Desde hace siglos, Aragón ha sido un territorio atravesado. Un cruce de caminos, un espacio intermedio que, más allá de su reinante gloria pasada, se encuentra entre Madrid y Barcelona. Una privilegiada localización que ha tenido que bregar con un clima continental, seco, y un viento que es, en sí mismo, una marca local. Sin embargo, los aragoneses han sabido sacar provecho de la adversidad, convirtiendo el inclemente Cierzo en una fuente de energía eólica puntera. Como dijo José Antonio Labordeta: “Polvo, niebla, viento y sol, y donde hay agua una huerta. Al norte los Pirineos: esta tierra es Aragón”. Y esa tierra, fortificada por un espíritu emprendedor y resiliente, debe añadir ahora una nueva característica, quizás menos poética, pero determinante para la región: los datos.
Esa es la idea que vertebró el encuentro del pasado diciembre en la Sede del Grupo San Valero de Zaragoza, organizada por Retina con Santander como impulsor, Google como socio anual y con el patrocinio de AWS (Amazon Web Services). Una conversación desarrollada con un fin: dejar claro que los datos, la energía, la latencia y el territorio es hoy la que marca la diferencia. Y en la que sobrevoló una pregunta general: por qué Aragón y por qué ahora.
Como explicó Jaime García Cantero, director de Retina, al inicio, la comunidad ha pasado de estar “en medio” para la logística física a ocupar una posición central en la logística digital. En un mundo en el que los datos se mueven a gran velocidad y requieren infraestructuras muy concretas, Aragón ha dejado de ser sólo un lugar que se atraviesa para convertirse en un nodo que conecta.
El dato como recurso estratégico
Para el director general de Política Económica del Gobierno de Aragón, Javier Martínez, la apuesta no es coyuntural ni oportunista. “Hoy los datos son imprescindibles para todo. La cuestión es si quieres recibirlos o ser parte activa de esa transformación”. Aragón, sostuvo, ha optado por lo segundo.
La llegada de grandes centros de datos —con Amazon Web Services como caso más visible— se concibe como una palanca de transformación económica, no como una inversión aislada. Martínez recurrió a un paralelismo histórico para explicarlo: “Lo que supuso General Motors en los 80 para la industria aragonesa es comparable a lo que hoy representan los datos. Pero con una diferencia clave: esta transformación afecta a todos los sectores”.
Esa transversalidad es uno de los elementos centrales del cambio. Los datos ya no pertenecen a un ámbito concreto, sino que atraviesan la industria, los servicios, la logística, la agricultura o la administración pública. Como recordó García Cantero, en una economía cada vez más digital, la infraestructura invisible es la que marca la diferencia.
Desde la universidad, Julio Tejedor, jurista y catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Zaragoza, situó este momento en una perspectiva histórica más amplia. “El dato es hoy un recurso estratégico, como lo fue el carbón o la energía en otros momentos históricos”. Para Tejedor, no se trata solo de tecnología, sino de poder económico y capacidad de decisión.
Esa condición estratégica obliga a repensar instituciones y roles tradicionales. “Si la universidad no responde a las necesidades de la sociedad, está fallando”, advirtió. La formación tecnológica, la investigación aplicada y la conexión con el tejido productivo dejan de ser opcionales para convertirse en obligaciones centrales.
El impacto del dato, sin embargo, no se mide solo en grandes infraestructuras. Martínez insistió en que el verdadero cambio es estructural. Frente al debate recurrente sobre el empleo directo, defendió que lo relevante es el ecosistema que se genera alrededor: empresas que se instalan, pymes que ganan competitividad, sectores tradicionales que incorporan tecnología avanzada.
Ecosistema, pymes y baja latencia
Ahí entra en juego el papel del Instituto Tecnológico de Aragón. Su directora, Esther Borao, situó los centros de datos como elementos tractores de un ecosistema más amplio. “Nuestra misión es ayudar a las pymes a ser más competitivas. Que Amazon esté aquí da visibilidad y atrae talento y empresas”.
La presencia de grandes operadores actúa como señal para el mercado, pero también como palanca para el tejido local. Proyectos como DATAlerta, los laboratorios de vehículo autónomo en MotorLand, el centro aeroespacial de Teruel o el futuro edificio de inteligencia artificial y robótica forman parte de una misma lógica: llevar la tecnología a todo el territorio y evitar que la digitalización aumente las desigualdades.
La cuestión territorial es clave en una comunidad extensa y poco poblada. Aragón ha buscado que la innovación no se concentre únicamente en Zaragoza, sino que se despliegue de forma distribuida. Para Borao, esa estrategia es inseparable de la competitividad empresarial y de la cohesión social.
En este contexto, la proximidad física de las infraestructuras digitales cobra una importancia que a menudo se pasa por alto. La baja latencia —es decir, el tiempo de respuesta en la transmisión de datos— es determinante para sectores como el vehículo autónomo, la industria avanzada o la biotecnología. Como subrayó García Cantero, “no es solo nube abstracta: hay aplicaciones donde estar cerca marca la diferencia”.
Ese carácter físico de lo digital conecta directamente con el territorio. Los centros de datos no flotan en el aire: se anclan a redes eléctricas, a suelos concretos, a nodos de comunicación. Y esa materialidad es la que permite que sectores tradicionales accedan a capacidades tecnológicas antes reservadas a grandes polos urbanos.
Energía, administración y sostenibilidad
La visión empresarial la aportó el responsable de Relaciones Institucionales de Infraestructura, Energía y Sostenibilidad en AWS, David Blázquez, con un diagnóstico pragmático. Los centros de datos, explicó, transforman energía en capacidad de computación. Para que eso ocurra hacen falta cuatro elementos: territorio, energía, talento y velocidad administrativa.
En ese equilibrio, Aragón ofrece una combinación poco frecuente. La disponibilidad de energía renovable es uno de los factores clave. Desde el Gobierno autonómico se insiste en que la comunidad produce más energía de la que consume y reclama poder utilizarla para su propio desarrollo. “La energía es para Aragón como el agua”, afirmó Martínez.
Pero tan importante como los recursos es la capacidad de gestionar proyectos con agilidad. Blázquez subrayó el impacto de reducir plazos administrativos: “Pasar de procesos que duran tres años a otros de nueve o diez meses cambia completamente la ecuación”. En sectores donde el ritmo tecnológico es acelerado, el tiempo se convierte en una ventaja competitiva decisiva.
Ese acelerador tiene una base jurídica concreta. Tejedor explicó el papel de los Proyectos de Interés General de Aragón (PIGA) como una combinación poco habitual de regulación estable, consenso político mantenido durante décadas y una gestión administrativa orientada a proyectos. El ejemplo más claro fue el primer PIGA de AWS, aprobado en plena pandemia y dentro de los plazos previstos. “Las leyes no sirven de nada sin una dinámica de gestión que crea en ellas”, resumió.
El despliegue de estas infraestructuras ha abierto también un debate ambiental inevitable. Energía y agua concentran las principales preocupaciones. Sobre el consumo hídrico, el Gobierno de Aragón ha insistido en desmontar mitos: eficiencia creciente, compromisos de impacto positivo y tecnologías de reutilización sitúan a los centros de datos lejos de la imagen de grandes devoradores de recursos.
Para Blázquez, parte del reto es pedagógico. Explicar cómo funcionan estas infraestructuras, qué consumen y qué devuelven al entorno es esencial para generar confianza. La cercanía con el territorio y la interlocución constante con las comunidades locales forman parte de esa estrategia.
La conclusión fue compartida por todos los participantes: Aragón ha sabido interpretar sus activos —territorio, energía, posición geográfica, estabilidad institucional— y alinearlos con una economía del dato que ya no es futura, sino presente.
Lejos de grandes gestos, la transformación avanza: centros de datos, redes energéticas, talento formado, pymes más competitivas. Infraestructuras invisibles con efectos muy reales, a las que, de seguir vivo, quizás José Antonio Labordeta les hubiera dedicado una jota.
Sobre la firma
Periodista y escritor. Ha firmado columnas, artículos y reportajes para ‘The Objective’, ‘El Confidencial’, ‘Cultura Inquieta’, ‘El Periódico de Aragón’ y otros medios. Provocador desde la no ficción. Irreverente cuándo es necesario.