¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir algoritmo?

Publicamos un extracto de La venus del smartphone (Carpe Noctem, 2025), el nuevo libro de la periodista y escritora Marita Alonso.

El amor es <3 por @RhizomatikaLab

El «amor de tu vida» no va a llegar porque sí. Aunque no nos engañemos: a mucha gente le pasa. Esas personas que se enamoran mediante amigos en común, las que viven el flechazo en la oficina o quienes conocen a alguien en el gimnasio, existen. Pero las dating apps incitan a que quien quiera buscar el amor, o lo que sea que desee, tenga que hacer algo. Conocer gente es ahora un acto privatizado y muchos aseguran que ha matado la chispa y los cuelgues. Muchas parejas que se conocieron fuera de las aplicaciones expresan sus dudas acerca de si de haberse visto en una app habrían siquiera dado like. 

«Tal como ocurre con ChatGPT —donde la precisión y claridad de las instrucciones (los famosos prompts) determinan la calidad del resultado—, en Tinder, cada ajuste que hagas en tu perfil está diseñado para optimizar las respuestas que te ofrece el algoritmo. Pero, en este caso, en lugar de obtener texto o imágenes, el resultado son más matches con perfiles que te interesan», explica Víctor Gay Zaragoza, Profesor asociado del IE Business School y Director del Storytelling Innovation Lab de la IE University. Es entonces cuando explica cómo podría ponerse en marcha este hackeo amoroso. El primer paso sería conseguir la atención del algoritmo. «Para ello, debes elegir fotos que destaquen claramente tu rostro y un cuerpo definido (con su debido retoque en Picsart, el nuevo Photoshop), así como mostrar estilos de vida activos e interesantes. El algoritmo detecta que tu perfil generará mayor interés, por lo que lo mostrará a más usuarios», asegura. El siguiente paso sería modificar estratégicamente tu ubicación geográfica. hacia zonas concurridas o populares en horarios específicos, especialmente entre las 20:00 y las 22:00, cuando hay más usuarios activos en la app. El tercer paso es utilizar frases breves pero ingeniosas, con pequeñas referencias culturales. «Esto incrementa las posibilidades de que el otro usuario no solo deslice a la derecha y haga match, sino que además inicie la conversación. Así, el hacker de Tinder obtiene un supuesto poder de entrada en la relación», explica. Pienso que en mi bio tengo escrito «Quedemos cuanto antes para decepcionarnos a la cara» y reafirmo que no estoy haciendo bien las cosas, pero tampoco al margen de las pantallas. Y entonces Víctor Gay Zaragoza, autor de Revoluciona el algoritmo: 7 claves para potenciar tu storytelling en la era de la Inteligencia Artificial, vuelve a hablar de la adicción que las aplicaciones pueden generar. «Paradójicamente, los usuarios que dominan estos ajustes también pueden quedar atrapados en un círculo adictivo: los niveles de dopamina —e incluso de oxi- tocina— aumentan rápidamente al recibir más matches y sentirse deseados y admirados, pero se evaporan con igual velocidad. Esto obliga al hacker a repetir el proceso para volver a obtener esa dosis de validación». Añade que esa es precisamente su condena, pues el algoritmo que cree estar hackeando es, en realidad, quien lo está hackeando a él. «Su destino es el mismo que el del ilustre pirata el Holandés Errante, de Wagner: navegar eternamente por esos mares digitales sin comprender que, si no se libera del espejismo que él mismo ha creado —y del cual ahora depende—, seguirá siendo esclavo… de los algoritmos», dice.

Desde Tinder han elaborado una guía en la que aseguran que lo más importante para ayudar a mejorar las probabilidades de matches de sus usuarios no es otra que usar la aplicación, pues priorizan a quienes tienen la cuenta activa y usen la app. «No queremos que la gente pierda el tiempo mostrando perfiles de usuarios inactivos. Queremos que nuestros usuarios tengan conexiones significativas, conversaciones y, al final, que se conozcan en persona, y no hay nada mejor que hacer match y romper el hielo con una buena conversación», aseguran. Señalan que su algoritmo no tiene en cuenta el estatus social, la religión o el origen étnico, pues no creen en los estereotipos. En esta guía echan por tierra una idea extendida, que es la de que existe aún la puntuación Elo. Cuando Austin Carr publicó en Fast Company un artículo llamado I Found Out My Secret Internal Tinder Rating And Now I Wish I Hadn’t [Me arrepiento de haber descubierto mi puntuación secreta de deseabilidad en Tinder], el periodista habló de este término, procedente del mundo del ajedrez, y señaló que el director ejecutivo de Tinder, Sean Rad, le aclaró no solo que su puntuación Elo estaba «por encima de la media», sino que recalcó que esa calificación técnicamente no es una medida de atractivo, sino de «deseabilidad», pues no se determina únicamente por la imagen de perfil. Cuando la periodista Judith Duportail se embarcó en la tarea de escribir El algoritmo del amor: Un viaje a las entrañas de Tinder, logró una entrevista de 10 minutos con el propio Rad, aunque la pregunta sobre el Elo estaba prohibida. En la actualidad, desde la aplicación aseguran que, pese a que esa puntuación fue un tema candente entre los usuarios 91 La venus del ‘smartphone’ y los medios de comunicación, es ya cosa del pasado. «Es una medida anticuada y nuestra tecnología de vanguardia ya no se basa en ella», dicen. Aseguran que, en lugar de basarse en esa medida, en la actualidad disponen de un sistema dinámico que tiene en cuenta continuamente la forma en que los usuarios se relacionan con otros en Tinder a través de likes, nopes y lo que hay en los perfiles de los usuarios.

Marita Alosnso es periodista y colaboradora de EL País. Ha publicado tres libros, Antimanual de autodestrucción amorosa (Aguilar, 2017), Si echas de menos el principio, vuelve a empezar (Temas de hoy, 2020) y La Venus del smartphone (Carpe Noctem, 2025).