vida. Pero nosotros lo hemos degradado a vertedero elegante: una esponja de CO₂, como si la Tierra fuera una empresa con “absorción ilimitada” en su hoja de resultados.

Los números del informe del PIK no dejan espacio para el autoengaño. El estado medio global de saturación superficial de aragonita -un indicador clave de acidificación- está en 2,84, por debajo del umbral planetario revisado de 2,86 (la “línea roja” que equivale al 80% del nivel preindustrial). Dicho de forma cristalina (nunca mejor dicho): el océano ya está químicamente más hostil para organismos que construyen con carbonato cálcico, desde corales hasta moluscos, y eso escala por toda la cadena alimentaria. El propio informe y la cobertura científica subrayan impactos especialmente intensos en zonas polares y en ecosistemas críticos como arrecifes tropicales y corales de aguas frías. El planeta no se está calentando únicamente; se está acidificando, desoxigenando, desordenando. Y esto no es un accidente: está impulsado sobre todo por la quema de combustibles fósiles y por la degradación de sumideros naturales, lo que conecta directamente con la era del petróleo como régimen político y económico, no solo energético.

Por eso esta lógica extractiva no es una “cuestión ambiental”: es el corazón del poder contemporáneo. La pregunta real no es si Occidente es consciente de la emergencia -que lo es-, sino si está dispuesto a reconfigurar su modo de vida cuando ese modo de vida depende de extraer y externalizar.

Hasta aquí, la acusación química. Ahora, el agujero democrático. Porque lo verdaderamente inquietante no es que existan líderes que operan como si el planeta fuese un mercado y no un sistema de soporte vital. Lo inquietante es que, en un momento crítico para la humanidad, parecemos resignados a seguir eligiendo dirigentes que no vivirán lo suficiente como para sufrir el desastre completo que están acelerando. Se toman decisiones de siglos con incentivos de trimestre.

En esta lógica, Trump no es una anomalía del sistema: es su versión sin eufemismos, sin nimiedades, sin vergüenza. Donde otros hablan de “intereses estratégicos”, él dice “primero yo”. Donde otros disimulan el extractivismo con certificaciones, él lo vuelve doctrina: menos reglas comunes, más fuerza relativa, más bilateralismo de presión. Y, sobre todo, menos futuro como obligación colectiva y más futuro como externalidad: que lo pague quien nazca después, quien viva lejos o quien no tenga dinero.

Porque salirse de marcos multilaterales no es solo abandonar una mesa: es redefinir el mundo como una subasta. Si el multilateralismo era un intento imperfecto de que hubiera reglas, verificación, mínimos compartidos y cierta previsibilidad, la retirada es una apuesta por el “cada uno a lo suyo” en un planeta que, por definición, no permite “cada uno a lo suyo”. La atmósfera no entiende de soberanías. El océano no firma acuerdos bilaterales. El CO₂, ese señor muy pesado, no se conmueve ni se asusta ante un discurso de campaña.

Y aquí aparece el mecanismo psicológico y político más útil del extractivismo contemporáneo: convertir la cooperación en debilidad. Presentar las reglas comunes como un lastre, el control como una intromisión, el largo plazo como una cursilería. El truco funciona porque vende una fantasía muy humana: la de la autonomía total. “Mano libre”. “Libertad”. Como si la libertad consistiera en apagar la alarma de incendios para no oírla.

La democracia representativa tiene un problema de horarios -y no hace falta un doctorado para pillarlo-: gobierna a cuatro años vista en un planeta que funciona a décadas. Premia la gestión del presente y castiga la lealtad al futuro. Los ciclos electorales son cortos, la memoria pública es más corta aún (gracias, economía de la atención), y el CO₂ tiene la mala costumbre de quedarse. Resultado: la política se convierte en una competición por repartir beneficios inmediatos y diferir costes. Y como los costes climáticos y ecológicos llegan en oleadas, no con fecha fija, siempre hay margen para el autoengaño: “ya lo arreglará el siguiente”. Spoiler: el siguiente también tendrá elecciones.

En ese contexto, la retirada del multilateralismo se convierte en una doctrina moral. Es declarar que la responsabilidad intergeneracional es opcional. Que la cooperación es decorativa. Que lo común es una molestia. Y ahí el extractivismo encuentra su forma perfecta: no solo extraer minerales, petróleo o carbono, sino extraer tiempo. El planeta, mientras tanto, va apuntando.

“El fracaso no es inevitable; es una elección”, dijo Johan Rockström. Y es importante subrayar ese punto porque desactiva la coartada favorita de nuestra era: la de que “esto es demasiado grande” y, por tanto, nadie es responsable. Sí hay responsables: los que toman decisiones y los que aplauden decisiones que hipotecan el mañana para abaratar el hoy. Lo obsceno no es solo el líder que quita el barniz. Es el público que celebra que al fin alguien “diga las cosas claras” aunque lo que esté diciendo, en esencia, sea sálvese quien pueda. Mientras tanto, hemos convertido el planeta en un sistema de extracción a crédito, y el banco -la Tierra- empieza a cancelar la tarjeta. Con recargo.